domingo, 30 de noviembre de 2014

Marinero (minificción)





Marinero



Gárgamel


Desembarcó oliendo a pescado y con la ilusión de realizar su fantasía: una noche de parranda y el tatuaje de una mujer escultural en la parte superior del brazo. A partir de ahí, sus sueños eróticos principiaban con la contracción de la musculatura... y terminaban con un grito de placer. Hoy, a los setenta años y con artritis reumatoide, la  mujer pasó de ser esbelta contorsionista, a una flácida y arrugada matrona qué en cada  movimiento de su colgante figura, provoca un grito…  de dolor.


30 de noviembre de 2014

lunes, 17 de noviembre de 2014

El último pasajero

El último pasajero



Comentan los viajeros nocturnos del Metro de la Ciudad de México haber oído el rumor de que por las noches, en las últimas partidas de los trenes se aparece una mujer anciana vestida de negro, asedia a alguno de los últimos pasajeros y lo atormenta con sus propios pecados, evidenciando hechos de su vida escondidos y pertrechados en el fondo de su ser, que por ningún motivo quieren exponer al juicio de una sociedad ávida de cotilleos para el escarnio y el juicio moral.
            Yo no lo creía, es más, ni siquiera me interesaba comentar algo tan banal, producto de mentes supersticiosas y deseosas de inventar falacias para espantar a los crédulos.

Salí de la fiesta de Toño cerca de la medianoche, con el tiempo justo para trasladarme a casa en el transporte colectivo. Me había tomado algunas copas, y mi estado de ánimo rebosaba felicidad y tranquilidad. Llegué a la estación Tlaltelolco un poco antes de que cerraran las puertas de entrada. Mi destino era Copilco, de dónde tomaría el pesero que me dejaría a una cuadra de mi casa.
            El andén, desierto, frío, y solitario, se percibía como la entrada a una caverna. Imaginé en mi exaltación alcohólica, que estaba habitada por vampiros transitando en las noches por la red de túneles, como avenidas de una gran ciudad subterránea. Las familias se cruzaban de una estación a otra y se saludaban cordialmente:
—¿Cómo está usted, conde Drácula?
—Bien, mi estimado señor Nosferatu, saludos a la familia.
Éstas y otras imaginaciones lucubraba mi mente, mientras llegaba el tren.
            La luminosidad y el aire tibio impulsado por el gusano anaranjado acarició mi rostro, anunció la llegada del último tren de la noche. Escuché el pitido persistente del largo monstruo y el rechinar de frenos al detenerse. Abrió sus amplias mandíbulas y me engulló. En su interior sentí el calor de la humanidad acumulada en el transcurso del día, y me reconfortó. Al iniciar el avance levanté la vista para escudriñar la presencia de otros pasajeros. Al fondo del vagón observé una sombra, una presencia difusa que no podía clarificar, lo atribuí a los siete u ocho tequilas tomados en la casa de Toño y le resté importancia. Me senté y comencé a pensar en la excusa que sostendría al llegar a casa tarde y borracho. Le echaría la culpa a mi jefe, diría que tuve que acompañarlo a una reunión y que al estarlo esperando, me ofreció algunas copas y no pude hacerle el desaire. ¡Sí!, eso estaba bien, Amanda respetaba mucho a mi jefe, y aunque no le gustara la situación, la comprendería.
            No la sentí cuando se acercó, sólo escuché su fétido aliento y cavernosa voz  cercana a mis oídos que me cuestionó:
—¿Y las manchas de pintura labial en el cuello de la camisa?
            Desconcertado volteé mi cara y enfrenté la mirada fría y cruel de una mujer de rostro arrugado, nariz aguileña y pelambre cano, que sobresalía de la capucha de un abrigo negro. Su vestido largo, sucio y maltrecho cubría unos pies garrosos cubiertos por unas desgastadas zapatillas.
            —¿Le vas a contar que los labios estampados eran los de Toño?  ¿Qué llevas una doble vida?
            Espantado, exudando remordimientos y temblando por el temor de que se hiciera público mi secreto, comencé a llorar, a pedir perdón, a jurar que dejaría de vivir esa mentira. Me arrodillé y recé…
            —No te lamentes por tú cobardía, estúpido. Si has logrado mantener tu secreto por tanto tiempo, no te delataré. Ella también los tiene. uno de los hijos, no es tuyo… Ahora vivirás guardando dos secretos.


domingo, 19 de octubre de 2014

La cena (minificción)









La cena
Gárgamel

La embarcación española varada en la playa requería reparación y necesitaba madera. Los antropófagos les negaron ayuda y aprehendieron a los tripulantes. El almirante de la nave amenazó al cacique con borrar la luna del cielo si no lo auxiliaba. Por la noche, una gran hoguera animó la luminosidad rojiza del satélite, y el silencio expectante se materializó cuando la negrura fue cubriéndola paulatinamente. La tribu disfrutó su cena y celebró el augurio del eclipse de su sacerdote.


20 de octubre de 2014


domingo, 12 de octubre de 2014

Puerta de libertad


Puerta de libertad



Tú sólo puedes tratar a un niño de la misma manera
 con que estás hecho, con fuerza, ruido e iracundia.
 Esto te parecía además muy adecuado…
Franz Kafka
Carta al padre

La vara delgada, flexible y ansiosa por imponer el castigo, silbó al surcar el espacio velozmente y lastimar con un chasquido las palmas abiertas de las manos de Francisco, que esperaba el dolor ardiente con angustiante resignación, temblabando de miedo. Lloroso aceptó el castigo por haber transgredido la ley. El impacto sobre la piel y el aullido lastimero, confirmaron la sentencia: —¡en esta casa mi palabra es ley! y ¡se cumple! Cinco golpes sellaron el fallo y la represión… —¡A la cama, sin cenar!
            Abatido y furioso; llorando de sentimiento y desconsolado, se tiró sobre el lecho a rumiar su amargura y ovillar el rencor acumulado a través de su corta vida, como respuesta al desprecio, odio y autoritarismo paterno. Era injusto, aplicaba la ley a conveniencia; lo obligaba a cumplir órdenes y no le daba opción de replicar. No le gustaba la vida militar y su padre había determinado que ése era su destino. Sin embargo, lo quería, pensó.
            —¡No! No lo quiero, lo odio. Ha hecho sufrir a mi madre y hermanas. ¡Es insoportable! —dijo en voz alta. Siguió mascullando frases de dolor y pesar hasta que el sueño doblegó su voluntad y el cansancio; el hambre y el tiempo, aletargaron su conciencia relajando sus pasiones, postrándolo en un sueño inquieto y perturbador.
             Llegó a un castillo en lo alto del cerro de la justicia y se paró ante su gran entrada. En la parte superior había un letrero que decía La ley. En el pórtico un guardián, su padre. Uniformado de militar, con el fusil al hombro y aspecto temible, resguardaba el umbral. Le preguntó al guardia si le permitiría entrar y éste contestó que no. Que probara a entrar, pero que recordara que él, con ser poderoso, era sólo el ultimo de los guardianes; entre salón y salón había más. Al observar el porte temible del guardián, se persuadió de que convenía más esperar. Envejeció en la puerta de la ley; nunca se atrevió a entrar, muriendo con el deseo y el temor en su cuerpo. La pusilánime cobardía, disfrazada de respeto, se lo impidió.
           
Despertó angustiado cuando su padre le gritó que bajara a desayunar. Mientras consumían sus alimentos, le informó que lo llevaría al cuartel del ejército a presentarlo con el comandante de la zona para que se enrolase. De nada valió su negativa a ser militar, la súplica de que reconsiderase su decisión, el llanto y lamentaciones.
             Abordaron la carreta y se dirigieron  al campo militar. El sinuoso camino subía adherido a la ladera como si fuera una hiedra sobre el muro, estrechándose tanto en algunos tramos que las ruedas lamían en ocasiones el borde del precipicio. Jalados por una mula, avanzaban lentamente. Cayeron las primeras gotas de lluvia al atardecer; un viento frío impulsó la negrura sobre la montaña dificultando la visión y lastimándolos con el agua al impactar sus rostros. El lodo hizo inestable el camino y la bestia comenzó a resbalar. Una fulgurante luz quebró el horizonte iluminándolo fugazmente, segundos después el ruido ronco y ensordecedor en los costados de la serranía enloqueció a la mula que corrió despavorida rompiendo los aparejos y arrastrando el carruaje al precipicio. Quedaron suspendidos de las ramas de un árbol que amortiguó la caída, a varios metros del camino. El vehículo aplastó el cuerpo del padre. Francisco, ileso, se apresuró a atenderlo; arrodillándose frente a él le preguntó cómo estaba y qué podía hacer. Con un susurro el padre le indicó que fuera por ayuda al cuartel porque se estaba muriendo.
            Francisco, desesperado subió la ladera hasta alcanzar el camino, corrió un tramo a la máxima velocidad que daban sus piernas en el mar de lluvia que lo envolvía y jadeando. se refugió bajo la saliente de una gran roca. Descansó un momento, analizó la situación, reinició su camino  con lentitud y esbozándo una sonrisa pronunció en un susurro:
            —Esta es la ley.