lunes, 6 de octubre de 2014

Meditaciones de una hormiga obrera (minificción)
















Meditaciones de una hormiga obrera

Jorge Llera
Transportaba la hoja que había arrancado del árbol, su humor era pésimo. Durante el camino, mascullaba improperios por ser forzada a trabajar todo el día. Renunciaría y se iría a recorrer el mundo en busca de aventuras. Descansó la carga y meditó: ¿Qué sabía hacer?... Sólo cortar y transportar hojas. ¿Cómo se procuraría alimentos y vivir ella sola?... Volteó a ver a sus compañeras cargando y pensó: ¡No cabe duda, hay momentos en que puras pendejadas se me ocurren!


20 de septiembre de 2014

Escala (minificción)




Escala



Gargamel



Do-dormido, apuñalaron al famoso pianista y se llevaron el Diamante Azul. Encontraron a su amante narcotizada junto a él. Re-recordó que la fiesta había terminado en una orgía de sexo y drogas; se había inyectado, y sólo había oído confusión y ruido a su alrededor. El departamento era un desorden, habían buscado los números de la combinación de la caja hasta encontrarlos. El detective mi-miró la fotografía sobre el piano, e identificó en él a varios personajes fa-famosos en compañía de la pareja. Sol-sòlo el banquero, que aparecía en ella, tenía la-la capacidad económica para comercializarla y solventar los caprichos de su próxima amante. si-¡Sí! la vida es traicionera..

6 de octubre 2014
           
            

domingo, 5 de octubre de 2014

El cisne negro

El cisne negro



¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello 
al paso de los tristes y errantes soñadores? 
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello, 
tiránico a las aguas e impasible a las flores?...
Rubén Darío


Las luces aumentaron de intensidad clarificando el ambiente; las últimas parejas abandonaron la pista y la orquesta guardó sus instrumentos; solo quedaron mis amigas. Estaba cansada de tanto bailar y exhausta, cuando mi madre me llamó para ayudarla a recoger los presentes de mi cumpleaños. Entusiasmada comencé a abrir envolturas, apartando etiquetas y anotando el tipo de regalo, para enviar una nota de agradecimiento: perfumes, collares, dijes, prendedores, fueron adornando la mesa. Comentaba en cada apertura la opinión sobre el regalo y el otorgante. Una caja rectangular, envuelta austeramente en papel aluminio color azul llamó mi atención; no tenía etiqueta, ni mensaje alguno. Rasgué la envoltura, pensando que en su interior traería la identificación del donante. Era un alhajero de madera con un cisne en un lago, labrado sobre la tapa. Al abrirla, apareció una bailarina que se reflejaba en el espejo interior, dando vueltas con la melodía El lago de los cisnes. Divertida escuché la música y disfruté el movimiento de la bailarina. Reparé en una elegante tarjeta de presentación con un nombre en letras garigoleadas: Conde Alejandro Von Rothbard, y unas palabras manuscritas: Mía por siempre.
            —¿Quién es éste, Odette? preguntó Maricela
​—No lo conozco, pero el mensaje me parece de un engreído. No le agradeceré el regalo. Tal vez sea conocido de mis padres.
            El alhajero está hermoso comentó Rosalbay la bailarina se parece a ti, ¿no crees?
Me fijé detenidamente en la muñeca y ¡sí!, se parecía enormemente a mí Me sentí halagada por el detalle y cerré la tapa.
            Varios meses usé el alhajero, disfrutándo de la melodía. Cada vez, con más frecuencia, lo abría y escuchaba su atrayente música; era como sentirme cortejada. Imaginaba el ballet y sentía una  emotividad erótica que seducía. Me proporcionaba placer y un buen sueño.
            Un día al llegar a mi cuarto abrí el alhajero y  guardé mis joyas, comencé a oír la música más intensa, y voluptuosa que antes. Suavemente invadió mis sentidos la melodía y me adormeció transportándome a un bosque de coníferas que bordeaba un hermoso lago. Me posé en medio de él, y bajo el reflejo de los rayos de luna pude observar en la superficie mi imagen esbelta: ¡El cisne blanco en el que me había transformado! Me desconcerté y maravillé de la belleza y gracilidad del animal en que era ahora. Tratando de entender la situación, un ambiente de concupiscencia y lascivia me fue absorbiendo; un fuerte deseo sexual tomó posesión de mi cuerpo; la lujuria se incrementó al sentir las caricias de un enorme cisne negro, que cortejándome en una danza sensual, se acercaba y abrazaba con sus grandes alas; se alejaba rodeándome, para continuar el acoso desde otra posición. Sorprendida y asustada, quise regresar, agité mis alas tratando de elevarme, y la sombra oscura me avasalló… En mi angustia, alcancé a escuchar dentro de mí, una voz:
            Odette, soy el conde Von Rothbard, conóceme de esta forma: ¡Soy tu señor y ¡amo! ¡El ángel negro de la vida!, he decido hacerte mi consorte y procrear una raza de seres superiores que transforme la religiosidad actual de creyentes en un dios estéril, carente de fuerza, por la de una doctrina que promueva la ley del más fuerte, del placer, lujuria sin límite y la guerra; utilice la destrucción y  violencia para subyugar a los pueblos,  dominarlos y  esclavizarlos…
            Desperté por la mañana, angustiada por aquella pesadilla que me atormentó el día entero. Decidí no abrir más el estuche. Me acosté cansada, dispuesta a dormir de inmediato y reparar el sueño atrasado. Pasarían dos horas, cuando alcancé a percibir una melodía lejana y conocida. Prendí la lámpara del buró, observé sobre la cajonera el alhajero abierto y la bailarina dando vueltas: ¡ Horrorizada!, no lo podía creer. ¡Entonces no fue un sueño!, pensé angustiada. Me levanté y traté de tomar la caja para destruirla. Al tocarla me quemó los dedos. Lancé un alarido de dolor y miedo; corrí hacia la puerta intentando abrirla, sin resultado. Aullé de pavor y con desesperación, la pateé hasta desvanecerme…

Los padres de Odette esperaban nerviosos el resultado del reconocimiento médico. La habían llevado al Hospital de Neurología después de rescatarla de su cuarto, en medio de convulsiones y gritos histéricos en los que suplicaba que la alejaran del diablo.

            El médico encontró a la familia en el pasillo y, con la autoridad benevolente que le proporcionaba su experiencia, explicó que su hija había tenido al parecer, un ataque de esquizofrenia, por lo cual la mantendrían en observación varios días. Tratando de tranquilizarlos les señaló que no se preocuparan, el producto no había sufrido contratiempos, el embarazo seguía su curso normal…

jueves, 25 de septiembre de 2014

Burbujita

Burbujita

Polux


El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza,
es el refugio del espíritu de la poesía,
porque niega lo imposible.
Emmanuelle Arsan

Se analizaba una novela en el curso que tomaba en la Universidad, no recuerdo el nombre de ella, ni el del autor. Veía a la distancia al grupo de estudiantes que participaba con entusiasmo en el glose de la obra que se había leído durante la semana. Se escuchaba el murmullo constante y sordo de un avispero y en el vaivén de la intensidad, el sonido se esparcía confundiendo la comprensión de las intervenciones. Alguna frase o punto de vista captaba mi atención y se diluía seguida y lentamente en la oscuridad de la conciencia. Mi interés se concentraba en unas hermosas piernas frente a mí: se cruzaban y descruzaban lánguidamente, como si con el dedo índice de la mano solicitaran mi presencia. Mi observación era absolutamente estética, al menos así lo creía, porque lo único que alcanzaba a admirar eran los tobillos y el inicio de las hermosas extremidades cubiertas por la falda larga. Sus pantorrillas elásticamente esbozadas, se definían sutilmente al engrosarse alternativamente. Subí la mirada y con dificultad observé parte de sus caderas y el talle esbelto aunque encorvado por la posición, cubierto por una insulsa blusa que no lograba ocultar la delicadeza de las formas que luchaban por insinuarse. Finalmente descubrí la perenne sonrisa de la boca grande y delgada embelleciendo un rostro de pequeños ojos oscuros y nariz recta. Una arborescencia tintada de gris esculpía el contorno, arropándolo con ternura. Me encantó la visión y me prometí recrearla el resto de la semana.
            Terminó la clase y la vi alejarse pausadamente hacia la salida, interrumpiendo su caminar con la despedida amable de sus compañeros. Su pequeñez iluminó su figura y me recordó la canción de un anuncio comercial visto en la televisión —en blanco y negro, por supuesto— en los años sesenta del siglo pasado, que rezaba así:
            Burbujitas, burbujitas, burbujitas, de la sal de uvas Picot. Cuando alguien tiene mala digestión, al instante burbujita entra en acción.
             La burbujita era representada por una hada, similar a la denominada Campanita, en la película de caricaturas de Peter Pan.
            ¡Necesitaba conocerla! Hacerme presente a su lado… acercarme… olerla… tocarla… sentirla cerca de mí. Que supiera que yo existía, verme reflejado en su sonrisa y precisar si intuía mi interés notando mi existencia.
             La encontré en el pasillo de salida días después, y conteniendo el nerviosismo, la saludé con un beso en la mejilla. Sentí una atracción violenta que me impulsaba a abrazarla y besarla, a extasiarme al inhalar su aroma, a permanecer junto a ella y sentir su calor… sólo alcancé a decir:
            —Hola, ¿Cómo estás?
            Y después de un intercambio de frases triviales y de circunstancia, preguntar:
            —¿Tomarías un café conmigo?
            En el nerviosismo que el encuentro me producía, volví a recordar el estribillo:
            Burbujitas, burbujitas, burbujitas... Y me reí internamente de mi torpeza al interactuar con ella.
En el café comentamos nuestras vidas: situaciones actuales, experiencias y anécdotas que ilustraron el actuar de los dos por el mundo, sus consecuencias y los efectos causados. Un rompecabezas que se comienza a armar a partir de los bordes, el inicio del conocimiento mutuo, la exploración de los hechos pasados; alegrías y penares, cicatrices que el tiempo dejó impregnadas y estigmatizaron nuestras existencias, como las raíces del viejo árbol que aferradas a la superficie sobreviven incrustándose. Así, esas vivencias impactaron nuestras mentes.
           
Varias comidas sellaron el conocimiento mutuo y afirmaron la amistad. En una larga noche de verano, con olor a humedad y una luna enmascarada por difusas nubes que no ocultaban su luz, descorchamos la pasión desbordante y espumosa, rebosando saltarinas burbujas de erotismo que humedecieron el encuentro de nuestros cuerpos y el disfrute pleno de aquello que intuíamos y anhelábamos. Nos asaltó un cúmulo de sentimientos y arrebatos desconocidos, el redescubrimiento de placeres agazapados; sudores y olores confundidos; jadeos de excitación y movimiento rítmico de los cuerpos. Entrelazados, primero; precipitados, voluptuosos y desordenados, después. Exacerbando la lujuria adormilada en nuestros corazones. La sonrisa del goce al sentirse poseída, enardeció el momento y potencializó mi respuesta erótica desbocando un torbellino de pasiones descontroladas. La ansiedad, angustia y desesperación acuciantemente sentida, se resquebrajó con la llegada voraz de un clímax explosivo:  temblores, sudores y taquicardia compartidos en una larga y sostenida emoción fluyeron en torrentes del calor frenético largamente apresado, liberando energía e irradiando paulatinamente una placidez prolija y adormecedora que envolvió nuestros cuerpos en un tranquilizante manto de amorosa satisfacción.
           
Con el tiempo, la emoción de los primeros encuentros transformada en un amor maduro, siguió proporcionándonos burbujas de placer; el disfrute de la convivencia mutua, la seguridad de una compañía solidaria, querida, admirada y respetada. Burbujita permaneció a mi lado. Con esmero, me cuidó y en el  último problema de mi vida, como propugnaba el comercial… Al instante, burbujita entró en acción…
           

21 de septiembre de 2014