miércoles, 6 de noviembre de 2013

Desde mi azotea

Desde mi azotea

Jorge Llera

 Me levanté después del mediodía con los rescoldos  etílicos de una noche farragosa. La  mente pesada y el espíritu incoherente me dificultaban encontrar mi ropa. Por fin, logré rescatar mi short escondido bajo  la cama, resistiéndose, como de costumbre, a  enfundarse en un ambiente tufoso y mal ventilado. Los huaraches, como pareja mal avenida... distanciados: uno al lado de la puerta y el otro, en una silla del comedor del cuarto de azotea que ocupo como vivienda. La camiseta, fiel compañera de la semana, permanece asimilada a mi cuerpo hasta nuevo aviso —que se dará cuando llegue nuevamente el agua al edificio y pueda lavar.
            Una náusea irrumpe intempestivamente y se asoma con peligro a mi boca al levantar demasiado la cabeza; la controlo respirando varias veces profundamente... ¡mi irascible organismo me exige agua! la bebo directamente del lavabo junto al baño  y me atrevo a mirar el deforme espejo situado  frente a mí: —¡Pucha, qué cara!— digo al ver reflejado un rostro amarillo, macilento y demacrado. Una cabeza que enarbola un penacho de zacate imita mi asombro,  ademanes y palabras.
            Empiezo lentamente a recordar: salí a tomar unos tragos con El Checo y dos amigos; seleccionamos la Zona Rosa  por lo colorido de su paisaje urbano y la conveniencia de aprovechar las bebidas, al dos por uno, que promocionan los bares. Caminamos las calles escoltados por los anuncios luminosos de las bardas al borde de la acera, que con destellante premura, nos conminaban a consumir e incitaban nuestros deseos de: fumar, beber, comer, untar, oler y... más. Comprar... comprar... comprar, "para disfrutar con clase la vida que mereces".
            Pensé en algún momento: ¿Cuánto de esto puedo adquirir con mi salario?  ¿Cuánto necesito para ser feliz?... ¿Cuánto? No perduró mi introspección… se diluyó poco a poco entre la bebida y el sonido retumbante de la música disco de los bares visitados, que cimbrando mis neuronas con su monótono ritmo, aceleraron mi actividad y dispersaron mi congruencia. 
            De antro en antro, custodiados por la ferviente luminosidad comercial y bajo el cobijo de los anuncios espectaculares ocultando parcialmente la luna, con el afán de impedir que los opacara en vistosidad, fuimos invadidos por la contaminación de sus frases mediáticas y manipuladoras. "El canal de las estrellas… nuestro canal", "Porque tú lo vales..." o, de plano, nos invitaban a vender tu alma con "Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás...." O las elitistas “Soy totalmente palacio…” Largo rato seguimos rondando, comprando estatus e ilusiones hasta agotar nuestros recursos en tiempo y dinero, hasta que la noche, aburrida de nuestra parranda, nos conminó a descansar.
            Aquí estoy ahora, en mi "Roof Garden" la  azotea que circunda mi vivienda, disfrutando del aire pesado de la ciudad y de los escasos rayos solares que logran penetrarlo; en shorts,  huaraches y desprendido de mi solidaria camiseta,  observo el paisaje urbano:
            Estoy rodeado de edificios multifamiliares de innumerables ojos, vigilantes permanentes de la ciudad; de construcciones copeteadas con negros tinacos, atentos guardianes resguardando la seguridad de las azoteas; de rejas y tendederos multicolores, afiligranados de vestimentas que contrastan con el grisedad de la tarde. Infinidad de antenas receptoras se posan en las salientes de las fachadas o en los quicios de las ventanas, como palomas circulares a punto de volar.
            Me acosan persistentemente los anuncios espectaculares que ofrecen sueños y exigen revisión de vida: de costumbres, gustos… de valores.
            No pude dormir, me fue imposible retornar a mi insensibilidad cotidiana.  La noche de ayer me marcó, me persigue la certeza de que podría vivir en un mundo diferente. Este pensamiento se  hace cada vez más demandante...
            Llené la mochila con mis pertenencias, bajé las escaleras y retorné con alegría a mis orígenes, sin  anuncios espectaculares que me indiquen lo que debo de pensar o hacer.

19 de mayo de 2013  

Coartada

Coartada

Jorge Llera

—¡Mentira! ¡Él no lo mató!— dijo, enfatizando su posición verbal con una mirada agresiva al Ministerio Público. Ya le he dicho que yo lo vi cuando llegó caminando tranquilo como quien da un paseo por el campo. Bajó despacio la barranca, con las manos en los bolsillos, distinguió el cuerpo frente a él, se acercó con rapidez e hincado, pegó el oído al pecho y luego al rostro para comprobar si había fallecido. Tomó el teléfono y se comunicó con alguien brevemente. Después de un rato, volvió a marcar. Y recostado en el gran fresno que sombrea permanentemente ese lugar, tal vez el único testigo veraz de la muerte de don José, esperó la llegada de las autoridades
            Después de rendir su declaración, Félix, campesino de la zona, que vive a unos quinientos metros del lugar del acontecimiento firmó sus palabras, se despidió de Vicente que estaba detenido tras la barandilla y abandonó la comisaría. Se retiró pensando: Él no lo mató, pero de que así debería de morir el cabrón por los abusos cometidos contra la comunidad… es un hecho.
            Nervioso, acalorado en el pequeño cuarto que servía de Ministerio Público, con la mirada perdida, revisaba como las gruesas paredes de adobe encaladas hacía muchos años, hoy descarnaban tristeza por el roce continuo de los conflictos acumulados. Oía sin escuchar las declaraciones que lo inculpaban. Más que evidencias, aportaban opiniones. Doña Mercedes, la de la casa de huéspedes —que se rumoraba proporcionaba algunos servicios a Don José— manifestaba:
            —¡Ese muchacho, siempre causa problemas! Se ha peleado con todos mis huéspedes, no tiene amigos en el pueblo, es un busca bullas. Ya decía yo que su rebeldía lo iba a llevar a la cárcel.
            —Señora, —dijo el agente del Ministerio Público, ¿Qué puede testificar respecto a la muerte de don José?
            —Regresaba de ver a Mateo, el yerbero, porque le había hecho algunos encargos para mis dolores de espalda. Al bajar por la vereda, vi tras un viejo fresno, al muchacho sobre un cuerpo, parecía que lo estaba ahorcando, no me acerqué porque si lo hubiera hecho, me mata a mí también. Mejor me apresuré a llegar al pueblo a informar a la policía. Ya tenían conocimiento del asesinato cuando les avisé. Ese muchacho y su padre lo odiaban, le debían mucho dinero y no tenían como pagarle. ¿No se le hace mucha casualidad que él lo haya encontrado? Y ¿cuál era su negocio por esos rumbos de la sierra?
            —¿Qué andaba haciendo por allá, Vicente? —Preguntó el juez.
           —Fui a buscar a la vaca pinta perdida desde anteayer, anduve por varias veredas y  al bajar al barranco por una de ellas, vi el cuerpo tendido boca arriba. Lo que dice esa señora no es verdad, ya habíamos llegado a un arreglo para pagar el préstamo. Y la prueba de mi inocencia es que yo mismo le hablé por teléfono a la policía.
            El juez revisaba por última vez la documentación generada sobre la muerte de don José, para dictar la orden de liberación de Vicente. Se detuvo en la declaración de Félix y algo llamó su atención: ¿dos llamadas…?
            —Secretario, investigue quienes fueron los destinatarios de las llamadas de Vicente…

6 de octubre de 2013

miércoles, 30 de octubre de 2013

Imploración



Imploración

Jorge Llera

"Oh Dios nuestro, ¿No harás justicia contra ellos? Pues nosotros
 no tenemos fuerza para hacer frente a esta gran multitud que viene contra
 nosotros y no sabemos qué hacer. Pero nuestros ojos se vuelven hacia ti.”
Nuevo Testamento
San Mateo 20.

Las turbas recorrían las principales calles del Distrito Federal con mantas, banderas, carteles, protestando en las más variadas formas, para solicitar la atención de las autoridades al problema educativo del país. Los profesores, llevaban meses de pedir el diálogo. La respuesta:  silencio. Como si derramaran agua en un desierto, las peticiones trasminaban oficinas y funcionarios, sin humedecer mínimamente sus conciencias. No alteraban sus hábitos ni su conducta. El gobierno era portador de la verdad absoluta. Cumplía su obligación de imponer los dictados del modelo neoliberal, desgastando la educación pública:
             “Un pueblo ignorante es manipulable”. Era el pensamiento no expresado, pero evidenciado en el actuar, del grupo político que dominaba el país y servía a intereses extra nacionales.
            La inquietud de los mentores se gestó en los Estados al percatarse que el Ejecutivo Federal había enviado una iniciativa de ley en la que se erosionaba la educación pública en beneficio de la privada y se trastocaban los derechos laborales y de seguridad social de los trabajadores de la educación. El Congreso de la Unión, sin analizar la iniciativa, la aprobó en una sesión.
            Protestas en todo el país, se unían a otras por las reformas energética y la hacendaria, que beneficiaban también a los grandes capitales nacionales y extranjeros.
             La inconformidad se extendió como una ola en un mar de desesperanza y llegó a los centros urbanos inundando las calles de odio y vandalismo, de robos, estragos y asesinatos de autoridades. Los poderes formales en los Estados, recularon lentamente hasta su desaparición por la impotencia en la resolución de problemas; los rebasaban . El caos asedió al país y pronto llegó a amenazar a la Presidencia de la República.
            Acosado el gobierno, se apoyó en el ejército, una organización formada con gente del pueblo obligada a ir en contra de sus orígenes; en la contienda comenzó a reconocer a sus verdaderos enemigos y a diluirse en la inconformidad de una insurgencia que anhelaba el poder y el cambio.
            La amplia sala de juntas, soportaba a secretarios de Estado, líderes del Congreso, presidentes de partidos políticos e integrantes de la Suprema Corte de Justicia, que esperaban con tensión y nerviosismo el inicio de la reunión. Toda la clase política en pleno, en un tenso ambiente, que permitía sólo el balbuceo de frases nerviosas y farfullantes, anhelaban el plan de acción que les permitiría recuperar el control del país y el resguardo de sus intereses. Inquietos se removían en sus lugares, conteniendo el deseo de huir, de abandonar la nave en pleno naufragio…de salvarse.
            El Presidente llegó con pasos lentos y temerosos, ocupó su lugar al centro de la gran mesa rectangular. Abatido, con la frente perlada por el sudor y los brazos temblorosos apoyados en el verde mantel, tomó el micrófono y pronunció sus últimas palabras como presidente:
            -Ante ustedes, colaboradores en mi gobierno, compañeros y amigos, presento mi renuncia a la Presidencia  de este país…
            Al terminar, levantó las manos y traicionando los principios del laicismo que conlleva el cargo ocupado, imploró con fuerte voz:
            -¡Oh Dios nuestro, ¿No harás justicia contra ellos?...
30 de septiembre de 2013

martes, 22 de octubre de 2013

El centinela



El centinela


Era un viejo molino abandonado. Sus paredes de piedra sostenían una torre con escaleras que subían en espiral desembocando en una pequeña azotea circular. Desde ahí se alcanzaba a ver el valle verde salpicado de frondosos árboles y la línea ondulante de un río gris que después de dos gesticulaciones enmascaradas en los arbustos, se perdía en el horizonte. La parte baja de la construcción sostenía dos grandes ventanas de madera sin vidrios, y una puerta deteriorada que dejaba penetrar entre sus tablones la luminosidad del día, y por la noche, la frialdad de un invierno que iniciaba. Dentro del local subsistían rastros de instalaciones y maquinaria, olvidados por el tiempo. Era El Castillo un bastión del equipo Rojo, tropas aguerridas que esa semana les correspondía defenderlo de los Azules, temerario ejército sanguinario y ávido de gloria.
El grupo de amigos de la escuela del pueblo utilizaba el viejo molino para sus juegos cotidianos, consistentes en batallas con globos rellenos de agua y anilina del color de cada equipo. Cinco combatientes por bando y el juego comenzaba al atardecer. Si ganaban, les correspondía ocupar El Castillo durante una semana, límite para el próximo enfrentamiento. Los contrincantes luchaban con marcar al enemigo con el color del equipo, y el ganador sería el que conservara al único guerrero sin marcar.
          
Salieron corriendo de la escuela y compraron en la tienda de don Faustino los globos y la anilina. Les comentó que los contrincantes se habían abastecido el día anterior. En El Castillo, prepararon los misiles y acordaron la estrategia. Pedro, alto, moreno, delgado y sonriente era el líder de los Rojos. Rodeándolo, los cuatro guerreros escuchaban con atención las órdenes:
—El Gordo y Elías en la puerta; Lolo en una ventana, y tú Matías, en la otra.
—Y ¿yo? —dijo el más pequeño del grupo.
—Tú, Pingüica, serás el centinela.
—¿Qué es eso?
—El encargado de avisar cuando lleguen los Azules a atacarnos.
—¡No! ¡yo quiero pelear! —exigió con firmeza el pequeño, mirando retadoramente a Pedro. El minúsculo cuerpo cubierto por la sombra que proyectaba el líder se movía inquieto e indignado. Enormes lentes dejaban ver sus negros ojos incrementados en tamaño por los cristales de aumento de los gruesos anteojos, que escondían el blancuzco rostro pringado de pecas. Por debajo del gorro rayado, sobresalían unos mechones amarillos que descansaban sobre grandes orejas.
—¡Es una orden!, respétala. Cuando los veas venir, chifla tres veces.
Enojado, el Pingüica subió las escaleras mascullando que la próxima vez, cambiaría de equipo.
Los rayos del sol tardío, entraban diagonales por la ventana iluminando la rueda del molino y proyectando una sombra alargada que alcanzaba a arañar al Gordo y a Elías, apostados en la puerta.
Avanzaban lentamente, pecho a tierra, por los matorrales que sostenían sobre sus espaldas a los cinco Azules. Reptaban como saurios acechando a su presa. Ya estaban cerca... no habían sido descubiertos.
Pingüica, aburrido tiraba piedras a una roca clara de la pared de enfrente y de vez en cuando, recorría visualmente el horizonte. Se sorprendió cuando le pareció ver cerca de la pared de El Castillo un arbusto que se movía. No soplaba la brisa vespertina, lo que aumentó su desconcierto. Se fijó que avanzaba lentamente y cuando estaba a unos pasos de la ventana, ¡descubrió la estratagema! Angustiado trató de chiflar, sopló fuerte y sólo escuchó salir el aire; lo intentó otra vez y el sonido apenas era audible para él. Entonces gritó:
—¡Los Azules! ¡Disfrazados de plantas!
Era tarde, los arbustos entraron saltando las ventanas y disparando sus misiles, sin que los Rojos tuvieran la menor oportunidad de defenderse.
Marcaron a los de abajo y subieron corriendo las estrechas escaleras. Al asomar al quicio de la puerta, los primeros dos fueron impactados en el pecho por proyectiles disparados a bocajarro. Pasó el Pingüica entre los arbustos y sorprendió a los que iniciaban la subida, acertando a uno de ellos en la cabeza y en el pecho, al otro.
—¡Sólo quedan dos! —se escuchó decir a los muertos.
—¡Duelo! ¡Duelo! ¡Duelo! –gritaban todos a coro.
Se pusieron espalda contra espalda. El cinturón del Azul, rozaba la nuca del Pingüica. Caminaron diez pasos, dieron media vuelta y se enfrentaron. Paso a paso, fueron acercándose ambos con proyectil en mano. Cuando estaban a cinco trancos de distancia, el Zarco levantó el brazo y tiró su proyectil impactando al Pingüica... el proyectil no explotó, incrédulo, sin entender que ahora estuviera desprotegido, se quedó inmovil. Un movimiento del Pingüica y… el pecho azul comenzó a teñirse de colorado.