jueves, 2 de julio de 2015

Némesis

Némesis



La venganza es el manjar más sabroso
 condimentado en el infierno.
Sir Walter Scott


Le costó trabajo dormir, pasó la noche bajo el cobertor escondiéndose de aquella mirada fija y penetrante de ojos amarillos como de felino que se paseaba por los muros y le infundía temor. Despertó cuando oyó pasos a su alrededor, el taconeo sobre la duela lo puso en alerta. Inquieto se levantó e hizo el reconocimiento del cuarto varias veces, incluso se agachó y miró bajo el lecho; lo hizo repetidamente y... nada. Desconcertado se sentó, y apoyando la cabeza entre sus manos, se mesó los cabellos.
            Como de costumbre, desapareces, te gusta desesperarme, jugar conmigo, pensó.
            ¡Levántate, inútil!, que tienes que ir a trabajar!  ¾escuchó dentro de su cerebro.
            —¡Deja de dar ordenes!, y desaparece de mis pensamientos, ¡me tienes harto!, farfulló
            No se discute con Dios, ¡imbécil! Sólo, obedece, retumbó la voz en su interior.
           
Llegó a su trabajo y se enteró de que por el comportamiento irregular y las faltas frecuentes, había sido despedido. Cobró su liquidación, y sin un plan establecido, abordó un autobús a la Costa Chica de Guerrero.
            Durmió un buen tramo del camino, pero la voz de Dios lo despertó al llegar a Ometepec.
            ¿No te cansas de hacer estupideces?¿Qué haces acá, en este camión de tercera? Si quieres hacer algo de valor en tu vida, abalánzate sobre el chofer y dirige el autobús al precipicio, vas a ver sangre y cuerpos desmembrados, lo disfrutarás.
            Quise alejarme de ti. ¡No te aguanto!, gritó para sí.
            No lo lograrás, soy tu némesis: el conjunto de todo lo negativo y opuesto a tu persona, estoy ligado a ti, somos indivisibles.
Sintió que los tobillos le quemaban, unas férreas y ardientes  manos le aprisionaban los pies, se comenzó a marear; veía alargar y encoger el autobús; un fuerte dolor de cabeza lo hizo sollozar y se desvaneció sobre el asiento.
            Lo despertó el chofer al llegar a Xochistlahuaca, última parada de la ruta. Bajó con hambre y encontró un pequeño restaurante en la calle principal. El dueño del lugar, le rentó un cuarto de varas, atrás de su choza.
            Vagaba por el pueblo ensimismado, mascullando interjecciones. Sentía las miradas inquisitivas de los indígenas amuzgos y los cuchicheos, cuando pasaba hablando. Un día, el dueño del restaurante le preguntó con quién dialogaba y él contestó: Con Dios.
La noticia se dispersó como polvo por las calles del pueblo y rancherías de la región. Comenzó a notar que la gente se acercaba a él con humildad y reverencia, se persignaban al pasar a su lado y le tocaban la ropa…
            Intrigado, el cura del pueblo quiso platicar con él.  
            —¿Qué te dice Dios, hijo mío?
            —Que está muy disgustado con el pueblo por su forma de vida, y si no hay un acto de redención, lo destruirá como a Sodoma y Gomorra.
            El sacerdote, asustado preguntó:
            —Y, ¿cuál acto de redención quiere?
            —La conmemoración real de la Pasión de Cristo, dentro de ocho días. Un sacrificio que lavará los pecados del pueblo.
            —Y, ¿quién quiere morir en la cruz para salvar al pueblo?
            —A eso he venido a este lugar…

Los rayos del sol ardiente laceraban las heridas en su piel desnuda, provocadas por los latigazos. Sostenía la pesada cruz sobre el hombro llagado y sangrante. El pueblo entero, precedido por el párroco, cargaba los santos de la iglesia en andas y seguían la marcha con veneración.
            Al clavar sus manos en el madero emitió un gemido triste, y desmayó al darle verticalidad a la cruz.
            Con el último asomo de vida, pensó: ¿Némesis? ¿de quién?

¡Despierta, imbécil! ¿Qué haces sentado en la cama?... ¡Vas a llegar tarde al trabajo!


miércoles, 1 de julio de 2015

Flores negras del destino (minificción)





En la penumbra de su habitación se lamentaba del desamor, el perjurio y la hipocresía de aquella mujer. El destino lo había lacerado con las flores negras de la traición, una a una formaron el ramillete de desprecio y agresiones, sufría y lloraba con rencor. Sólo su sombra escuchaba su tragedia y comprendía. ¡No! ¡Lo exacerbaba y le demandaba venganza! No podía aceptar ser menospreciado, ignorado, sustituido por un rival inferior. Tomó su arma, se dirigió a la oficina donde ella trabajaba y frente a sus compañeros, le disparó. No huyó, esperó tranquilamente a las autoridades. Ella no murió, después de un mes, salió del hospital.

Caronte cantaba al remar: Flores negras del destino, nos apartan sin piedad, pero el día vendrá en que seas, para mí nomás, nomás…

22 de febrero de 2015



domingo, 21 de junio de 2015

El viñedo rojo cerca de Arlés

El Viñedo rojo cerca de Arlés


"Sueño con pintar y luego pinto mis sueños".
Vincent Van Gogh

Compré el cuadro El viñedo rojo cerca de Arlés” a Vincent. Le dio gusto por ser la primera obra que vendía y necesitaba el dinero para la adquisición de su material para trabajar. Su personalidad nerviosa y desordenada se refleja en la pintura con pequeñas y gruesas pinceladas que en forma precipitada, esbozan imágenes sencillas, de gracia casi infantil, con campesinas vestidas de azul cosechando uvas barnizadas de vino y la brillantez de un sol amarillo, castigando el camino con su luminosidad, y deslizando rasantes rayos rojos sobre un cultivo tinto que contrasta con los verdes de los arbustos sosteniendo frutos enracimados; una escena típica de la vida cotidiana en la Provenza.

Querido Theo, escribo desde Arlés dónde he tenido una febril actividad creativa. Te cuento qué caminando sobre el cause del Ródano, vimos un viñedo rojo, todo rojo como el vino tinto. En la distancia resultó ser amarillo y, a continuación, un cielo verde con el sol, la tierra después de la lluvia violeta, amarillo brillante aquí y allá, donde captó el reflejo del sol poniente”.* Y te digo que vimos, porque desde hace varios días he tenido presente dentro de mi a Vincent, mi homónimo hermano mayor, al que le usurpé el nombre. Insiste en vivir la vida a mi lado, alegando que le corresponde por haber sido bautizado con ese nombre un año antes que yo. Alega que el morir de recién nacido, le impidió ser un gran pintor reconocido por su genialidad y ser el máximo exponente del postimpresionismo. ¡Ah! Y me aseguró que sus pinturas ¡Sí, se venderían! No soporto su soberbia, y no me lo puedo quitar de encima. Si veo un sol rojo, me lo cambia a amarillo. Si plasmo una noche estrellada, les agrega un halo de tul que las envuelve como con una bufanda. ¡Qué ridiculez! Unas estrellas con frío. Pongo Un campo de trigo con cuervos y adorna el cielo con un par de nubes cursis que parecen hojas de papel arrugadas. Pinto con desesperación todos los días, y en cada cuadro tiene que meter sus manotas ¡Ya no lo aguanto!... ¡le tengo miedo! El mes pasado no acepte su sugerencia de cambiar el color de un rostro de rosa a verde y de  un navajazo me cortó una oreja. Theo, ¡Vincent se ha vuelto intolerable! Con frecuencia me dice:
 “Las pinturas tienen vida propia que nace del alma del pintor.“* ¡Y esa alma… soy yo!
¡Ya me amenazó de muerte!, si no acepto sus sugerencias…

Después del suicidio del pintor, mi cuadro centuplicó su precio —Pensó Anna Boch cuando el famoso coleccionista ruso Sergei Shchukin le ofreció una fortuna por El viñedo rojo cerca de Arlés”. No cabe duda, los pintores tienen que morir para que su obra valga algo en el mercado


*Frases extraídas de las cartas del pintor a su hermano Theo.

miércoles, 10 de junio de 2015

El eco (minificción)










El eco

Gárgamel


El eterno reverberador resguardaba la cañada esperando el paso del sonido para amplificarlo. El trío caminaba distanciado. Otelo se había detenido a arreglar el morral; su novia y amigo Yago se adelantaron. Preocupado por el rezago, gritó: ¡Desdémona!, ¿dónde están…?, ¿…están?, …tan, …tan. Tras algunos segundos, se oyó ¡…haciendo …amor!, …mor, …mor. Corriendo los alcanzó y de un sablazo degolló a Yago.
            —¡¿Qué hiciste, imbécil?!, sólo te contesté: ¡¿Y tú, qué estás haciendo, amor?!