sábado, 10 de mayo de 2014

Destino augurado

Destino augurado
Polux
Era un lector de mentes, tan verosímil en sus pronósticos como el destino es con las vidas. Atendía a su clientela en el café Marrakech, situado en una de las estrechas e intrincadas calles del Centro histórico, vialidad plagada de comerciantes apretujados obstaculizando el paso de los transeúntes, de humores concentrados, cuerpos oprimidos y sudorosos que en apretados desplazamientos de olores orgánicos flotando en el ambiente, buscan un rumbo, una dirección. El dédalo por el que perros famélicos rastrean sustento diario en los desechos alimentarios. Esa vía por la que inopinadamente aún circulan automóviles, escoltados por multitudes que emulan  hormigueros en frenética actividad.
            Leía el café y las cartas, pero más que nada, intuía a la gente, percibía de ellas los colores del estado de ánimo, penas y conflictos; los sonidos de la derrota que paseaban su clientes prendido a sus cuerpos, como cencerros llamando la atención sobre su inoperancia de vida. Sin saber cómo, transformaba en palabras las imágenes, sonidos y colores que le llegaban, y con la parsimonia de una autoridad en el conocimiento del futuro, definía los caminos de su clientela y les cambiaba el destino, alterando los designios creadores y liberándolos de dependencias difíciles de despojar.
            Llegaba por la tarde y se posesionaba de su papel cambiando la cotidiana vestimenta por ropajes dignos de su prosapia de clarividente: estrellas, cometas y lunas decoraban el azul oscuro de su túnica que armonizaba con el claro del turbante adornado con plumas de pavo real.
            Dos o tres días por semana tenía la visita de aquella  francesa, que había vivido en Grecia y acudía a revelarle sus sueños en busca de orientación:
            — ¿Qué soñaste ahora Marguerite?
            — Era la diosa Kali, hermosa como ninguna en el Universo y que unas deidades celosas del don que se me había otorgado, se confabularon para atraparme, me apresaron y me decapitaron. No contentas con el asesinato, unieron mi cabeza al cuerpo de una prostituta muerta  obligándome a vagar por el mundo en busca de hombres para satisfacer mi lascivia. ¿Qué puede significar eso?
            El zahorí leyó meticulosamente las cartas que extendió sobre la mesa, haciendo diversos  conteos: horizontales, verticales, diagonales y salteados. Moviendo la cabeza y murmurando hacia sus interior palabras incomprensibles levantó su vista hasta fijarla en la de su interlocutora, se acomodó el turbante y la pluma, y dijo:
            — Marguerite... yo creo que su educación tradicional la ha restringido de los placeres lúbricos de la vida y ahora su cuerpo exige una actualización radical. Su mente utiliza los sueños para imbuirla del olor rojo ardiente del deseo carnal y la impregna de lascivia para que se abra al mundo, exigiéndole dé a la vida el sabor salado de una excitación transpirada en el disfrute sexual.
            El ambiente del cuarto se entibió por las emanaciones de feromonas que comenzó a expedir el cuerpo inquieto de la francesa. Sus ojos azules adquirieron la brillantez del deseo, su rostro enrojeció con el rubor propio de una fingida inocencia, y cruzando los muslos en una actitud defensiva ante una excitación sentida, alcanzó a preguntar:
            —¿Y... mi marido, doctor?
            —¡Alto!, ¡alto Marguerite! Yo sólo le dije el qué, no le dije el cómo, ni el con quién.
            Salió del café, dejando en el ambiente un fuerte rastro de exhalaciones sensuales que invitaban  a la seducción. Con la turbación del diagnóstico en su mente, escurrió el aroma de la voluptuosidad recién desencadenada  entre los humores ordinarios de la multitud y se escabulló a un café a considerar la propuesta de una vida diferente.
            Entró Alberto al consultorio: alto, rubio y elegantemente vestido —como corresponde a un periodista prestigiado y saludó familiarmente al clarividente.
            —¡Hola mi buen Merlín! ¿Llego a tiempo a mi cita? Qué aroma tan cautivador se respira en tú changarro, ¿cambiaste de loción?
            —¡Siéntate y cuéntame tus sueños! que ando atrasado.
            —Pues bien, ayer soñé que estaba en una taberna en una buena trifulca, tirando patadas y puñetazos, me caí al suelo a recibir un bofetón y sentí crujir mi cabeza al ser golpeada con una botella. Cuando caía, distinguí la imagen de una bella mujer de ojos tan  azules como el color del mar Caribe y olfatee su sensual aroma que me envolvió en un torbellino de pasión. Tras ella, vi un hombre que me apuntaba con un arma…
            Después de hacer los rituales correspondientes y el extendido de las cartas, el nigromante concluyó:
            —Creo que la taberna es tu casa u oficina, el licor son tus vicios; la pelea, es tu vida. El botellazo en la cabeza, tus fracasos. Y la mujer: las tentaciones de la carne, la lujuria que te persigue y que es parte de tu naturaleza pervertida…
            —¡Bájale mago! ¡bájale! No manifiestes tus sentimientos de envidia por mi vida de aventura.
            —No, en serio Alberto, la amenaza con el arma que viste en el sueño puede ser un aviso: no te metas con mujeres con comprometidas. Tu sueño está relacionado con una vida disipada, un idilio apasionado y una muerte violenta.
            —Gracias mi gran Merlín, hoy estás más dramático y moralista que de costumbre, nos vemos la próxima semana.
            Salió de la consulta esquivando cuerpos y humores resonantes que saturaban su respiración y sofocaban su paso. Caminó algunas calles más, hasta que la ciudad se tranquilizó y descansando en un ambiente arbolado, ausente de autos, tumultos humanos, deambular perros hambrientos y bullicio del barrio anterior, distinguió al fondo del parque un pequeño y atractivo café con mesas a la intemperie que invitaba al descanso y la relajación. Se dirigió hacia él, llevando en la mente el persistente tintineo de un presagio no digerido. Se sentó, pidió un café express y agua; pensando en el tono mortal del augurio trató de identificar en su relaciones actuales alguna mujer casada que pudiera comprometerlo:
            “Imposible —pensó. Hace meses que la única mujer que me persigue y atosiga todo el día es mi casera.”
            Sirvieron el café, le dio un trago y desdobló el periódico para ver la impresión de su artículo del día anterior. El pertinaz vientecillo que movía las hojas del diario traía incorporados aromas de pino y tierra mojada; engarzado en esos olores, percibió el efluvio de una sensualidad lujuriosa y ardiente que exhalaba hormonas y las dispersaba anhelando un receptor. Lentamente bajó el periódico y asomaron tras él sus anteojos tratando de identificar el origen de la fragancia.  A tres mesas de distancia, fijó su mirada en unos ojos azules como el mar Caribe que lo observaban con curiosidad, unos labios húmedos que incitaban ser besados, una sonrisa que le musitaba: Atrévete. Bajo la mesa distinguió unas hermosas piernas cruzadas cubiertas apenas por la pequeña falda negra, que como listón fúnebre, las enlutaba presagiando duelo. La visión exacerbó sus sentidos, la emoción lo ruborizó y resecó la garganta, dificultando el paso de la densa saliva. Tomó un trago de agua y turbado, sonrió a la portadora.
            Sintiendo una atracción pocas veces experimentada, se levantó dando paso a su deseo,  cambió de mesa, e iniciando el camino hacia un destino augurado, se presentó:
            Me llamo Alberto y sabía que te iba a conocer…


 



domingo, 4 de mayo de 2014

Elogio a la lentitud

Elogio a la lentitud

Jorge Llera

“Cuando las cosas suceden con tal
rapidez, nadie puede estar seguro de nada,
de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo.”
Milan Kundera

—¡Apúrate, Sarita! Necesito el informe a las doce para la reunión de accionistas. A las dos de la tarde llegan los auditores, atiéndelos y llévalos a comer a un restaurante, no muy caro, no abusen. ¡Ah! Acuérdate que revisaremos el proyecto del condominio a las seis; yo creo que te liberaré a las ocho para que revises las cuentas de gastos y hagas mi declaración de impuestos.
            —¿Algo más, Jefe?
            — No, yo te hablo al celular si se presenta otra cosa.
            Caminó con premura, dejando en el ambiente el humor nervioso de la tensión diaria en un día de trabajo. Sara contempló brevemente su espalda y el faldón del saco moviéndose al ritmo rápido del paso enérgico que se alejaba. Cerró de golpe la puerta impidiendo la salida de la angustia del pequeño cubículo.
            Extenuada, sintiendo la cabeza pesada y una insatisfacción que la irritaba, abandonó la oficina a altas horas de la noche, llevando en la conciencia la carga de no haber terminado el trabajo. Durante el trayecto timbró el teléfono celular. Manejaba con una mano en el volante y con la otra, buscaba en su bolsa el teléfono que no dejaba de sonar.
            —¿Sí? Dígame, jefe.
            —¿Regresó el informe la Junta Directiva?
            —Sí, lo regresaron porque no cuadraba la información y mañana temprano lo debemos entregar.
            —No Jefe, no puedo regresar. Llegaré temprano y lo corrijo. ¿Que apunte, qué? Déjeme buscar un bolígrafo…
            El chirrido precedió al golpe en el costado del automóvil; la lanzó contra el cristal lateral que se desbarató en miríadas de proyectiles, algunos se incrustaron en su cuerpo. La bolsa de aire le salvó la vida.
            Recibió al abogado de la Compañía en el hospital con la cabeza  y un brazo vendados, con escoriaciones en la cara. El funcionario le informó que se había pasado el alto de un semáforo y un automóvil la embistió. El seguro había cubierto los gastos. También  señaló que tenía un citatorio en el juzgado en tres días.
           

Después de las acusaciones del fiscal y la defensa por su abogado, la juez le pidió que se levantara para que escuchara la sentencia. Le señaló una multa elevada por haber causado imprudencialmente el accidente y encarándola, con voz grave, le dijo:
            —Parece que tiene usted mucha prisa por vivir, y eso le provoca andar a trompicones por el mundo. La prisa: es el impuesto que tenemos que pagar al desarrollo tecnológico y al progreso, por gozar de bienes y servicios que nos obligan a trabajar más para conseguirlos en detrimento de nuestra salud, familia y relaciones sociales. Nos hacemos adictos a los aparatos y creamos una falsa vida dictada por ellos. Para que entienda a lo que me refiero, la sentencio a hacer trabajo social en el albergue para ancianos que tiene el Estado. Estará a cargo de un adulto mayor durante tres meses todo el día y hará un reporte sobre sus actividades. A partir de ahora, tiene prohibido usar el teléfono celular y sólo se le autoriza una llamada semanal desde la institución.


La directora del albergue los presentó:
            —Él es el señor Tobías Durand, su compañero de travesía por los tres meses siguientes.
            Se dibujó una amplia sonrisa debajo del bigote cano que dejó entrever su dentadura amarilla e incompleta mientras decía: —Mucho gusto. El gesto fue acompañado de una mano regordeta que la saludó con efusión. Era un anciano achaparrado, rechoncho, que atrapó su atención por la viveza de unos ojos inteligentes, incongruentemente juveniles en su calidez cuando los fijaba en los de ella. Las cejas, nevadas por la edad, poblaban dispersas los arcos ciliares como inflorescencias  en un  balcón. No se peinaba, se rastrillaba la cabeza, dejando surcos de escaso pelo delineados  horizontalmente.
            —Buenos tardes, me llamo Sara y parece que estoy obligada a permanecer aquí una temporada.
            —No lo lamente, tal vez con el tiempo le guste…
            La hospedaron y le informaron sobre los horarios de alimentación y actividades.
            Se encontraron en la cena. Tobías departía animadamente con los demás comensales. Los presentó, diciendo el nombre de cada uno y sus características más destacadas. Algunos reían y negaban las observaciones personales. Pasado el momento,  contaron anécdotas de tiempos, lugares y costumbres, desconocidas por ella. Al principio, seguía con interés la plática e incluso reía acompañándolos. Más tarde comenzó a invadirla una desesperación por continuar con sus trabajos y actividades acostumbradas. Estaba perdiendo el tiempo, desperdiciando horas productivas. Se acercó discretamente a Tobías y le preguntó:
            —¿Tienen internet? ¿computadoras?
            —No y en esta sección no hay ni televisión, porque así lo solicitamos a la Dirección.
            Alarmada, conteniendo las lágrimas por la catástrofe que ahora sentía y el aislamiento total de su mundo, le preguntó:
            —¿Qué hacen? ¿Cómo pasan el tiempo? ¿No se aburren?
            —Bueno,  platicamos. Paladeamos lentamente nuestras vidas, vivencias, problemas familiares: los demás nos escuchan, se interesan en ellos y nos dan sus opiniones. Eso que ocupa parte del tiempo, nos acerca como una gran familia. A veces nos divertimos con  juegos de mesa o leemos —tenemos una buena biblioteca—; oímos música y algunos internos interpretan con sus instrumentos canciones de nuestra época. Por las mañanas practicamos yoga y meditamos, tenemos clases  de varias materias y talleres;  disfrutamos a la naturaleza caminando en los jardines o simplemente sentados en las bancas alimentando a las palomas. ¿Crees que nos aburrimos?
            —¿No sienten que pierden el tiempo con cosas no productivas?
            —El tiempo ni se gana ni se pierde, no existe. Es una invención del hombre para encuadrar su vida. Es relativo. Existen los sueños, las acciones y los recuerdos. Es una secuencia: los primeros te llevan a los segundos y estos a los terceros. Al final de la vida, el hombre lentamente acumula recuerdos, los atesora. El que más sueños tuvo y ejecutó la mayoría, es el que disfruta su vejez.
           

Sara lloró en el teléfono cuando le autorizaron hablar con su jefe por primera vez:
            —¡Sácame de aquí! Ya no aguanto tanto tiempo sin mi trabajo. La vida en este lugar es muy diferente. Quiero regresar a mi computadora, mi celular y la televisión. Es un martirio estar aquí.
            Sin embargo, conforme pasaron los días, se le fue viendo más interesada en las pláticas, divertida en los juegos de mesa y  aficionada al yoga y la meditación; los practicaba regularmente antes de las clases y los talleres. Por las tardes, comenzó a pasear por los jardines con un libro bajo el brazo y pasaba horas leyendo en las bancas. Las conversaciones con Tobías se profundizaron hasta llegar aspectos de filosofía de la vida y política. El último mes, parloteaba con todos los internos y ya no intentó hablar con su jefe.
            Cumplió su sentencia. La despedida fue emotiva. Le agradeció a Tobías la amistad y el apoyo dado, prometiéndole volver, de vez en cuando, a saludarlo.
           

La vio su Jefe caminar desparpajadamente hacia él, le extraño el vestuario informal en la oficina, pero no le dio mucha importancia porque al fin, se reincorporaría al trabajo su mano derecha. Corrió hacia ella y la tomó del brazo llevándola a su oficina.
            —¡Qué bueno que llegas! Se acabó mi sufrimiento, la secretaria que te sustituyó es una nulidad, tiene todo revuelto y no trabaja ni la mitad. Ten tu celular, tu cubículo te espera y hay un montón de papeles en el escritorio que hay que sacar antes del término de la semana. Tu coche está en el estacionamiento…
            Con una sonrisa en los labios Sara lo paró en seco:
            —¡Jefe, renuncio! —Me voy al mundo a atesorar recuerdos

5 de Mayo de 2014

lunes, 28 de abril de 2014

El presagio

El presagio

Polux

... En este momento oye gritar al niño y se dice:
            «Ese es el enemigo que me impide vivir.»
            El enemigo es el niño.
Antón Chejov

El frío húmedo de la mañana se filtra por el quicio de la puerta, levanta algunas cenizas en la apagada chimenea, se cuela por el cobertor enfriando las vestiduras y su cuerpo, obligándola a despertar. El chirrido constante y lastimero persiste en el cuarto. Se estira y desentume con aquel sopor pesado y pegajoso que priva en un ambiente de muerte. Humores calientes viciando el aire, haciéndolo irrespirable, rasposo; sopor que transpira frustración, sopesa rencores y libera envilecimiento. Trata de no alterarse con el perturbador sonido que oye a su lado, le perfora los oídos, se mete a su cerebro lastimándola, impidiéndole pensar  en otra cosa que no sea dolor, sufrimiento e imposibilidad de descansar. Con aprehensión recuerda la siniestra pesadilla de la noche anterior: en el colmo de la desesperación asfixió al pequeño que cuidaba  porque no dejaba de llorar. En el sueño, determinó que ese era el enemigo que le impedía dormir…  
            Se dirige a la cama donde su padre se retuerce del dolor chirriando los dientes, quejándose con lamentos entrecortados; expectorando con dificultad los esputos que le bloquean la respiración; apretándose el vientre con las manos para disminuir el sufrimiento. Con paños húmedos, le humedece la frente para bajar la fiebre y le da a beber un poco de agua que traga con dificultad. Efim Stepanov lleva varias semanas en agonía, y ella se encarga de cuidarlo. Su madre que trabaja en la casa señorial no puede atenderlo,  llega a casa extenuada por el cansancio sólo a dormir y regresa al amanecer a sus labores.
            Varka cumple con la atención de su padre de manera fría, impersonal, sin emociones comprometidas, ni cargos de conciencia que la atormenten; lo hace como realiza las demás labores de la granja: cortar leña, ir al pozo por agua o alimentar a los cerdos. Efim siempre se mostró ajeno a ella, era una boca más que alimentar. Jamás le brindó un cariño, un halago, una sonrisa. Era indiferente en la sobriedad y bestial en la borrachera. Por eso, la sórdida insensibilidad y el desamor. El sumiso cumplimiento de la obligación por temor a una reprimenda.
            Por la mañana, recargada sobre la mesa dormita, sueña que mece la cuna del nene canturreando: Duerme, niño bonito, que viene el coco... Mientras las sombras al fondo del cuarto, proyectadas con la luz débil e incierta de una lamparilla verde encendida ante un icono, danzaban a su derredor como  premonitorias nubes negras que lloraban a gritos su desgracia.
            La despertó un fuerte ruido, volteó y vio a su padre en el suelo: el espasmo había sido tan fuerte que lo hizo rodar y caer de la cama. Se apresuró a tratar de levantarlo, pero pesaba demasiado, por lo que sólo le puso un cobertor sobre su cuerpo. Cuando lo hacía, levantó su cara y confrontó el rostro de sufrimiento y desesperación de Efim Stepanov que, con ojos desorbitados, transido por el dolor, sudando febrilmente, levantó la cabeza y con un lamento prolongado brotado de las profundidades de su ser, carraspeó apenas audiblemente:
            —¡Mátame! ¡asfíxiame con la almohada! Por amor de Dios, no me dejes seguir sufrir más.
            Varka quedó paralizada por la impresión sin saber que hacer. Cubrió la cara con sus manos, tratando de pensar mientras las súplicas continuaban. Saturaron  su mente imágenes de la vida con él, padeceres de su madre; rencores íntimos, miedos y restricciones; castigos injustos. Ese cúmulo de pensamientos y el cansancio tan grande que sentía, aunado a la posibilidad inmensa de reposar, definió su proceder.
            Tomó la almohada lentamente, la alzó y titubeante la acercó a la cara de Efim Stepanov, que resaltada por los desorbitados ojos imploraba la culminación. Los lamentos de dolor se ahogaron en la cercanía de la tela, el carraspeo enmudeció entre los pliegues y… la última expectoración se confundió con un estertor de muerte.
           
Los funerales fueron poco concurridos: Varka y su madre, algunos vecinos y como una distinción especial, los patrones y sus hijos.
            Llegaron por la tarde a su casa. El moño negro que enmarcaba la puerta de entrada, anunciaba también una época de carestía, de luto del espíritu y de la carne. Al faltar Efim, se privaba a la familia del ingreso primordial. Tenían que resolver la manutención de las dos, y la madre lo hizo:
            —Varka, los patrones quieren seguir apoyándonos y para sustituir el salario de tu padre, me propusieron y acepté, que tú trabajaras en la casa grande. Como la señora está embarazada, me pidió que fueras la nana del bebé que nacerá próximamente…

29 de abril de 2014

martes, 8 de abril de 2014

La calle se alarga hasta la eternidad...

La calle se alarga hasta la eternidad…

Es más fácil llamar prostituta a alguien que serlo.
Pensamientos descabellados, 1957
Stanisław Jerzy Lec, 

Recargada en un poste observa el lento transitar de vehículos, lleva dos horas esperando y nada, nadie se ha detenido, ni siquiera han disminuido la velocidad para echarle una ojeada. Levanta la vista y observa el Metro desplazándose hacia el sur, el largo gusano anaranjado obstruye el horizonte de edificios pardos, tristes, descuidadas construcciones decimonónicas. Tras ella, la carpa que cobija al circo decadente, otrora atracción popular, cuyo anuncio luminoso promueve: ¡Espectáculos de malabares nunca vistos!, y con el fulgor de los anuncios luminosos, la imagen de ella resalta, conminando a los conductores de vehículos a fijar la atención y estimular su lascivia. El tráfico pesado de las seis de la tarde ensordece el ambiente con el ruido de motores y  claxonazos frecuentes de los irascibles automovilistas cargados de estrés. La contaminación le reseca nariz y garganta, y el viento frío del invierno lastima su cuerpo golpeándola con soplos cortantes. Como de costumbre, utiliza el atuendo que le ha traído éxito con la clientela: minifalda ceñida de color naranja; blusa negra escotada, que como una segunda piel, acaricia tersamente su cuerpo, ciñendolo, evidenciando los senos voluminosos y erectos, monumentos vivos de la tecnología. La chaquetilla tipo torero del color de la falda, armoniza el conjunto, las medias y boina negras, dan el toque final a una figura apetecible para los hombres.
           Cada vez es más difícil hallar clientes, antes no pasaba una hora sin que alguien se parara a solicitar el servicio; hacía dos o tres por noche. Ahora, con dificultad hace uno. Es mucha la competencia y sigue aumentando en esta calle que se alarga y se alarga, indefinidamente.
            Las luces titilantes de la patrulla se acercan lentamente y se detienen a su lado. Asoma la cabeza el sargento y la saluda:
          —Hola, Mónica, tu cuota.
          —Oficial, aún no he atendido a nadie, no tengo dinero.
          —Ya sabes que la cuota es por día, págala en la siguiente ronda o pierdes tu lugar. Ah, y prepárate para el sábado porque le damos una fiesta sorpresa al comandante y tendrás que cooperar con tu presencia.
          —Oficial, trabajo el sábado, es mi mejor día.
          —Ya sabes que no te puedes negar, al rato pasamos por la cuota.
         La patrulla continuó lentamente su recorrido por aquella calle larga y productiva, exprimiendo gota a gota el esfuerzo ajeno.
         Una hora tardó todavía para convenir un servicio, sus compañeras cercanas ya la habían abandonado. El ambiente triste del oscuro hotel los recibió encubriéndolos en el vaho de una ilusión superficial, turbiedad de pasiones compradas y falsa lujuria.
             Al llegar a la habitación, Alberto comenzó a acariciarle el cuerpo y besarla, palpando las partes más sensibles para buscar su excitación, ella accedió al jugueteo sin aceptar que los besos fueran en la boca. El enardecimiento de él se aceleró al ver la imagen de Mónica en ropa interior, reflejada en la pared de espejo frente a la cama. Mónica acompañó su creciente emoción con movimientos lentos y cadenciosos, restregando el pubis contra su cuerpo. La reacción fue inmediata, torpemente se apresuró a desvestirse, jalando las ropas con una mano, mientras con la otra atendía a su labor excitativa. Con esfuerzo se quitó zapatos y calcetines, pero le fue imposible continuar. Mónica lo impulsó ligeramente sobre la cama, y terminó la labor. Le pidió que se protegiera, proporcionándole el adminículo mientras ella terminaba de desvestirse. La pasión de Alberto se desbordó al abrazarla sobre la cama y entrelazarla entre sus piernas, apretarla por los glúteos y succionar sus senos con ansiedad. El sudor perló la piel y el sonido de la respiración entrecortada incrementó el deseo. No soportando más la exasperación que lo inflamaba la penetró, dejando ir en movimientos convulsivos la angustia de la pasión que lo consumía, atormentaba y desesperaba. Por un momento todo él se endureció, se tensaron los músculos, enrojeció la piel y el sudor humedeció ambos cuerpos lubricando los deslizamientos. Terminó con un movimiento febril de escasa duración. Después, el relajamiento lo envolvió calmando las tensiones. Se apartó de ella con fría indiferencia y comenzó a vestirse acompañado de un pensamiento: igual que en casa, pero sin reproches. Con una sonrisa de satisfacción pagó y se despidió dándole un beso en la mejilla y prometiéndole que pronto la buscaría.
            El viento frío de la madrugada y la claridad atisbando tímidamente la parte alta del edificio de departamentos, acompañaron su llegada a casa. Al abrir la puerta, el olor del café recién hecho impregnó sus sentidos y permitió acelerar la adaptación al verdadero rol de  vida. Entró a la cocina y besó a la madre.
     —¿Cómo te fue, hija?
     —Bien, madre, traigo un poco de dinero.
     —Despierta a Liliana y desayunen rápido, hay que disfrazarla de flor, hoy es el festival de la primavera en su escuela, va a desfilar y participar en un bailable.
            Salieron presurosas, y llegaron a la escuela a tiempo para que Liliana se incorporara al grupo de compañeras que como un ramo multicolor de flores, movían sus pétalos acompañadas de conversaciones y risas emotivas, reflejando la alegría de participar en el evento. 
Flores, animales y música, divirtieron a los asistentes e hicieron que los pequeños gozaran sus momentos de gloria, aceptando con alegría y risas el aplauso efusivo de los adultos.
En la puerta de salida de la escuela, Liliana jaló bruscamente a su mamá hasta quedar frente a un hombre:
—¡Mamá! ¡Mamá! Te presento a mi maestro.
—M... Mucho gusto, señora. Alberto Samperio.
            La turbación y el sonrojo evidenciaron la misma torpeza de la noche anterior, y resaltaron la simpleza y mediocridad de su ser.
          —Mucho gusto, profesor… pensé que ya lo conocía.
¾No, señora. Fue un placer…
Mónica tomó la mano de su hija y se despidió fríamente.
Mientras caminaban, pensó: La calle se alarga hasta la eternidad… vinculando historias y vidas