lunes, 26 de octubre de 2015

Fatalidad

Fatalidad

Viernes por la noche… ¡Por fin, a descansar! Ya casi salgo, fue una semana pesada, agotadora  por el proyecto que se va a enviar al concurso. Ya no aguanto las zapatillas,  en cuanto llegue al carro me las quito, No soporto a la Chela, metiendo siempre las narices donde no la llaman.¡Ah!, y ¡éste maldito calor!, no puede trabajar tanta gente en una oficina tan pequeña, y ¡sin aire acondicionado! Estoy exhausta, ansío con desesperación un largo y relajante baño de burbujas, quedarme en la tina oyendo música hasta que mi piel envejezca de satisfacción y no salir en todo el fin de semana. De reojo observo una luna enorme que me vigila a través del ventanal: áspera, maltrecha, abochornada y sudorosa; ilumina con sus rayos sofocados mi despedida, creo que envidia mi próximo reposo.
            Con la bolsa negra que compré el mes pasado, colgada al hombro, camino lenta y perezosamente, abandonando todo lo que signifique trabajo; son las ocho de la noche y conmigo salen los últimos trabajadores.
             El elevador es abordado por un tumulto, las puertas se cierran con dificultad, comprimiendo los cuerpos, enlatándolos. Quisiera bajar por las escaleras, pero desde el quinceavo piso es complicado, mejor espero.
Se abre der nuevo el elevador y en vilo me lleva la turba hasta arrinconarme en el fondo. De perfil, pegada al espejo, me observo como en una pecera viendo al mundo en otra proporción y boqueando repetidamente para respirar. No puedo moverme, tengo enfrente la espalda del licenciado Fariñas, esa masa humana de más de cien kilos, jadeando y transpirando angustia por el esfuerzo de la entrada, y el calor sofocante que se comienza a sentir; al lado se encuentra Lolita, masticando su inmanente chicle y delineándose con habilidad las cejas.
            Las puertas cierran y vienen a mi imaginación las imágenes del infierno de Dante:  cuerpos estrujados, prensados, expeliendo humores, sensaciones y pecados, y sonrío. Se inicia el descenso y aumenta la sofocación, cesan las pláticas y con la vista fija en el indicador luminoso, vemos pasar los números esperando con ansia el final del recorrido.
            Un sudor frío me recorre el cuerpo al escuchar fuertes tronidos metálicos arriba y por fuera de las paredes del elevador. De pronto, ¡aumenta vertiginosamente la velocidad!, ¡el elevador se balancea dando bandazos!, ¡provocando chirridos al rozar las paredes! El ruido  exterior no opaca los alaridos de terror y el llanto de los pasajeros. Con el  crujir desquiciante del roce de metales, el ascensor se detiene bruscamente y escuchamos un estruendoso choque contra algo duro; a pesar de lo reducido del espacio, todos caemos; en un entrevero de cuerpos y en completa oscuridad; desparramados en el suelo y encimados unos sobre otros comenzamos a identificarnos y a preguntar por nuestras condiciones. Con heridas superficiales, la mayoría se reporta sin mayor riesgo. Sólo el licenciado Fariñas no contesta. Llego a él y trato de darle respiración artificial, revivirlo, pero es inútil, está muerto.
El cadáver quita espacio, por lo que decidimos hacer turnos de gente parada y otros en descanso, sentados sobre el licenciado. Los teléfonos celulares no funcionan y por más que gritamos nadie responde. Esperaremos hasta que noten nuestra ausencia.
            El calor asfixiante provoca que sudemos abundantemente, y que nuestros humores se confundan en el ambiente con el olor de los residuos fisiológicos. El aire enrarecido, comienza a provocar náuseas y vómito en algunos pasajeros.
            Varias horas más tarde, sentimos que el elevador se mueve lentamente hasta las puertas de un piso. Se escucha el ruido de la herramienta confundido con lo gritos, lamentos y rezos. Las puntas de las barretas asoman, lastimando a los que se encuentran en las puertas; fuerzan la entrada, la luz ilumina el caos y comienza la atención de los paramédicos. Poco a poco recuperamos nuestra normalidad.
Para concluir, fuimos a las oficinas del Ministerio Público a hacer nuestra declaración sobre la  muerte del licenciado .
            En la madrugada, con la ropa sucia manchada de inmundicia, llego al edificio donde desde hace algunos años vivo, agotada, sucia, adolorida, muerta de sueño, y con la necesidad imperiosa de darme un baño y dormir; esperando que el mal momento no arruine mi fin de semana. Se abren las puertas, marco el número trece en el tablero, recuesto mi cabeza sobre la pared del ascensor y observo en el indicador el avance hasta que me invade la oscuridad y… el silencio acompaña la detención del ascenso.



viernes, 9 de octubre de 2015

16 de marzo de 2009 (minificción)


16 de marzo de 2009



Gárgamel

Comadre que no le mueve
las caderas al compadre
no es comadre.
Refrán popular

Esa fecha, cambió mi vida. Prudencio llamó a la carpintería para celebrar el día del Compadre en su casa. Quise resistirme, pero insistió: —Nomás una, Pedro, para que no pase desapercibido nuestro cariño. Como mi comadre está de muy buen ver, y  le bauticé al niño, me sentí obligado y fui. Después de varias horas de recrearme la vista y tomar tequila, me despedí porque tenía que entregar unos muebles. Estaba cortando las tablas y  pensando en la anatomía de mi comadre, cuando de repente vi manchas en la madera y mi mano sangrante, sin el dedo índice. Lo recogí e injertaron en el hospital, pero desde entonces quedó rígido. Dejé la carpintería por temor a usar las máquinas y me dediqué a jugar dominó de apuesta en la cantina.  Ahí fue donde me localizaron los verdes, me propusieron sacarle partido a mi dedo erecto. Ahora soy diputado y lo utilizo frecuentemente; los contrincantes temen a mis señalamientos y me llaman "Pedro el admonitorio".


10 de octubre de 2015

domingo, 13 de septiembre de 2015

Autocrítica

Autocrítica

Gárgamel


La fama es efímera, el éxito es peligrosísimo,
si pierdes autocrítica, pierdes sentido de realidad.
Paco Ignacio Taibo II

Las letras se iban ordenando en palabras conforme los dedos tecleaban las instrucciones giradas. La pantalla del computador reverberaba sutilmente y mostraba el texto que los caracteres negros iban delineando. El escritor, asombrado observaba las frases que intempestivamente aparecieron a la mitad de su relato:
Observo con curiosidad la labor de escritor que desarrollas. Vivo con entusiasmo las historias que nuestra mente fragua; las emociones plasmadas, los ambientes descritos, las caracterizaciones de los personajes. Me consta  el esfuerzo de imaginar esas historias, concebirlas estructuralmente, limar las piezas para embonarlas en un planteamiento congruente; los largos días en que los pensamientos rondan por tu cabeza tratando de cumplir con las indicaciones y condiciones que deberán respetarse, para elaborar ese cuento en particular. El rompecabezas que se va formando desde el momento en que en base a un tema, imaginas el ambiente, los personajes y el conflicto generado entre ellos. El clímax y el desenlace final, generalmente lo tienes vislumbrado desde un principio, guardado celosamente para insertarlo, como las esferas convirtiendo un  pino en el árbol de navidad.
Pasmado, descansó las manos haciéndolas a un lado, y con curiosidad preguntó mentalmente, ¿ era su crítica?
Mira, ¡no te hagas el que la Virgen te habla!, sabes que tu pecado es de vagancia, de falta de compromiso con la labor de escritor; le dedicas poco tiempo y dejas todo para el final, lo que trae por consecuencia relatos no explotados a cabalidad en la potencialidad de la idea; problemas para la concreción de los planteamientos; deficiencias en la sintaxis de las oraciones, errores ortográficos y de presentación de los trabajos. En fin… ¡Dedícate a escribir! Por otra parte, no todos tus cuentos deben ser humorísticos, algunos temas no se prestan y los fuerzas hacia soluciones chuscas, quitándoles sentido...
El escritor echó la cabeza para atrás cerrando los ojos y meditó un rato sobre lo redactado. Se levantó del sillón, vio la hora en su reloj de pulsera: 1:30 a.m. Estiró lo brazos hacia la computadora, y sin guardar lo escrito, la apagó mientras pensaba: tienes razón… otro cuento sin terminar.


14 de septiembre de 2015.

sábado, 29 de agosto de 2015

Abstracción en Comala (minificción)

















Abstracción en Comala







Vine a Comala porque me dijeron
que acá vivía mi padre,
un tal Pedro Páramo…
Juan Rulfo




El aire de agosto soplando caliente torturó a Juan Preciado al llegar a Comala, tierra vieja sobre las brasas del infierno; pueblo habitado por espectros incrustados en su memoria ancestral. Buscaba respuestas como yo, acosado por los recuerdos de tristeza, frustración y orfandad. Las encontró recostado en los brazos de Dorotea dentro de un sarcófago. Yo, Rulfo, en la narrativa. Comprendí que somos lo mismo: Lo irreal, lo extraño y… lo cotidiano.


29 de agosto de 2015




*Con admiración y respeto a Juan Rulfo.

domingo, 16 de agosto de 2015

¿Compartir...? (minificción)












¿Compartir…?


¾¡Se lo juro, padre! ¡Por ésta cruz! que representa nuestra salvación eterna ¡no robé! ¾y sobreponiendo el dedo pulgar sobre el índice los besó. ¾Sería incapaz de robar las limosnas de San Martín de Porres.
En la cena, delante de sus diez hijos, Francisco oró: Donde hay fe, hay amor. Donde hay amor, hay paz. Donde hay paz está Dios. Y donde está Dios, no falta nada. Y, aquí no falta nada. ¡Gracias, Fray Martín, por compartir con nosotros tus excedentes!  Al que Comparte… no lo roban.




lunes, 3 de agosto de 2015

Un remedio singular

Un remedio singular


…Se podía reír o llorar,
 gritar desesperadamente y
 ni siquiera uno mismo se oía…
Tiempo destrozado
Amparo Dávila


Corría con desesperación, volteando hacia todos lados en busca de una salida; altos muros de piedra escoltaban su carrera, callejones que no conducían a ningún lado; vuelta tras vuelta sin encontrar el escape y …¡El aliento caliente y pútrido, persiguiéndole  a milímetros de su cuello!, extendiéndose sobre su rostro. Sintió el zarpazo en el hombro, el bramar amenazante, la baba ardiente recorrer su espalda… ¡Iba a ser devorado! Emitió un grito desgarrador… ¡Julia, hazte a un lado, estás roncando y me babeaste!
Ojeroso y cansado por una noche de mal dormir, de sueño interrumpido frecuentemente debido al ronquido desquiciante de Julia, Ignacio se paró de la cama restregándose los ojos, desperezándose levantó los brazos y emitió un sonoro bostezo que no amedrentó el suave trepidar de su cónyuge. Volteó a ver el cuerpo obeso desparramado sobre las sábanas revueltas; parte del camisón rosa bordeaba el muslo derecho dejando entrever una superficie amplia, carnosa y pálida, que llegaba a las calcetas de  multicolor rayado ⎯dos pequeños arcoíris en contraste con la lividez de las piernas. Tal vez nos falten unas vacaciones en la playa, pensó, y se metió al baño.
            Había tenido esa horrible pesadilla la noche anterior, y cada vez era más frecuente, las atribuía a la agresividad del ronquido de Julia, repetidamente el terror y el pánico asociados, lo asediaban provocando sobresaltos y el despertar abrupto; esfuerzos que dañaban a su corazón enfermo. El médico le había advertido que evitará esas alteraciones, pero, ¿qué se podía hacer? si tenía que dormir con su esposa en la única recámara del departamento, su presupuesto no daba para más.
            Julia era hermosa de joven, de grácil figura, andar ondulante y sonrisa fácil, me cautivó desde que la conocí. Comenzó abandonar su cuidado personal con la edad, dejó de arreglarse y subió de peso. Sin hijos que atender, inició  una vida pasiva frente al televisor y comenzó a roncar estrepitosamente. Creo que aceptaremos la recomendación de la vecina de utilizar los servicios del brujo de su pueblo que, según cuenta, ha tenido mucho éxito con casos similares.

Después de haberla hipnotizado y sahumado con diferentes hierbas hasta nublar la estancia, el terapeuta alternativo pidió hablar a solas con Ignacio.
⎯Quisiera preguntarle algo íntimo, don Ignacio. ¿Cada cuando hace el amor con su mujer?
           ⎯La verdad, no muy frecuente. Últimamente, me da un poco de flojera y prefiero ver deportes en la televisión.
           ⎯¿Qué tanto es últimamente?
           ⎯Cinco o… tal vez, seis años.
           ⎯Bueno, pues déjeme decirle que los ronquidos de su señora son de rencor, una forma inconsciente de manifestar la insatisfacción sexual, un deseo de llamar su atención. Sin embargo, soy especialista en resolver estos casos y creo poder ayudarlos.
          Escribió la receta y le explicó:
          ⎯Compre estos productos que se aplicará su esposa todos los días y dígale que venga conmigo a terapia de masajes, cada semana. En el transcurso de un mes, su esposa dejará de roncar.
          ⎯Y ¿en qué farmacia surto la receta?
          ⎯¿Farmacia?... ¡No!, en la Sex shop de la esquina…