sábado, 28 de enero de 2023
Inveterada promesa
miércoles, 23 de febrero de 2022
Método Paranoico-Crítico
Método Paranoico-Crítico
Lola me trajo a Nueva York a celebrar nuestro vigésimo aniversario de casados. Hemos disfrutado esta hermosa metrópoli desgastando los zapatos y los bolsillos en un trepidante caminar, de compras en grandes almacenes, comiendo en restaurantes famosos y visitando sitios de interés turístico: Central Park, Quinta Avenida, Empire State, Estatua de la Libertad. Disfrutamos en Broadway de maravillosas obras de teatro. Conocimos el Museo Metropolitano y ahora estamos en el de Arte Moderno. He recorrido varias salas apresuradamente, observando al vuelo pinturas de autores famosos. Sin embargo, al llegar a Dalí, me detuve abruptamente para contemplar La persistencia de la memoria.
Mi mente divaga, el tiempo pasa y no puedo separarme de ese cuadro con cuatro relojes, tres de ellos blandos en un fondo realista, donde el contraste de la maleabilidad con la rigidez pétrea me hace pensar en la diferencia de substancias; la vida vencida, como los cronógrafos por el tiempo, me estremece, me traslada a lo inevitable de mi acontecer y a lo efímero de la existencia.
Me impresiona el reloj que se derrite sobre un rostro flácido descansando en la arena; el que cuelga de la rama seca como si lo estuvieran secando al sol, y no encuentro el sentido de la mosca parada en el otro marcador del tiempo.
Noto una oscura presencia a mi lado, la observo con disimulo y atrae mi atención su bastón de madera con empuñadura dorada representando la cabeza de un león recargado con descuido en el traje negro. El chaleco floreado se deja ver por el saco abierto y contrasta con el color rojo de la bufanda que cubre el cuello; un rostro alargado enmarcado por largos cabellos negros completa el perfil. La mirada taladrante de los grandes ojos enajenados se fija en mí; la nariz aguileña puntualiza mi presencia y los largos bigotes enroscados, se carcajean de la situación.
—¿Le gusta La persistencia de la memoria? indaga esbozando una sonrisa que amplía el movimiento de los bigotes.
—Sí, aunque creo que el autor estaba algo desquiciado al crear la obra. Sorprende la delirante asociación de objetos en un escenario completamente onírico.
—Sí, el método utilizado lo denomina el pintor: Crítico Paranoico. Un sistema irracional de conocimiento espontáneo.
—¡Ésa no me la sabía! Lo que a mi me parece es que los relojes tienen consistencia de queso Camembert. ¿No los ve así?
—Tiene razón, cuando pinté el cuadro, Gala y yo estábamos disfrutando ese delicioso queso, acompañado de vino tinto de la Rioja.
Extrañado por el comentario, me quedé viendo al raro sujeto. Levanté los brazos fastidiado ante la usurpación de la personalidad, di media vuelta y me dirigí a encontrar a Lola. Caminé algunos pasos y volteé para despedirme; la galería, poblada de cuadros… no tenía visitantes.
Verano
martes, 22 de febrero de 2022
El compadre
El mago Maravilla
El mago maravilla
QUELÓNIDO
QUELÓNIDO
En el sarcófago el científico encontró un esqueleto amorfo, un fulgurante rubí y la tableta con la sentencia: Si ambicionas ser longevo, frota la piedra a tu cuerpo y cambia el destino. Ambicioso, con el deseo de extender su vida, se desnudó y lo realizó. Un calor vibrante le recorrió el cuerpo; cayó al suelo mientras sentía que brazos y piernas le engrosaban; la espalda rígida le impidió enderezarse. Levantó su pequeña cabeza, orientó el pico al horizonte, e inició su lento caminar al mar.
Vida y trascendencia
Vida y trascendencia
Gárgamel
La ancestral y crujiente mecedora se balanceaba leve y perseverante al impulso del anciano Antonio. Los escasos rayos del sol que se infiltraban tímidamente a través de las ramas de los viejos pinos, reptaban en el pórtico de la cabaña acariciando con frialdad su cuerpo y el del viejo Ursus, postrado a su lado.
Recostado en la cabecera, aspiró lentamente su pipa, y el humo tibio lo invadió, lo dejó reposar en su boca y lentamente, con un gesto de satisfacción, lo exhaló. Volteó hacia el animal y le expresó suavemente:
—Viejo amigo, hemos vivido un largo rato, ¿no?
El can volteó a verlo, movió dos veces la cola, retornó a colocar su cabeza entre sus patas delanteras, y reanudó su dormitar.
—¿Sabes qué, Ursus?... envidio tú simpleza de vida: comer, dormir, reproducirte de vez en cuando y… morir. No buscas trascender, eso te simplifica todo.
El animal levantó nuevamente la cabeza, emitió un gruñido —que podía haberse interpretado como: “¡Qué sabes tú de mi vida interna! Te acompaño en tus alegrías, desdichas y soporto con humildad el estado de ánimo en que te encuentres; tú solo me alimentas”,y… se acomodó para seguir dormitando.
Antonio dio otra fumada, y continuó su monólogo:
—Para el humano vivir es difícil, por su necesidad de trascender, Ursus. Compite durante toda su existencia para destacar en cada actividad que emprende, para ser reconocido, para ser recordado… También, asume creencias religiosas que le prometen otra vida: el fin: trascender.
Ursus lo miró con indolencia, emitió un amplio bostezo, sacudió su negra cabeza y…, volvió a dormitar.
—¡Míralo de esta forma, Ursus: fui un buen estudiante, reconocido por mis compañeros y maestros… trascendí. En las compañías donde trabajé, llegué a ocupar altos puestos, y generé nuevas tecnologías, por las que obtuve altos reconocimientos… trascendí. Establecí un buen matrimonio con Helena; tuvimos tres hijos a los que les dimos cariño y educación; ahora tienen sus propias familias; también ahí, he trascendido…
Como bien sabes, soy religioso, obedezco los ordenamientos de la iglesia, por lo que espero se cumpla la promesa de una nueva vida después de la muerte, pudiendo así… trascender.
Aspiró lentamente el humo de su pipa, y al exhalarlo, comentó:
¡Lamento que siendo un animal fiel, al que quiero, no puedas estar conmigo en el paraíso!...
Ursus se levantó extendiendo su cuerpo con placer, miró fijamente a Antonio como si quisiera decirle: ¡Iluso, y pendejo!... Meneó su cabeza, se desembarazó y, con parsimonia, se dirigió al jardín.
24 de enero de 2020
lunes, 21 de febrero de 2022
DESAPARECIDA
DESAPARECIDA
El ladrido de los perros antecedía la avanzada, un grupo de voluntarios y policías que recorría el bosque en busca de Ana, formaban una línea que rastreaba huellas desde la salida de la población. Había desaparecido cinco días atrás, y las pesquisas conducían a puntos ciegos. Se sabía que por la mañana visitó varios comercios promoviendo la venta de quesos y embutidos, acompañada de un hombre alto, delgado, de rostro alargado, y bigote. Era la tercera joven perdida en el transcurso del año. Buscaban en el bosque, porque habían hallado su portafolios entre la maleza.
Un manto blanco y húmedo cubría la parte media de la arboleda de pinos y abetos flotaba vaporoso e inmóvil, dificultando la visión, y mojando las vestimentas de los miembros del grupo al caminar entre los arbustos. El bosque era antiguo, con grandes árboles que tendían sombra sobre el entorno: un lóbrego y desamparado lugar que intimidaba por su oscuridad a los que aventuraban su tránsito.
Los persistentes rayos del sol matinal se colaban lentos y oblicuos entre los intersticios del ramaje, precediendo la frescura de una ligera brisa. Cuando la bruma lentamente se disipó, permitió vislumbrar al gran número de rastreadores que avanzaban sorteando obstáculos. El ruido del caminar y el crujir de ramas y hojas, acallaba el sonido de las aves. Solo un gorjeo o graznido eventual, acompañaba la marcha.
El sargento Adalberto Godínez supervisaba la búsqueda. Habían lotificado la zona alrededor del lugar donde se halló el portafolios. Estaban en el último segmento a revisar…
Se oyó un grito y seguidamente varios silbatazos. En la parte más occidental de la línea de rastreadores se formó un revuelo; la gente apiñada alrededor del hallazgo, lo comentaba. Con paso lento, y precedido por el bastón, el cuerpo obeso del detective se desplazó al lugar. Hizo un alto en el camino para secar el sudor de cuello y cara, y limpiar los gruesos anteojos, dejando al descubierto, momentáneamente, sus párpados papujos. Se acercó al lugar y observó el descubrimiento: retazos de tela del vestido y ropa interior; una zapatilla, un pedazo de cadena de plata, unos pendientes de ópalo azul, y varios cosméticos dispersos, próximos a su bolsa. Cerca del lugar, en una vereda, huellas de neumáticos.
En la comisaría, Godínez leyó el informe que le preparó el cabo Varela: …portafolio de piel negro, conteniendo un block de recibos, carpeta con el nombre de los clientes y programas de visitas. Dos fotografías de ella en un día de campo, con un par de sujetos.
—Amplía la foto, e identifícalos. Revisa cuál fue la última cita de trabajo del día en que desapareció. Ve si hay huellas dactilares en los retazos encontrados.
Varela le informó poco tiempo después que, la cita a la que no acudió la hoy occisa, era en la granja Santa Rosa, del señor Arturo Valverde, productor de quesos; además, distribuidor de carnes frías y embutidos.
Varela se acercó a Godínez con las fotografías ampliadas:
⏤Ya vio, mi sargento, ¡son iguales! Y coinciden ambos con la descripción del acompañante de Ana a los comercios de la ciudad, el día de su desaparición.
Sí… gemelos... ¿Cuál de los dos sería pareja Ana?... Habrá que visitar a don Arturo, primero.
Se quedaron un buen rato observando las fotografías: el lugar donde fue tomada la imagen, la actitud de camaradería de los hermanos con ella. Ana lucía hermosa, aún en su atuendo informal: pantalones blancos y blusa roja de cuello abierto que dejaba ver un busto generoso, dividido por una sencilla cadena que sostenía un dije ovalado color azul. Largos pendientes del mismo material, complementaban el atuendo. Ellos: altos y delgados, vestidos con pantalones de mezclilla azul, camisas blancas y sombreros texanos.
Llegaron temprano a la granja y los recibió hospitalariamente Arturo Valverde. Al abordar el tema de Ana, confesó una relación de buena amistad. Lamentó su desaparición y aseguró que ella no había asistido ese día a la cita comercial acostumbrada. Le preguntaron si su hermano era la pareja de ella. Contestó molesto que no sabía y no se metía en su vida íntima. Explicó que él solo le vendía a ella productos derivados de la leche, y embutidos.
Al despedirse, el sargento Godínez elogió el buen gusto del anillo que portaba en el dedo anular derecho, un ópalo enmarcado en oro. Don Arturo le agradeció el gesto diciendo que era un regalo reciente.
De regreso a la comisaría, Godínez le comentó a su subalterno:
—Varela, creo que lo tenemos, habrá que mandar analizar si el ópalo del anillo, coincide con el de los aretes encontrados. Por lo pronto detenlo, e interrógalo. Necesitamos encontrar el cuerpo de Ana. De otra forma, no tenemos elementos para enjuiciarlo.
Al día siguiente, visitaron la empacadora de José Antonio Valverde. El recibimiento cortante, frío, y agresivo, los descontroló en un principio, pero no los amedrentó. Les mostró su negocio mientras platicaban sobre la relación comercial y sentimental con Ana. Parco en el hablar, solo estableció que era un tanto distante de ella y los negocios los hacía a través de su hermano. Sin mayor información, regresaron a la comisaría.
Después de varios días de interrogatorio, Arturo Valverde seguía insistiendo en su inocencia. El análisis de las piedras del anillo y aretes, resultó positivo, pero esa prueba era poco consistente para acusarlo de homicidio.
El sargento Godínez llegó de muy buen humor a la comisaría y llamó a Varela a la improvisada oficina.
—Varelita, llévate al equipo forense a la empacadora de José Antonio Valverde. Deténganlo por presunción de varios asesinatos. Muestreen en la empresa restos de carne en sierras, molinos, instrumental y equipo de elaboración de embutidos…
Depresión
DEPRESIÓN
Para Carlos, un buen amigo,
desencantado de la vida.
Salí del baño apresuradamente al escuchar timbrar el teléfono, llegué a él sosteniendo con una mano la toalla enredada en la cintura, y contesté:
⏤¿Diga?
⏤Hola, Rodrigo. Habla Lucy, la esposa de Carlos.
⏤Qué tal, Lucy. ¿Cómo están?
⏤Yo bien, pero a tu amigo se le ha recrudecido la depresión y me está costando mucho trabajo lidiar con ello. Estoy tan desesperada que recurro al cariño que le tienes, como mi último recurso, antes de abandonarlo a su suerte, quisiera platicar contigo.
Nos citamos en un restaurante y, frente a una copa de vino, Lucy desgranó toda la historia:
⏤…Sí, Rodrigo, desde hace años la apatía y el desánimo se han apropiado de su vida; últimamente, entró en una crisis que no puedo manejar. Lo amo, pero no puedo vivir permanentemente con un bulto en pijama frente al televisor que no se baña, no me dirige la palabra y cuando lo hace, es para reprocharme actitudes, culpándome de su pasividad. Logré llevarlo al médico, le prescribió medicamentos que nunca toma. Constantemente me dice que quiere morir; según él, ya hizo todo lo que tenía que hacer en su existencia… “Sin motivaciones, la vida no tiene sentido”, me dijo, apesadumbrado.
Conmovido por el estado de salud de mi amigo y el trance por el que pasaba Lucy, decidimos establecer una estrategia de choque para estimular a Carlos y tomara nuevamente las riendas de su destino.
Llamé a la puerta. Lucy me recibió y condujo a la sala donde Carlos, apoltronado en su sillón favorito, revestido con un pijama de rayas azules, oía en su reproductor una melodía triste y miraba distraídamente el techo de la habitación. Las notas del piano derramaban melancolía, y el mobiliario guardaba respetuoso silencio, como en una sala de conciertos; solo las cortinas, turbadas por la brisa matinal, acompañaban suavemente la música. Volteó indiferente a verme; la barba crecida, el pelo enmarañado y el rostro ajado, denotaban descuido, apatía y suciedad.
⏤Hola Rodrigo.
⏤¿Qué te trae por acá?, llegas a tiempo para escuchar la música con la que quiero me despidan: la marcha fúnebre de la Sonata n.º 2, op. 35, de Chopin.
⏤Asentí y lo saludé con afecto mientras las notas luctuosas taladraban mi mente, y el ánimo decaía con la escena que presenciaba. Platiqué un rato sobre los temas comunes, con respuestas cortantes y monosilábicas, hasta que introduje un tema: Rosina, nuestra compañera de estudios, que había sido su novia. Noté el brillo repentino en la mirada y cierta inquietud al preguntar por primera vez:
⏤¿La has visto?
⏤Ocasionalmente, en alguna reunión de la escuela. No se ha casado y se conserva muy bien, deslicé. Va a asistir a la cena anual el próximo sábado. ¿Quieres ir?
⏤¡No!, no, ya no me gusta socializar, aunque sean mis amigos. Además, no podría hacerlo bien porque iría con Lucy.
⏤Pregúntale primero si quiere ir.
⏤No, vete solo, no me acuerdo de nadie, me aburriría.
Pensé en ese momento: “Tal vez la amistad en la vida de un hombre es más importante que el amor”, y por lo tanto… nuestro plan fracasaría.
Al día siguiente, me habló Lucy:
⏤¡Sí va!...
Pasé por Carlos a su casa, Lucy me abrió la puerta, y alcanzó a musitarme al oído: “Fue una magnifica jugada, lo logramos”. Bajó mi amigo, elegantemente vestido, y con una amplia sonrisa me señaló que estaba listo. Besó a Lucy al despedirse y partimos.
Llegamos al salón y Carlos avanzó festivamente, saludando a los amigos, deteniéndose solo el tiempo necesario para un saludo protocolario, y recorriendo el recinto con la mirada en busca de Rosina. La localizó en una mesa del fondo, platicando con amigas. Me jaló del brazo para que lo acompañara y sorteando obstáculos, llegamos. Estaba de espalda a nosotros, se acercó y tapándole los ojos con las manos le preguntó:
⏤Adivina ¿quién soy?
Rosina cubrió las manos con las suyas y, con una espontánea risa contestó:
⏤¡Mi ángel de la guarda!
⏤¡Claro que sí!, dijo Carlos, al saludarla con un beso en la mejilla.
Toda la cena la pasaron platicando y al salir llevaba toda la información de ella en la cartera.
⏤Hola, Lucy. Te hablo para saber ¿cómo ha reaccionado Carlos después de la cena?
⏤Hola, Rodrigo. Te comunico que Carlos es otro: se levanta temprano, se baña, siempre anda de buen humor y nuestra relación ha mejorado sustancialmente. Aunque en el aspecto sexual sigue cierta frialdad, su comportamiento es tierno, tal vez un poco paternal.
⏤Bueno, es lo que esperábamos, ¿no? Habrá que ver cómo reacciona a la segunda parte del plan: Cuando se entere que su prudente y fiel esposa, la siempre pendiente de sus necesidades… ¡tiene un amante!
domingo, 7 de noviembre de 2021
EL QUE LA HACE......
EL QUE LA HACE…
Gárgamel
A los doce años de vida, a Antonia le cambiaron su niñez por la esclavitud disfrazada de un matrimonio.
Don Nabor, dueño de la tienda del pueblo, recientemente viudo, se presentó con Ceferino, padre de la niña, para solicitarla en matrimonio a cambio de diez mil pesos, cinco chivas y dos terneras; llevó como presente cinco botellas de mezcal, un collar y una muñeca de trapo para Antonia. La pequeña escuchó los acuerdos y bienes depositados por ella con el mutismo obligado por el desconcierto y desesperación de algo que no entendía .
Pasó a ser la sirvienta de Josefa, hija de su esposo y la servidora sexual de Nabor. No se le permitió más, visitar a su familia. Antonia parió a los dos años de casada con una comadrona improvisada, empleada de la casa. Por presiones del párroco y autoridades civiles, Nabor y su hija, aunque no reconocieron a la niña como parte de la familia, tuvieron que aceptar que se bautizara y registrara
Una de las actividades de Antonia era pastorear al ganado, le encantaba disfrutar la naturaleza, se sentía libre recostada en la pradera dejando volar a sus pensamientos sin ataduras, sin sentir la mirada vigilante de sus opresores; gozar el único ejercicio libre de su existencia; fantaseaba con visiones de una vida diferente. Un día, divagando en esos menesteres, escuchó pisadas en los matorrales cercanos, volteó y encontró la mirada curiosa de un campesino, portando un fusil al hombro. El delgado joven la tranquilizó, dijo ser parte de un grupo en rebeldía y que solo quería platicar. Se sentó junto a ella diciendo llamarse Justino. Platicaron largamente, agostando el tiempo con el mismo entusiasmo que el ganado lo hacía con el pastizal. Los encuentros se hicieron cotidianos y el enamoramiento enraizó en la tierra yerma de dos seres a la deriva. Justino conoció la vida de Antonia y los deseos de salir de la esclavitud en que se encontraba.
El pueblo despertó con la noticia de que Don Nabor y su hija había sido secuestrados y que el “Ejército del Pueblo” pedía una cantidad elevada para su liberación. Antonia, asesorada por las autoridades, trató de negociar, sin éxito. La comunicación con los raptores… se perdió.
Ahora, Antonia se encarga de la tienda del pueblo y… su esposo Justino, del Ganado. 7de noviembre 2021
domingo, 31 de octubre de 2021
SABE MÁS EL DIABLO POR VIEJO QUE POR DIABLO
MÁS SABE EL DIABLO POR VIEJO, QUE POR DIABLO
Gárgamel
Seguía como hacía varios lustros, atendiendo la miscelánea de un pueblo de casas de adobe, revestidas de un manto polvoso y en permanente desolación e indiferencia; se alineaban a la vera de las terrosas calles salpicadas de huizaches que, con atisbos de verdor, retocaban el árido paisaje. Permanentemente en las afueras de población, las constantes tolvaneras rodaban cachanillas* en la candente superficie matizada de matorrales. La escasa población, vivía de la ganadería extensiva de ovejas y cabras, de la elaboración de artesanías y de las remesas que los familiares mandaban del vecino país.
Todos lo conocían como Don Faustino, dueño de la tienda de abarrotes que vendía desde alimentos hasta lo necesario para reparar y construir casas. Vivía en simbiosis con la comunidad, conformando un Sistema Circulatorio que sostenía a la población.
Hacía una semana, había llegado Heladio, uno de los siete hijos de Samuel, que tenía su ranchito por el arroyo chico. Resguardado por varios jóvenes ensombrerados, con camisas a cuadros, cinturones anchos, botas picudas y semblantes malévolos, trataban de atemorizar al tendero con actitudes agresivas. Heladio se acercó al mostrador y con voz imperativa, le dijo:
—Don Faustino, a partir de hoy, se acabaron sus problemas de abastecimiento de mercancías e inseguridad, hará con nosotros sus pedidos de insumos y tendrá seguridad permanente por una módica cuota semanal que incluye el derecho de piso.
Sorprendido, pero no amedrentado, el tendero, mirándolo fijamente le contestó: — Mira, Heladio, yo no tengo problemas de inseguridad, aquí nadie roba ni asalta y para mis mercancías, ya tengo proveedores.
—Como quieras, Faustino, ¡lo pagas tú o Doña Gloria, tú esposa!…
Cuando se quedó solo, lo pasado le explotó y llenó todo su cerebro de angustia y desesperanza; nervioso, comenzó a escarbar en él, soluciones… Llegó la noche y con la tranquilidad de una sonrisa, le dio un beso a su esposa y se fue a dormir.
Entraron con el paso firme y sonoro de las botas sobre las baldosas y vociferando intimidatoriamente: ¡Faustino!, ¡Faustino!, ¡venimos a cobrar tu cuota semanal!
—¿En que te puedo servirte, hijo?
—¡Papá, ¿Qué haces aquí?!
—A partir de esta semana soy el encargado de la tienda, ¿Qué se te ofrece?...
31 de octubre de 2021
*esfera de arbustos que ruedan con el viento.
domingo, 3 de octubre de 2021
CLAROSCURO
CLAROSCURO
Gárgamel
El carácter de Almonte es frío, avaro y vengativo.
Maximiliano de Habsburgo.
…Es un espurio.
Benito Juárez
En mi ancianidad, recogido en este convento de San Juan Bautista, del poblado de Tiripetío, rememoro constantemente el cumplimiento del mandato hecho por el General José Maria Morelos después de la Muerte de Brigida Almonte, madre de Juan Nepomuceno: la tutela y el cuidado de su pequeño sobrino —en la tropa se rumoraba con sorna, la bastardés del infante. ¿Mas, quien tiene la altura moral para juzgar la vida de otros?
La encomienda, difícil… muy complicada, porque el arrapiezo era rebelde, impulsivo, beligerante y líder de un grupo de mozalbetes dedicados a asediar y burlarse de los soldados Realistas. Desde el inicio fue una relación de confrontaciones y desacuerdos, pero entrañable y de respeto mutuo.
Acompañamos al General en sus batallas, como la de Acapulco y el sitio de Cuautla. Juan comandó a su aguerrida tropa de mozuelos en apoyo a los combatientes, con Narciso Mendoza, su incondicional amigo, que se ganó el mote del “Niño artillero”.
Con el tiempo, Juan se incorporó a la diplomacia y yo, a la vida religiosa. La amistad que nos unía permitió el flujo constante de cartas y el conocimiento del acontecer de su vida. Supe así, que participó con el General Santana en la batalla del Álamo, en la separación de Texas; que fue Embajador en Estados Unidos de Norteamérica; que, como Ministro de Guerra, defendió a Veracruz de los estadounidenses y fue hecho prisionero. En una triste misiva desde su reclusorio, concluye:
…Así, estimado Fray Lorenzo, con el alma destrozada por el dolor de ver a mi México querido postrado a los pies del invasor, le reitero mi más sentida consideración y el deseo de que Dios guarde a vuestra merced.
Sus comunicaciones, como brisa eventual y refrescante, incorporaban en mi mente la gallarda imagen y ambición porfiada de un luchador nacionalista. Sus epístolas fueron cambiando de tono cuando se incorporó al Gobierno de Anastasio Bustamante, dando un giro en sus convicciones políticas. La aristocracia lo cautivó, creyó en la monarquía como solución a los problemas del país. En sus cartas llegadas de Europa me manifestaba la intención de invitar a un príncipe para constituir un Imperio. Mi disgusto y recriminación contribuyeron a desbastar la relación patriarcal que nos unía… Dejé de recibir contestaciones.
Al fin, trajo al príncipe, lo convirtió en Emperador y… ¡provocó otra guerra!
domingo, 19 de septiembre de 2021
OASIS
Oasis
domingo, 12 de septiembre de 2021
ATRAYENTE LLAMADA
ATRAYENTE LLAMADA
Gárgamel
La muerte nos sonríe a todos…
Marco Aurelio
La madre de Alberto llegó presurosa al colegio, habían llamado porque tenía dolor de cabeza, estaba mareado y había vomitado sobre el pupitre. Llegando a casa lo bañaron y metieron a la cama. Inquieto por la fiebre que lo hacía sudar, se revolvía en la cama. Con desesperación se quitaba las sábanas que lo cubrían; murmuraba espaciados quejidos indicando que le retumbaba la cabeza como si lo martillearan por dentro. A sus siete años, Alberto no entendía lo que le sucedía, sólo sollozaba y pedía que terminara el dolor.
En un intranquilo entresueño abrió los ojos y con la visión nublada vio a sus padres moverse lentamente, como si flotaran, hablando y gesticulando ante el médico.
Una incesante sed le resecaba la lengua y garganta. Dormitaba, agitados y perturbadores sueños de seres fantásticos que lo acosaban y perseguían… ¡Despertó sobresaltado, al ver tras la ventana, una esfera amarillenta y brillante del tamaño de un gran globo, que giraba y giraba, acercándose! Distinguió, en medio de ella, la figura de un conejo que se paraba de cabeza y enderezaba —sonrió a pesar del malestar. El cansancio lo venció, aunque el dolor no le permitió dormir tranquilamente. El sudor lagrimeó las sábanas y un frío húmedo impregnó su cuerpo. Comenzó a temblar sin contenerse y a castañetear los dientes sin parar… La madre le puso otro cobertor, comentándole que lo envolvería como tortilla. Alberto sonrió y al quedarse solo, trató de reposar.
Abrió los ojos y frente a él, ocupando toda la ventana, vio la faz de la luna; sus ojos y boca cubriendo el espacio. Sonriendo lo llamó por su nombre e invitó a ir con ella; explorar el espacio, conocer estrellas; a volar, dejarse ir impelido con liviandad en el aire como gaviota sobre el mar. Le cautivó la propuesta, el sonido leve y tranquilizante de la llamada, la fascinante calidez de la voz que lo emplazaba y la dulzura al expresarlo.
se sintió liviano y libre surcando el espacio. Durante el vuelo, miró hacia abajo y distinguió su cuerpo en reposo sobre la cama. Siguió a la atractiva palabra y atravesó la ventana, confiado en la sutil melodía y la paz que le inspiraba el sentirse bien y sin dolor… feliz.
12 de septiembre de 2021
domingo, 8 de agosto de 2021
EL LIBRO PRESTADO
EL LIBRO PRESTADO
Herlinda Caballero
La encontré leyendo un libro en la vieja banca de hierro custodiada por árboles y arbustos de coloridas flores que remarcaban la vera del sendero; el petricor veraniego y los aromas de las flores mezclados en la brisa matinal favorecían el ambiente de tranquilidad.
—Hola, Melissa, llegaste temprano. —Sí, me adelanté para terminar el libro que estoy leyendo: “Confrontación íntima,” de Steven Pinker. Es la primera novela del sicólogo, famoso por su libro “La tabla rasa”. Recorriéndose en la banca, me invitó a sentarme.
—Y ¿Qué te pareció?, ¿Cuál es el tema?, le pregunté.
—Es intrigante, Herlinda. La trama gira en torno a una joven que se interioriza, conducida por su sicólogo, en su superego. Va descubriendo cómo una educación restrictiva, religiosa y conservadora ha cercado su vida y la mantiene en un matrimonio fracasado, un trabajo que detesta y una existencia infeliz, que la ha llevado a la depresión; y la lucha por vencer los condicionamientos interiores, e intentar cambiar su destino. Es un libro que me ha llevado a hurgar en mis limitaciones morales y en el comportamiento social.
—¿Me lo prestas?, suena interesante.
Después de una larga plática, me despedí, quedándome de ver con ella en la Facultad de Filosofía, dónde somos profesoras. La novela me capturó desde un principio, los sentimientos de Adelaida y sus restricciones morales increparon alguna de las falsedades que había sostenido siempre. Reflexioné, reflexioné y volví a reflexionar las falsedades adheridas a mi ser. Una, dos y hasta tres noches seguidas medité para retomar los principios que estructurarían la consecuencia de vida…
Cité formalmente a Joel, Adrián y Antonio a una cena. Preparé un banquete para los cuatro. Los tres acompañantes, intrigados y expectantes, esperaban el discurso. Tomé la copa de vino tinto, la levante para brindar y comencé a hablar:
Hago constar queridos míos que, a partir de hoy, ¡me declaro atea!, no creo en Dios, creo en la Humanidad; por lo qué no volveré asistir a ninguna ceremonia religiosa. ¡Me declaro de pensamiento socialista!, no volveré a callar ante nuestras amistades conservadoras mi posición ante el mundo. Y, por último: Quiero decirles, que ¡soy tan libre como ustedes! y definiré todas y cada una de las acciones de mi vida.
Escuche un gran aplauso y las palabras de aceptación de la hermosa familia que tengo. Les correspondí con un beso cariñoso a cada uno y en secreto, una promesa íntima para Antonio.
8 de agosto de 2021