lunes, 19 de septiembre de 2016

La muñeca fea













La muñeca fea





Frente al tocador observa sesgadamente las imágenes reflejadas en el espejo: un libro con las canciones de Cri-Cri,  y la muñeca de trapo, a la que un bracito ya se le rompió, su carita está llena de hollín, y al sentirse olvidada…* La tristeza es común con la de la muñeca. Transida por la angustia, un desierto de soledad e inseguridad, la domina; necesita abrazos, caricias… amor. La desolación choca con un sueño de esperanza al observar un pequeño ratón que la mira bajo el ropero; la brillantés de sus ojos parece indicarle que sus amigos no son del mundo estrecho en el que vive. Esboza una sonrisa y se propone un cambio. Toma la escoba con el brazo sano, abandona la habitación y deja, únicamente, la imagen del libro en el espejo.  

*La muñeca fea
Francisco Gabilondo Soler
Cri-cri








lunes, 12 de septiembre de 2016

Lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho....

Lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho…

Jorge Llera

¾¡No Martina!, ¡no! Estoy cansado de que me injuries constantemente, que me exhibas con tus amigas como un marido mentiroso, desobligado, corrupto, y… ¡pendejo! Esto último, ¡sí me dolió!, sólo por que no cumplo con tus exigencias, y caprichos. Viéndolo bien, ahora estás mejor que hace dos años, cuando vivías con aquel chaparro, matón y borracho que te dejó en la miseria; era un tranza, hipócrita, y ladrón. Sus pecados se lavaban en la iglesia con excelentes regalías para el señor cura. No estimas el cambio que ha tenido tú vida, porque para ti, lo bueno no cuenta… Sí, yo vendí lo que te restaba, pero fue con el fin de hacer un cambio en tu vida… que mejoraras; aún no se nota, pero en el futuro me lo agradecerás.
¾¿Mejorara?, vendiste la vaca y ahora tenemos que comprar la leche; te asociaste con el güero, nuestro vecino, para comprar la bomba del pozo, y ahora resulta que no nos pasa agua para el riego de nuestro maíz.  También, sin consultarnos, puso una cerca tan grande entre su propiedad y la nuestra, que nuestros animales ya no pueden pastar en los terrenos como antes lo hacían. ¡No comprendo tu pendejéz, Enrique!, todavía qué te está cobrando la barda, y se la estamos pagando con las crías del ganado actual y las de las próximas a parir, lo invitas a comer, ¡para que vea cómo se ve la cerca desde nuestra propiedad!
¾¡No entiendes de negocios, Martina! Hay cosas buenas que casi no se cuentan, pero cuentan mucho, y una de ellas es que los vecinos saben que somos amigos del güero y nos respetan. ¿No te has notado cuando vamos al pueblo? Nos voltean a ver, sonríen con nosotros, y nos saludan con respeto… y estar bien con la comunidad, cuenta Martina… cuenta.
¾¿Sonríen y nos saludan? ¡Se burlan de nuestra estupidez!, Enrique… De la tuya, pero ya me involucraste. ¡Ah! Y qué bueno que la bruja de Hilaria no aceptó venir a la comida, porque era capaz de venderte otra maquinaria igual a las anteriores, no nos sirven para nada; como esa cosechadora que tenemos desde hace dos años, que nos faltan diez más para pagar, y no hemos utilizado porque no tenemos qué cosechar.
¾Y a propósito de que hay cosas buenas que no se cuentan, me pidió el güero que te dijera que te invitaba a cenar a su rancho, Martina. Qué te bañaras y arreglaras, porque iba a ser un festejo elegante; y yo podría ir por ti, en la mañana. ¿No es magnífico?

¾¿Sabes qué, Enrique?... ¡Chinga tu madre!


jueves, 8 de septiembre de 2016

El pacto roto

El pacto roto


Pacto roto cual papel,
querer y no querer.
Decisiones erradas,
Falsas promesas…
Mery Bracho

Un lóbrego atardecer desparrama sombras y murmullos oscuros sobre la estrecha calle, los últimos rayos del sol otoñal se alejan dorando débilmente las hojas de los árboles y delineando apenas, con reflejos mustios, la pequeña ventana donde el hálito susurrante y frío, se apresura a arrastrar las hojas muertas para dispersarlas en pequeños remolinos que rozan el cristal, donde  la figura encorvada de Antonio puede ser observada a contraluz. El viejo bar cercano al panteón, herencia de una arquitectura colonial, se ha resistido a morir; sobrevive gracias a la asiduidad  de su ancestral clientela.  
         En la soledad de una  mesa alejada del bullicio, inclinado sostiene con las manos el mentón de su cabeza cana, frente a una botella de ron. La débil iluminación amarillenta del local, y el perfil reflejado en el espejo del bar, le otorga rasgos dramáticos a la escena. La ropa oscura y ajada, coincide con las circunstancias que lo atormentan; su apariencia denota descuido de varios días, falta de pulcritud y aseo. El sufrimiento lo doblega, le demuestra que en instantes el destino puede alterar los sueños, ilusiones, planes y… la vida misma.
         Levanta la cabeza, se sirve una copa y observa en el cristal frente a él, una mirada triste, llena de emociones encontradas, de recuerdos intensos, imágenes que le desgarran las entrañas,  confusión de ideas que desbordan en sutiles lágrimas cargadas de angustia. Por momentos, la desolación violenta concentra en los puños la ira, emblanqueciendo los nudillos, y lastimando las palmas. Manifiestan el rechazo a la tragedia que lo arrincona con dolor  en aquel vetusto bar.
         Con rabia, trataba de digerir la última e incomprensible despedida de una relación que fue apasionante, inagotable en emociones y caricias; un amor entrañable y respetuoso. No comprende el fin del compromiso, no asimila el abandono, el rompimiento forzado del vínculo. No acepta la huida.
         Se sirvió otra copa y desvió la mirada para observar nuevamente su imagen. Sonrió con melancolía al recordar momentos felices al lado de Alicia, la única mujer que ha amado. Pasaron en tropel imágenes de la juventud compartida con Pablo, el amigo de ambos. Aquel compañero de infancia, juventud y juergas que los ha acompañado en su zascandilear por la vida.
          Termina de un trago el resto de su ron, el líquido le escuece la garganta y una sensación caliente bajó por su esófago, dispersándose en el organismo como un abrazo de consolación: la confortación amigable de un compañero que intenta tranquilizarlo. Recuesta su frente sobre el borde de la mesa y llora el dolor que lo abruma. La ansiedad, la desesperación e impotencia por l lo inmovilizan, es incapaz de pensar en el futuro.
         ¿Qué hará?, ¿cómo vivirá sin ella?
         El sentimiento de despecho aflora de su garganta y provoca un rugido interior, un dolor ahogado, angustiante y opresor que le provoca una constante taquicardia y  congoja expresada en lamentos, y palabras apenas audibles, ocultas tras el llanto:
         ¾¡Me dejaste!  ¡Traidora!... ¿Por qué me abandonaste?...
         Levantó la cabeza y sollozó largo rato sin importarle las miradas inquisitivas e incomodas  de la clientela.
         El desabrido sonido del teclado, ejecutado por una figura gris escondida tras el proscenio, se mezcla en el ambiente nebuloso del tabaco y el olor a alcohol. El tufo decadente y triste del lugar, se acentúa por el mobiliario oscuro y desgastado, escondiendo en su negrura al horizonte clientelar.  Da un trago a su bebida y piensa:
         Tengo que esperar, él tarde o temprano, llegará…
         Las puertas abatibles del bar se abren intempestivamente, el furtivo rayo de luz  que trata de penetrar la penumbra, es degollado lentamente al cerrarse ambas hojas tras la entrada de Pablo. Con gesto adusto, denotando un profundo malestar, se dirige con paso firme a la mesa.
         Antonio, con el rostro desencajado se levanta bruscamente liberando en su caminar apresurado, las emociones reprimidas… El ímpetu de ambos los lleva a encontrarse en la penumbra.
         Chocan sus cuerpos en un fuerte abrazo fraternal. Las lágrimas hermanadas en los rostros, se confunden en instantes en un sólo cauce. Pablo deposita sobre la mesa la urna con las cenizas de Alicia:
         —Duró tres horas la cremación, amigo. Qué bueno que no fuiste, no lo hubieras aguantado.


martes, 9 de agosto de 2016

El secuestro





El secuestro


Jorge Llera


La vida sin libertad
es solo la muerte oculta
en un manto de oscuridad.
Rncer


La sensación de asfixia era exasperante, transpiraba copiosamente por nerviosismo y ansiedad. El áspero costal que cubría la cabeza, le raspaba; la resequedad escozaba su garganta, y una saliva pastosa, enlodada, con sabor a tierra seca, le pegaba la lengua cuarteada  al paladar; dolía al moverla, como si rocas calientes le friccionaran al interior. El calor extenuante lo sofocaba, el sudor profuso que le recorría el cuerpo, empapaba su ropa. Oyó el grito triunfador desde el otro cuarto: ¡Ya pagaron!... ¡Mátalo! Las pisadas lentas resonaron en los adoquines, cronometrando sus últimos momentos; sintió la respiración ronca del sicario junto a él, e inhaló en una náusea un aliento pestilente. Con terror, percibió el sonido metálico del cargador, y… sus esfínteres se aflojaron al escuchar el disparo. El fétido hedor, invadió el ambiente amable de su recámara.


8 de agosto de 2016