sábado, 20 de octubre de 2012

La casa gana



      La casa gana


Frente a ella, leyendo el resultado de los análisis que le había entregado Ámbar, el médico le comentó:
            -Su enfermedad se ha agravado, confirma mi diagnóstico inicial, el cáncer se ha generalizado, tiene metástasis por todo el cuerpo. Mi propuesta es que se someta a tratamientos de radio y quimioterapia durante los próximos meses.
            Se hizo un silencio tenso por espacio de algunos minutos, mientras ella procesaba la información y asumía con tristeza y coraje interno su realidad. La palidez de su rostro mostraba un elevado grado de alteración cuando preguntó con brusquedad y un leve tartamudeo:
            -¿Cu... cuánto tiempo de vida me queda?
            Incómodo, el médico, encarándola con la frialdad de un agorero cómplice del destino, le dijo:
            - Sin tratamiento, quizá seis meses, con él... tal vez un año.
            Sintió desfallecer, el panorama sombrío y desolador que su vida le presentaba, cortaba todas sus expectativas. Sin fuerzas, encorvada, soportando sobre sus hombros el peso abrumador del augurio, se dirigió a su departamento.
            La imagen reflejada en el espejo de la habitación era de una desesperada angustia. Demacrada, desaliñada y con los párpados abotagados por el llanto, parecía mayor a sus cuarenta años. Se recostó y comenzó a analizarse. Era una solitaria, siempre dedicada al trabajo, nunca salía a divertirse, tenía pocos amigos. Hacía tiempo que el único amante que había tenido terminó la relación con ella. Sin emociones, su existencia se conformaba en una monotonía desesperante.
            Pensando que había desperdiciado gran parte de su vida, un oculto deseo fue emergiendo hasta su conciencia; se hizo evidente y en ese momento tomó una determinación:
            ¡Al carajo con el cáncer! ¡Voy a disfrutar lo que me queda de presencia en este mundo!
            Sacó su dinero del banco, compró boletos para un crucero a diferentes destinos, adquirió el ajuar necesario para la travesía y emprendió el viaje final.
            Durante su permanencia en el barco, fue tejiendo una red de amistades y amantes que evidenciaba la intensidad por la que pasaba.
            En la última noche de el crucero, a lo lejos vio las luces del puerto que flotaban como estrellas danzantes sobre las olas tranquilas de un mar negro, como el fin de la vida. El casino del barco estaba a reventar, el ánimo nervioso en las diferentes mesas provocaba un ambiente de alegre tensión y un torbellino de emociones desbordadas circulaba por cada lugar de juego. Alrededor de la mesa de la ruleta se agolpaban tumultuosamente un gran número de espectadores, viendo con  emoción que una jugadora le ganaba a la "casa" una gran fortuna.        Al extremo de la mesa, tras grandes montículos de fichas, asomaban los ojos desbordantes de exaltación de Ámbar. El ambiente se tensó cuando el croupier dijo:
            - ¡hagan sus apuestas!
            - ¡Va mi resto al treinta y tres rojo! Se escuchó una voz al extremo de la mesa... y Ámbar empujó con seguridad los cerros de fichas al número seleccionado. hasta entonces, el croupier pudo ver la cara  radiante y divertida de su rival, que demostraba con su actitud el control de sus emociones y el deprecio hacia el destino. De inmediato, el número de la ruleta se saturó de fichas acompañantes.
            El croupier, nerviosamente, solicitó con la mirada la autorización para aceptar la apuesta más grande que se había hecho en ese barco. La mesa se congestionó aún más al saber de la autorización.
            Giró y giró la ruleta, la bolita rodó y saltó en círculos concéntricos y... poco a poco, en un mar de tensión y emociones contenidas, la rueda fue aminorando su velocidad hasta detenerse con la parsimonia de su cansado andar. Siguió brincando y tras unos instantes... se detuvo en el ¡treinta y tres rojo! ¡La gente gritaba y se abrazaba! Y Ámbar en un paroxismo de emociones encontradas,  saltando de alegría, lanzó un grito  triunfal:
            - ¡Gané! ¡Gané! ¡Maldito cáncer, no me quitaste la alegría de vivir! Y tras ese grito, se desvaneció.
            El médico del Crucero confirmó la muerte… Nadie reclamó el premio.



viernes, 12 de octubre de 2012

Instante

Instante

"El tiempo y el espacio son relativos"
Albert Einstein

Casi toda la familia estaba presente en la comida para festejar el cumpleaños ochenta de la tía Ramona. En el jardín alquilado para el evento, jugaban fútbol los primos mayores, la chiquillería corriendo de un lado a otro sin un momento de calma, tropezaba ocasionalmente con las sillas de los adultos que conversaban sobre las novedades, cebando su maledicencia en los ausentes ⏤como corresponde a una familia respetable⏤. Dos parejas de novios buscaban lugares discretos para sus escarceos amorosos alrededor de los centenarios árboles del fondo del jardín.
            Llamaron a la comida: un bufete de guisos mexicanos. Largas filas y todos salían con platos rebosantes de mole, chorizo, frijoles, tamales y otros deliciosos pero indigestos platillos. La tía Ramona comió como si no lo volviera a hacer.
            Terminando, les  pidieron a todos que se agruparan para la fotografía familiar. En el centro, en su silla, la tía Ramona. A ambos lados, sus cuatro hijos con sus respectivos cónyuges. En la misma fila, los jóvenes del fútbol, en camiseta y sudados abrazando a sus primas, que se resistían al contacto. Atrás de la tía Ramona, las dos parejas de novios y su hermano Ángel —con su inseparable puro— comentando con sus primos la partida de dominó que habían suspendido para acudir a la foto. Al frente, hincadas y alisando sus vestidos las niñas y del otro lado, haciendo muecas y poniendo cuernos, los niños. Ambos flancos de la fotografía fueron rellenados por los demás familiares y amigos.
            El fotógrafo, contratado por internet especialmente para el evento, les daba indicaciones:
¡Los de los extremos, péguense más! ¡Las mujeres de atrás, no se ven bien, descúbranse un poco!...
            Una voz femenina gritó: —¡Apaguen ese puro!— Y las mujeres aplaudieron, pero el tío no se dio por aludido.
            Las parejas de novios comenzaron a percibir un olor fétido que invadía el ambiente y de inmediato localizaron su procedencia: 
— ¡Tía... contrólate, ten compasión de los que estamos detrás!
⏤ ¡Ay hija! a mi edad puedo decirte que más vale un gas en familia que un cólico a solas; así qué ¡aguántense y respiren de lado! que sólo será un instante.
¡No me abracen, babosos, qué están sudados y huelen a león! —dijo Rosaura a sus primos—.
¡Bájale prima... bájale!  Estamos demostrando nuestro cariño.
            Se volvió a oír nuevamente la voz de Susana: —¡Tío, apaga tu apestoso puro!— 
Sólo se oyó una carcajada como respuesta.
            Los niños se pusieron de acuerdo para ver quién hacía la cara más fea en la foto.
¡Atención, todos! Gritó el fotógrafo, a la cuenta de tres, digan whisky: Uno... dos y... tres. 
¡Un fuerte destello iluminó el ambiente y cegó por segundos a todos. Después... Luces de colores al interior de cada uno y… la penumbra.
            Quisieron separarse terminada la foto y notaron que no se podían mover, seguían apretujados y limitados por un marco. ¡Desesperados, gritaron pidiendo ayuda! Se desgañitaron, pero sus voces no emitían ningún sonido. El calor era bochornoso, humores y olores alteraban a todos. Los niños lloraban, querían deshacer sus muecas y no podían. 
            ⏤ ¡Tía, por favor... ya no lo hagas!
            
El fotógrafo llegó a su estudio y colgó en la pared, otra fotografía familiar más...




  

viernes, 5 de octubre de 2012

Drama en oxímoron


Drama en oxímoron

El oxímoron es una figura retórica o literaria que consiste, en relacionar
 dos palabras o frases contiguas que tienen un significado opuesto,
 pero que al estar juntas adquieren un sentido novedoso.

Sentí su lejanía cuando me acerqué. Me impuse a actuar con naturalidad y en una calma tensa razoné emotivamente  nuestras diferencias, buscando  dar una opinión objetiva y remarcándole con trémula firmeza, que sin ella sería un muerto en vida.
  Le pedí que olvidara mi audaz cobardía de no recordar el pacto sin compromiso que convertí en banalidad profunda de nuestra vida.
Le dije también, que nuestra relación era mi principio y mi fin… qué  había ignorado  el conocimiento del amor desilusionado. 
Se hizo un silencio elocuente, un instante eterno, lleno de vacíos. 
Esperaba lo inesperado, casi seguro de que ella en su misericordiosa crueldad no iba a hacer nada para impedir la continuación de nuestro amor libre. 
Con estudiada indiferencia y una bien calculada espontaneidad dijo:
⏤ ¡Manolo, eres espectacularmente aburrido! y ¡un perfecto idiota!

domingo, 30 de septiembre de 2012

Espejo

Espejo


“Siempre fuiste mi espejo, quiero decir
 que para verme tenía que mirarte”
Julio Cortázar

Llevaban tanto tiempo juntos que sabían lo que la otra parte iba a decir antes de que lo expresara verbalmente. Sus pláticas se conformaban de grandes silencios. Un diálogo mudo que arropaba pensamientos e imágenes y en un metabolismo interior, transformaba en juicios y opiniones. Generalmente Luisa era la transmisora; comenzaba una larga conversación que no concluía por considerarlo innecesario. Esteban la observaba y casi siempre asentía como señal de comprensión.
            Esa mañana, fresca y soleada de fines del verano, decidieron caminar al Banco a renovar una inversión que estaba por concluir. Al llegar, el gerente les informó que ya no los atendería su asesor habitual, porque lo habían cambiado de sucursal. El encargado ahora era el señor Eduardo Arozamena y de inmediato los llevó con él. Luisa lo miró escrutadoramente mientras lo saludaba e inmediatamente impresionó su imagen y sensaciones iniciales al interior. Observó al empleado joven, delgado, con un traje impecable color gris y corbata contrastante en tonos rosas, que les atendió con la cortesía y amabilidad que correspondía a unos clientes distinguidos. Su pelo negro y nariz recta, armonizaban con sus delgadas manos que descansaban lánguidamente sobre el escritorio, destacando un anillo de jade con una filigrana religiosa en el centro, en el dedo anular de la mano derecha.  La desconfianza momentánea hacia un desconocido que se encargaría ahora de manejar sus ahorros se contraponía con la confianza en la institución y la tranquilidad de Esteban qué, con un dejo de aprobación, le sonrió.
            ⏤ Por el monto que van a invertir, les sugiero este paquete que les dará versatilidad en movimientos e intereses más elevados. Lo comentaron entre ellos y Esteban acepto la propuesta firmando el contrato.
            Luisa llevaba varios días inquieta por la inversión realizada y con su actitud, le transmitía ese nerviosismo a Esteban, que hacía lo posible por tranquilizarla. Algo no le cuadraba, sentía un desasosiego que le impedía estar tranquila.
            
Sonó el teléfono varias veces antes de que Esteban tomara la bocina y escuchara el desolador mensaje: ¡Habían secuestrado a su amada Luisa! Y le daban cinco días para pagar el abultado rescate. ¡Gritó y lloró de desesperación! Abatido y nervioso se derrumbó en el sillón más cercano y entre un torbellino de emociones estableció las acciones inmediatas a realizar:
            Contrario a las instrucciones recibidas se comunicó con la policía qué, de inmediato, se instaló en su casa y se hizo cargo del caso.
Seguramente obtendremos el dinero solicitado... no tendrán problema en retirarlo del banco...Todavía habremos de resolver lo de la entrega, pensó. 
            
Sentada en el suelo, recargada contra la pared, con los ojos tapados y las manos atadas, en una habitación oscura, le llevaron de comer. El proveedor, embozado, no emitió ningún sonido, le dejó la comida al lado y le desató las manos. Al hacerlo, la rozó con sus dedos y en ese instante, ¡ella comprendió que no la iban a dejar con vida!
           
La angustia y desesperación le había impedido a Esteban conciliar el sueño. Cansado, recordaba cada momento vivido con su Luisa. Sin embargo, acudía siempre a su mente el momento de la firma del documento, la imagen se hacía presente y se desvanecía. Volvía y volvía, remarcando sus recuerdos. La idea fija de las manos del funcionario bancario que le prestaba el bolígrafo para que firmara, era recurrente. Al analizar ese pensamiento repetitivo notó el anillo de jade con una figura en filigrana que les había llamado la atención y comprendió que Luisa le mandaba un mensaje. Dio aviso al jefe de detectives y se ordenó el seguimiento y vigilancia del licenciado Arozamena.
            
Llamaron para concretar el pago del rescate momentos antes de que la policía entrara abruptamente al interior del departamento, liberando a Luisa y sometiendo altos tres raptores.
            Al esposarlo, notaron que La filigrana del anillo, representaba a la Santa muerte.