jueves, 24 de mayo de 2012

Abismo


El abismo
 
La muerte es un castigo para algunos,
para otros un regalo, 
y para muchos un favor. 
Séneca

La caída  fue provocada por el paso de una víbora entre las patas del caballo. El potrero, pedregoso, con pastizal de más de un metro de altura y un acahual que lindaba con el rancho vecino, era el más alejado de la casa. Lo encontraron por su caballo, que se quedó mansamente a comer a su lado. Estaba inconsciente y así llevaba un día.
⏤Parece que tiene fractura de cráneo, por lo que aconsejo no moverlo hasta que esté en condiciones de trasladarlo a Escárcega. Mientras tanto, esperaremos que despierte, dijo el médico. 
Lo alimentaremos con suero y  administraremos analgésicos. Lo estaré visitando y prepararé el viaje cuando él pueda realizarlo.
⏤¡Gracias doctor! ⏤dijo Antonia⏤, su mujer.

"Como me duele la cabeza... ¡Fue una caída cabrona! No puedo moverme, ni hablar, ni abrir los ojos... Solo oigo levemente…, pienso confusamente y, ...tengo mucho sueño"

Antonia convocó a una reunión con sus hijos: Toño y Ángela. Les explicó de la gravedad de su padre y les indicó que harían guardias permanentes al lado de la cama, hasta que lo pudieran llevar al hospital. Ella comenzaría durante las primeras ocho horas.
Afligida y llorosa se pasó gran parte de su turno limpiando a su marido, arreglando la cama y pensando en la vida que habían llevado juntos. Recordó las alegrías y desdichas; las penurias y sacrificios que tuvieron que pasar para sacar a los hijos adelante. Cómo tuvieron que pelear para defender sus tierras de los invasores y los roba vacas.
Sentada en el borde de la cama, se acercó a él y le habló muy quedo al oído:
⏤No te mueras... ¿Qué voy hacer sin ti? No me dejes sola, no quiero vivir de arrimada con ninguno de nuestros hijos. ¡Lucha como siempre! Tú puedes salir de ésta como lo haz hecho toda la vida. Recuerda que te amo.
Sentía que seguía cayendo del caballo pero que no tocaba piso; se deslizaba en un abismo tranquilizante, sin  resistencia de su parte,  lo que le producía cierto placer, a pesar del dolor. 
Al oír el ruego de su esposa, pensó:
"...Yo también te amo ¡no te alejes de mi lado!"

Por la mañana llegaron Toño y su esposa Helena. Mientras lo limpiaban y arreglaban la cama, Helena comentó:
⏤Tu padre ha llevado una vida muy desordenada, yo creo que de ésta si no se salva.
⏤¡Cállate Helena! Te puede estar escuchando. Nunca te ha importado. Para tí, únicamente los  tuyos tienen valor. ¡Déjame sólo con él,  vete a la casa!
"...Siempre la imprudente y ventajosa Helena. Se lo advertí a Antonio... pero no le dije lo que el pueblo murmura sobre sus infidelidades. Ésta quiere que me muera para ver con que se queda... ¡Pobre de mi Antonia, qué sola se va a quedar!."...
“¡No aguanto el dolor de cabeza! y... sigo deslizándome.”

Ángela llegó a tiempo a su turno, le dio un beso en la frente y acompañada de su tejido, sentóse a la vera de la cama y comenzó a platicar con él. Le habló de  cómo veía que evolucionaría su problema. De su fortaleza física y su pronta recuperación. En una verborrea constante, con el ágil movimiento de las agujas y el correr alegre del  estambre por sus dedos, pasó al tema de sus hijos, de ahí al del comercio de frutas; y ⏤mientras seguían creciendo las mangas del suéter⏤ al  de sus amistades.  Cuando llego a los problemas matrimoniales, él comenzó a tener conciencia: 
"...No lo friegues Ángela, Pablo es tan buen marido, que te ha aguantado con tú parloteo por años. No  fastidies el matrimonio". Fueron sus pensamientos antes de volver a dormir.
De la plática de Antonia por la mañana, sólo escuchó frases de amor entrecortadas por sus silencios mentales. Seguía cayendo en un vacío confortante en la medida que el dolor de cabeza disminuía y la percepción del exterior era cada vez más confusa.
Llegó la ambulancia y acompañado por el doctor, lo subieron cuidadosamente. Sus constantes eran débiles…
  El movimiento del vehículo lo empujó al abismo y con ello, al desprendimiento de su problemática familiar.

El unicornio azul




El unicornio azul


Había sido un solitario desde la infancia, tenía una carencia casi absoluta de amistades. Su introversión lo hacía refugiarse en los únicos amigos que conservaba y constantemente incrementaba… sus libros. Ellos motivaban las grandes pasiones de su vida; disfrutaba intensamente las acciones que desarrollaban los protagonistas de las novelas y personajes, vivía en un mundo de aventuras y fantasía.
            Creció con sus dos hermanas y su madre. Eran huérfanos de padre desde muy temprana edad. Fueron sus compañeras de juego durante la infancia y seguían siendo sus confidentes ahora que era un adulto.
            Trabajaba como corrector de estilo en una editorial. No era una labor estimulante  y  cumplía  con ella sin mucho entusiasmo, esperando con ansia la hora de irse a su mundo lúdico. Se sentía relegado por la sociedad y agredido constantemente por su timidez y mansedumbre.
            Desde pequeño se identificó con un unicornio azul, animal mítico del que se atribuía sus características. Le gustaba sentirse como él: solitario, independiente, esbelto, grácil, fuerte y audaz. Era una forma de evadirse de este mundo con el que no congeniaba mucho. Pasaba horas enteras en el sillón de la biblioteca soñando e imaginando aventuras. Ahí era realmente él... y lo disfrutaba.
            Leía en la biblioteca desde hacía unas  tres horas, era de noche y probablemente ya estaban preparando la merienda -esperaría a que lo llamaran- pensó.
            Se oyó un ruido seco y el sonido de cristales rotos. Se levantó para ver ¿Que sucedía?, cuando estaba por entrar a la cocina oyó la voz que le gritaba:
            - ¡Al suelo cabrón, ya te llevo la chingada!
            Obedeció la orden de la imperiosa voz y pudo ver a sus dos hermanas y a su madre, boca abajo en el suelo de la cocina. Un individuo con gorra de lana que le cubría la cara, les apuntaba con una pistola. El otro,  con un arma larga bajo el brazo, le  ordenó:
            - ¡A la cocina con las mujeres!
            Con dificultad se incorporó, estaba conmocionado y aterrorizado, un miedo como nunca lo había sentido lo dominaba; sudaba y no lograba coordinar sus pensamientos. Caminó hasta donde estaban su madre y hermanas y se recostó boca abajo junto a ellas.
            - ¡Rápido, espetó el que parecía ser el jefe! ¿Dónde está el dinero y las joyas?
            - Busque en los burós de las  recámaras y en el escritorio de la biblioteca, ahí está todo lo que tenemos, dijo la madre.
            Estaban aterrados. Las mujeres lloraban y él comenzó a orinarse en los pantalones.
            El de la gorra inició la búsqueda. Oían el ruido de los cajones al ser tirados al piso y las pisadas rápidas del ladrón al trasladarse de un lugar a otro. Por fin bajó, traía tres bolsas cargando.
            - ¡Las llaves del carro!
            - están en la mesa de entrada, dijo una de las hermanas.
            Cuando regresó, le comentó a su compañero:
            - no están mal las muchachitas, ¿Que tal si les enseñamos el mundo del amor?
            - Me gusta la chiquita dijo el otro.
            Se oyó un resoplido y un fuerte grito ¡Noooo! El ruido de un brusco galope  se oyó antes de que el asaltante de la gorra cayera al piso al recibir una fuerte patada en la cara; y gritara del dolor al sentir que algo le penetraba en el plexo solar. Se escuchó un disparo antes de que el asaltante del  rifle cayera atravesado, mortalmente herido.
            La policía buscó inútilmente el punzón con el  que el hermano, antes de morir por el disparo, había dado muerte a los ladrones.



Ursula


Ursula

Jorge Llera Martínez
Aparentemente en el pueblo de Chintepec nunca pasaba nada, la vida de los menos de  mil habitantes transcurría tranquila. La agricultura de temporal les daba para sostener escasamente las necesidades de autoconsumo alimenticio y con las labores artesanales, principalmente tejidos de lana, complementaban sus requerimientos básicos.
Chintepec se encontraba situado en la cima del cerro del jorobado, uno más de los cientos de montes, enmarcados por barrancas y arroyos del sur del país. Lindaba con el poblado de Santa Gudencia mártir, de similares condiciones. Sólo los dividía una profunda barranca, un agreste y tumultuoso río que  en época de lluvias aumentaba su caudal y el rencor ancestral de los habitantes de ambos pueblos. Los dos únicos factores de unión eran un viejo y desvencijado puente colgante y su reemplazo, un barquero que hacía negocio de las rupturas del primero. Sólo los viajeros y comerciantes hacían el tránsito entre los pueblos, por lo qué, lo que pasaba en uno, no se sabía en el otro.
Úrsula, con sus veinticinco años y su porte juvenil, era la mujer más hermosa de Chintepec, los ojos de todos los hombres la seguían al pasar, como los perros del rancho a la vista de un pedazo de carne; e igual que ellos, los hombres dejaban caer su baba.
Úrsula tenía dueño, era Jacinto el cacique del pueblo, que la celaba más que a su potranca alazana. Al igual que ella, era ligera se cascos, sus correrías las hacia en la pista de enfrente y ...ahí se murmuraba que había corrido en varios eventos.
Se ocultaba el sol en el horizonte, las sombras de los cerros se proyectaban parcialmente sobre las chozas de Santa Gudelia cuando Úrsula se levantó del petate y se acercó a la palangana, lavó sus partes íntimas, subió y ajustó su vestido y le dio un beso de despedida a su amante -nos vemos en quince días le dijo al oído. Corriendo llegó al puente y al llegar, notó que se había roto y ambos extremos bamboleaban sobre el río como brazos que incitaban a un abrazo. Desesperada porque el tiempo transcurría y no podría llegar a casa antes que su marido, acudió a Samuel el viejo barquero:
-¡Samuel, crúzame rápido por favor!
- Sí, te cuesta treinta pesos.
-¡No traigo dinero, mañana te pago!
- Si no hay dinero no hay pasada.
La mente de Úrsula comenzó a sugerirle alternativas y después de unos instantes, decidió visitar a Arnulfo, que había sido uno de sus recientes "eventos". Lo halló en su choza, junto a su pareja actual y al verla le preguntó con desprecio en su voz: -¿Que quieres? quedamos en que nunca más nos veríamos
- ¡Préstame treinta pesos, los necesito urgentemente. Mañana te los pago!
- no tengo y ¡Lárgate de aquí!
Volvió con el viejo Samuel y dulcemente le dijo:
- Pásame y te dejo que me hagas lo que quieras
- bien, súbete.
A la mitad del río, Samuel se acercó a Úrsula y la levantó entre sus brazos. Ella aflojó el cuerpo y cerró sus ojos. Sin embargo, la cercanía la obligaba a respirar el tufo fétido del aliento del barquero. Casi en un vómito, quiso separarse y él, empujándola hacia el borde de la embarcación, la tiró al río.
Escuchó tres toquidos en la puerta de su choza y, desembarazándose de los brazos de Antonia, se levantó a abrir la puerta.
- Ya se hizo Don Jacinto, le murmuraron desde afuera.
Fue hasta su morral y sacó los cincuenta pesos prometidos.
2 de  Mayo de 2012

Unción celestial


Unción celestial
Jorge Llera Martínez
Vagaba el "joven príncipe" por el parque central del reino. Al llegar a la plaza principal, se topó con una espléndida estatua situada encima de un pilar, erigida al "príncipe feliz". Estaba recubierta de oro y tan brillante que el reflejo de la luz lastimaba la vista de aquellos que osaban mirarla de frente.
El joven príncipe, de origen campesino y naturaleza humilde, observó la estatua largo rato, la rodeó varias veces y frente a ella le preguntó:
- ¿ Fuiste feliz en tu vida ?
- Sí, disfruté mi niñez en el castillo jugando con mis institutrices y siervos; en mi juventud viajando y en fiestas que organizaba la corte. Desgraciadamente llegó la guerra y en la primera batalla que participé fui muerto. Por eso mi padre, ordenó que se me hiciera un monumento.
- y ahora ¿Eres feliz?
- No, veo que hay mucha pobreza y quisiera ayudar a las personas a resolver sus problemas, como estoy imposibilitado de moverme le he pedido a una golondrina que me auxilie a ayudar y amablemente ha aceptado a llevar parte de mis adornos a los necesitados, aunque así retrasa su viaje al refugio de invierno. 
- Y Tú ¿Eres feliz?
- Sí, pero últimamente desconcertado; mi vida ha cambiado de un día para otro. Soy el hijo bastardo del rey y ahora que ha muerto, con el fin de que no termine la dinastía, me ungirán rey en pocos días. La vida en la corte me parece ostentosa e intrascendente y el pueblo con una pobreza que lo ha vestido por varias generaciones y una incultura que motiva el servilismo, acata sin chistar la dictadura de la nobleza. Pero yo pretendo cambiar esa situación. En principio me presentaré a la ceremonia con mi vestimenta tradicional; y como rey, iniciaré los cambios para acabar con las carencias del pueblo y los privilegios de la clase gobernante.
- ¡No puedes hacer eso! El pueblo no aceptará que lo gobierne un campesino como ellos y la nobleza no respetará a alguien que considere inferior.
Haz como yo, ayuda al pobre mediante limosnas y así tendrás la tranquilidad de tu alma.
Se interrumpió la conversación por el estruendo de una muchedumbre que a paso acelerado se acercaba a la plaza. Iban comandados por personajes de la corte y seguidos por gran parte de los pobladores y al grito de:  ¡linchen al bastardo, queremos un rey digno! , se acercaron a unos pasos de él, lo rodearon y comenzaron a amarrarlo.
Una explosión estruendosa y una nube gris que envolvió al príncipe, alejó a los más cercanos perseguidores y acalló la ruidosa manifestación.
Cuando se disipó la neblina, apareció el joven príncipe ataviado con la vestimenta más fastuosa que nadie había visto jamás. De inmediato, todos los presentes se hincaron e inclinaron sus cabezas en señal de reconocimiento a su nuevo monarca.
El nuevo rey pensó:
- No  cabe duda, Dios es monárquico.
24 de enero de 2012
Parodia  de los cuentos "El príncipe  feliz " y  "El joven príncipe" de Oscar Wilde.