viernes, 23 de enero de 2015

DÈJÁ VU

DÈJÁ VU
Gárgamel


¿Por qué persistes, incesante espejo?
¿Por qué duplicas, misterioso hermano,
El menor movimiento de mi mano? 
¿Por qué en la sombra el súbito reflejo?
Eres el otro yo de que habla el griego
Y acechas desde siempre
 J.L.Borges, El espejo

El ulular estruendoso y lastimero de la sirena disminuyó en un estertor lento mientras la ambulacia paraba su marcha a las puertas del hospital; los paramédicos bajaron la camilla en la que un anciano, sangrando a través de los vendajes en la cabeza no dejaba de mover inquieto brazos y piernas, cubiertos apenas por sus desgarrados y manchados ropajes. Lo introdujeron y entregaron al personal de la institución.
         Accidente automovilístico en el kilómetro treinta de la carretera, fue el único sobreviviente —informó el paramédico. Lo pasaron de inmediato al quirófano.
         —¡Parientes del señor Eduardo Durán!— Dijo un doctor saliendo al pasillo de espera, quitándose cubre bocas y gorro. El grupo de afligidos familiares que esperaban desde la madrugada cercaron al cirujano, expectantes, ansiosos. El galeno se dirigió a la compungida esposa:
         Don Eduardo está en estado de coma como resultado de un traumatismo cráneo encefálico. Logramos detener la hemorragia y reconstruimos las partes dañadas. Su condición es muy delicada, estará en terapia intensiva. Habrá que  hacer algunos estudios y esperar su reacción. Por el momento, están prohibidas las visitas

Siento mucho frío… no puedo movermeni hablarme duele todo el cuerpomis pensamientos son desordenados, vagos, esporádicosNo sé cuánto tiempo llevo aquí… voy a morir… Es extraño, en los últimos días de mi vida, postrado en la cama del sanatorio, aislado del mundo, acude a mí, recurrentemente, un acontecimiento  inverosímil, oscuro en el recuerdo hasta ahora: una visión tan real y tangible como cualquier vivencia de mis dieciséis años de vida: después de la caída al tratar de bajar del autobús en movimiento, me fracturé varias costillas y la clavícula, me desmayé. Desperté en el hospital cuando algo llamó mi atención. Levanté la vista y enfrente de mí, vi la imagen de mi doble. ¿O era yo en el cuerpo de otro?. Me espanté, quise levantarme y escapar, pero el dolor me contuvo. Se acercó y tomándome del brazo me comunicó que él era yo, con varios años más de edad. Dijo: el Universo es circular y cíclico, nos repetimos: Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”*. Es factible suplantarnos en diferentes etapas de la vida por ser el mismo yo, sólo que existiendo en diferente ciclo. El tiempo y el espacio son relativos. La posibilidad de cambio de una a otra etapa de la vida, se da en momentos de tensión y al estar exigiendo un esfuerzo extremo. Cuando la sincronización no es perfecta en el tiempo. El individuo receptor tiene la sensación de ya haber vivido ese momento, lo que se ha dado en llamar “Dèjá vu”


—¡Rápido, desfibriladores! dijo el médico de guardia al responder al aviso del sensor cardiaco. En segundos, el especialista aplicó la carga eléctrica tres veces al cuerpo, que respondió con saltos bruscos al estímulo. El indicador comenzó a registrar curvas de manera anormal, y segundos después… una raya continua en la pantalla, fijó el aparente destino de la energía del paciente

¡Más…! ¡más…! ¡máaaas! ¡Asíííí, chiquita! ¡Así! Mi amor. Esta vez me llevaste al cielo, reina. Tan maravilloso fue que tengo la sensación de ya haber vivido este momento.
         Lo que tuviste fue un Dèjá vu, Eduardo… Almorcemos en la cama y sigamos disfrutando nuestra luna de miel.

*Jorge Luis Borges


24 de enero del 2015

viernes, 5 de diciembre de 2014

Amor (Minificción)

Amor

Gárgamel


El rey Salomón preguntó al sacerdote: ― ¿Cuál de mis setecientas esposas o 300 concubinas  me ha querido. El religioso consultó al prisma sagrado; las diferentes caras que conformaban el cristal se iluminaron y un torbellino de aire helado cubrió el templo con una capa de hielo. Tiritando el sacerdote habló: ―Astarté dice: de las mil mujeres, sólo te has acostado con siete y ninguna ha quedado satisfecha,  sigue impartiendo justicia y… conserva a tu eunuco.

10 de noviembre de 2014






domingo, 30 de noviembre de 2014

Marinero (minificción)





Marinero



Gárgamel


Desembarcó oliendo a pescado y con la ilusión de realizar su fantasía: una noche de parranda y el tatuaje de una mujer escultural en la parte superior del brazo. A partir de ahí, sus sueños eróticos principiaban con la contracción de la musculatura... y terminaban con un grito de placer. Hoy, a los setenta años y con artritis reumatoide, la  mujer pasó de ser esbelta contorsionista, a una flácida y arrugada matrona qué en cada  movimiento de su colgante figura, provoca un grito…  de dolor.


30 de noviembre de 2014

lunes, 17 de noviembre de 2014

El último pasajero

El último pasajero



Comentan los viajeros nocturnos del Metro de la Ciudad de México haber oído el rumor de que por las noches, en las últimas partidas de los trenes se aparece una mujer anciana vestida de negro, asedia a alguno de los últimos pasajeros y lo atormenta con sus propios pecados, evidenciando hechos de su vida escondidos y pertrechados en el fondo de su ser, que por ningún motivo quieren exponer al juicio de una sociedad ávida de cotilleos para el escarnio y el juicio moral.
            Yo no lo creía, es más, ni siquiera me interesaba comentar algo tan banal, producto de mentes supersticiosas y deseosas de inventar falacias para espantar a los crédulos.

Salí de la fiesta de Toño cerca de la medianoche, con el tiempo justo para trasladarme a casa en el transporte colectivo. Me había tomado algunas copas, y mi estado de ánimo rebosaba felicidad y tranquilidad. Llegué a la estación Tlaltelolco un poco antes de que cerraran las puertas de entrada. Mi destino era Copilco, de dónde tomaría el pesero que me dejaría a una cuadra de mi casa.
            El andén, desierto, frío, y solitario, se percibía como la entrada a una caverna. Imaginé en mi exaltación alcohólica, que estaba habitada por vampiros transitando en las noches por la red de túneles, como avenidas de una gran ciudad subterránea. Las familias se cruzaban de una estación a otra y se saludaban cordialmente:
—¿Cómo está usted, conde Drácula?
—Bien, mi estimado señor Nosferatu, saludos a la familia.
Éstas y otras imaginaciones lucubraba mi mente, mientras llegaba el tren.
            La luminosidad y el aire tibio impulsado por el gusano anaranjado acarició mi rostro, anunció la llegada del último tren de la noche. Escuché el pitido persistente del largo monstruo y el rechinar de frenos al detenerse. Abrió sus amplias mandíbulas y me engulló. En su interior sentí el calor de la humanidad acumulada en el transcurso del día, y me reconfortó. Al iniciar el avance levanté la vista para escudriñar la presencia de otros pasajeros. Al fondo del vagón observé una sombra, una presencia difusa que no podía clarificar, lo atribuí a los siete u ocho tequilas tomados en la casa de Toño y le resté importancia. Me senté y comencé a pensar en la excusa que sostendría al llegar a casa tarde y borracho. Le echaría la culpa a mi jefe, diría que tuve que acompañarlo a una reunión y que al estarlo esperando, me ofreció algunas copas y no pude hacerle el desaire. ¡Sí!, eso estaba bien, Amanda respetaba mucho a mi jefe, y aunque no le gustara la situación, la comprendería.
            No la sentí cuando se acercó, sólo escuché su fétido aliento y cavernosa voz  cercana a mis oídos que me cuestionó:
—¿Y las manchas de pintura labial en el cuello de la camisa?
            Desconcertado volteé mi cara y enfrenté la mirada fría y cruel de una mujer de rostro arrugado, nariz aguileña y pelambre cano, que sobresalía de la capucha de un abrigo negro. Su vestido largo, sucio y maltrecho cubría unos pies garrosos cubiertos por unas desgastadas zapatillas.
            —¿Le vas a contar que los labios estampados eran los de Toño?  ¿Qué llevas una doble vida?
            Espantado, exudando remordimientos y temblando por el temor de que se hiciera público mi secreto, comencé a llorar, a pedir perdón, a jurar que dejaría de vivir esa mentira. Me arrodillé y recé…
            —No te lamentes por tú cobardía, estúpido. Si has logrado mantener tu secreto por tanto tiempo, no te delataré. Ella también los tiene. uno de los hijos, no es tuyo… Ahora vivirás guardando dos secretos.