sábado, 28 de enero de 2023

Inveterada promesa

 

Inveterada promesa


El buscón… de Segovia
  

Después de cincuenta años de matrimonio Rosario y Rosendo deciden alejarse por un tiempo de su panadería de la Colonia Obrera y darse las siempre anheladas vacaciones en su país de origen, la tierra que los vio nacer, Jaén, en la región andaluza de España. 
Desde los primeros tiempos en que trabajaban y dormían en la panadería de Rodrigo, hermano de Roció, añoraban en sus pláticas un regreso a su patria en condiciones de estabilidad económica y bienestar. No lo habían podido hacer hasta que establecieron y prestigiaron su propia panadería: “La gran Mora”.
Su hijo, Rodrigo, se encargó de llevarlos al aeropuerto y documentar el equipaje de los dos ancianos que, aprehendidos a él, e intimidados por la multitud, lo seguían, tratando de acompasar sus cortos pasos a los firmes y presurosos de su vástago.
En la sala de espera, Rosendo, encorvado en el asiento, simulaba una interrogación invertida con el sombrero apuntando hacia el piso iniciando una curvatura del cuerpo; cubierto por su ancestral chaqueta café y sostenido el bastón entre sus rodillas, esperaba ansioso la partida, sin levantar la cabeza. Rosario, más relajada, leía las instrucciones que, en varias hojas le había dejado Rodrigo; arropada con su mantilla negra de borlas y flores de colores, que contrastaba con el cabello cano cubriendo el cuello sostenido por una sencilla peineta de Carey.
Abordaron el avión casi sin hablar, los acomodó la azafata. Aferrado al descansabrazos y perlada la frente de sudor, Rosendo afrontó el despegue con valor y sin ir al baño hasta que el la nave estabilizó el curso. Cenó con fruición y durmió plácidamente hasta su arribo al aeropuerto Adolfo Suárez  de Madrid. 
Pasaron la aduana sin dificultades y al salir, con las maletas a su lado miraban indecisos hacia ambos lados envueltos por un mar de gentes que transitaban en  diferentes direcciones, hasta que un letrero amarillo con sus nombres, ondulando entre las cabezas de los transeúntes, se acercó; el portador, metiendo cabeza y hombros entre la marea humana, se presentó como su guía y los condujo al hotel Riu Plaza España.
Tres días estuvieron recorriendo Madrid, Segovia, Ávila y Toledo. Cansados de empaparse de la ansiada españolidad, decidieron dirigirse hacia el verdadero objetivo del viaje: su añorado Jaén, Andalucía: llamada la “Capital del Santo Reino” que fue gobernada por musulmanes y cristianos; región productora de aceite de oliva, bañada por el Guadalquivir; inundada de recuerdos infantiles y juveniles, resguardados por el cerro de Santa Catalina. Se hospedaron en el Parador de Jaén, castillo del siglo XVlll ubicado en lo alto del cerro.
Caminaron las empinadas calles de la ciudad, acercándose poco a poco al objetivo real del viaje. Rosendo, sudoroso y agitado, se acomodaba constantemente el sombrero y secaba su frente con un pañuelo, que por la frecuencia de uso, derramaba lágrimas. Con el tambaleante bastón, anticipaba su destino. Rosario, soportaba la inclemencia del sol de media tarde con un atuendo ligero, vaporoso y un pequeño sombrero de palma. Llegaron a la plaza de Santa María, dónde se encuentra el Palacio Municipal, el episcopal y la Catedral de la Asunción de la Virgen, obra monumental del siglo XVl.
Con paso lento y la emoción intensa acelerando el latir de sus corazones, llegaron frente a la Catedral de estilo renacentista. Sintieron que las dos torres, como gigantes brazos, pedían que entraran y el portón abierto, de grandes fauces, los esperaba con fruición. 
La penumbra fría y el eco de sus pasos por el piso los persiguieron hasta el tercer confesionario, frente a la pila bautismal. La soledad concurría en sonoro silencio cuando Rosendo penetró y con una navaja desencajó una tira de madera de la parte baja del aposento sacerdotal. Metió su mano en el hueco recién descubierto y sacó un rollo de papel. Con emoción lo desenvolvió y junto a Rosario, leyó:
“Yo, Rosendo Martínez, tomo como esposa, ante la presencia de Nuestro Señor, a Rosario Berganza como esposa; juro quererla y protegerla el resto de mi vida.
Yo, Rosario Berganza, tomo como esposo a Rosendo Martínez  y juró quererlo y serle fiel por el resto de mi vida”.
Lloraron, abrazados al pie del confesionario y volvieron a confirmar sus votos por el resto de su vida, y caminaron hacia su destino con la felicidad de haber cumplido con el compromiso hecho ante Dios.
Saliendo de la catedral, Rosendo terminó de desenrrollar el escrito y… se sorprendió con algunas palabras al final:
“Queridos Rosario y Rosendo, los felicito por su compromiso, que espero mantengan por siempre y les pido que, si algún día regresan, reparen el hueco que hicieron en el confesionario. Nuestro Señor, se los agradecerá.
Atentamente
Fray Valentín”


15 de enero 2023


miércoles, 23 de febrero de 2022

Método Paranoico-Crítico

 



Método Paranoico-Crítico



Lola me trajo a Nueva York a celebrar nuestro vigésimo aniversario de casados. Hemos disfrutado esta hermosa metrópoli desgastando los zapatos y los bolsillos en un trepidante caminar, de compras en grandes almacenes, comiendo en restaurantes famosos y visitando sitios de interés turístico: Central Park, Quinta Avenida, Empire State, Estatua de la Libertad. Disfrutamos en Broadway de maravillosas obras de teatro. Conocimos el Museo Metropolitano y ahora estamos en el de Arte Moderno. He recorrido varias salas apresuradamente, observando al vuelo pinturas de autores famosos. Sin embargo, al llegar a Dalí, me detuve abruptamente para contemplar La persistencia de la memoria.

Mi mente divaga, el tiempo pasa y no puedo separarme de ese cuadro  con cuatro relojes, tres de ellos blandos en un fondo realista, donde el contraste de la maleabilidad con la rigidez pétrea me hace pensar en la diferencia de substancias; la vida vencida, como los cronógrafos por el tiempo, me estremece, me traslada a lo inevitable de mi acontecer y a lo efímero de la existencia.

Me impresiona el reloj que se derrite sobre un rostro flácido descansando en la arena; el que cuelga de la rama seca como si lo estuvieran secando al sol, y no encuentro el sentido de la mosca parada en el otro marcador del tiempo. 

Noto una oscura presencia a mi lado, la observo con disimulo y atrae mi atención su bastón de madera con empuñadura dorada representando la cabeza de un león recargado con descuido en el traje negro. El chaleco floreado se deja ver por el saco abierto y contrasta con el color rojo de la  bufanda que cubre el cuello; un rostro alargado enmarcado por largos cabellos negros completa el perfil. La mirada taladrante de los grandes ojos enajenados se fija en mí; la nariz aguileña puntualiza mi presencia y los largos bigotes enroscados, se carcajean de la situación. 

—¿Le gusta La persistencia de la memoria? indaga esbozando una sonrisa que amplía el movimiento de los bigotes.

—Sí, aunque creo que el autor estaba algo desquiciado al crear la obra. Sorprende la  delirante asociación de objetos en un escenario completamente onírico.

—Sí, el método utilizado lo denomina el pintor: Crítico Paranoico. Un sistema irracional de conocimiento espontáneo.

—¡Ésa no me la sabía! Lo que a mi me parece es que los relojes tienen consistencia de queso Camembert. ¿No los ve así?

—Tiene razón, cuando pinté el cuadro, Gala y yo estábamos disfrutando ese delicioso queso, acompañado de vino tinto de la Rioja.

Extrañado por el comentario, me quedé viendo al raro sujeto. Levanté los brazos fastidiado ante la usurpación de la personalidad, di media  vuelta y me dirigí a encontrar a Lola. Caminé algunos pasos y volteé para despedirme; la galería, poblada de cuadros… no tenía visitantes.


Verano


 

Verano

Gárgamel

La gabardina azul escurría cascadas de agua, elevadas por el paso apresurado de Eduardo; sentía el viento húmedo azotarle la cara forzándolo a sostener con la mano izquierda el sombrero que intentaba escaparse, agitando el ala con cada golpe de viento. La tarde de aquel lluvioso día, trataba de llegar a la cita largamente esperada: Nos vemos en el café del parque a las cinco de la tarde, le había dicho Yolanda.
Aún después de veinte años de casado recordaba con fruición, los momentos pasionales vividos durante su adolescencia con aquella joven esbelta de cintura estrecha y talle largo; de cadera amplia y senos pequeños; con cabellera negra que caía desbordada por su espalda y acompañaba danzando los movimientos de la cabeza.
La había localizado por internet, después de largos intentos, de noches desveladas, horas interminables frente al computador, probando nombres y apellidos. Yolanda respondió rápidamente, y mandó fotografías. Se veía bien, casi no se notaba el paso de los años en ella. 
La lluvia se degradó en mezquino chisperío cuando Eduardo llegó al parque. El olor a tierra húmeda y el aroma que exhalaba la flora, estimulaba sus sentidos. El calor del ambiente y la excitación por ver a la musa que pulió la libido de su mente durante treinta años, lo mantenía inquieto.  Cautelosamente se metió a un cercado y arrancó flores de distintos colores, cortó su tallo y formó un bonito ramo multicolor. 
Mientras se acercaba a la cafetería, su mente lo proveyó de imágenes y sensaciones candentes que experimentó con Yolanda. El recuerdo de los pequeños pezones desbordando por la blusa desabotonada, el calor de los cuerpos al estrecharse con ansiedad mientras se devoraban con besos pasionales, plenos de deseo…
Cruzó la puerta de cristal de la terraza, pringada de deslizantes gotas y en la mesa del fondo del establecimiento divisó la cabellera negra distribuida en la espalda y el talle estrecho de su quimera. El corazón aumentó bruscamente el latido, y un sudor frío comenzó a recorrerlo. Sintió el rubor que invadía su rostro, y resequedad en boca y garganta.
Se pasó la mano libre sobre su cabeza , tratando de alisarse el pelo y caminó hacia la mesa tratando de imprimirle firmeza a su andar. Al llegar le tocó el hombro mientras pronunciaba su nombre.
⏤Hola, Yolanda, ya estoy aquí…
La mujer volteó sonriendo y aceptó el ramo que Eduardo le ofrecía.
Estupefacto frente a ella, y mudo por  la impresión, no se movió. ¡Es idéntica a la Yolanda que conocí!, pensó.
Balbuceando se atrevió a decir: ¡Qué hermosa estás, Yolanda! ¿Cómo haces para conservarte tan bella?
Antes de que ella contestara, sintió un leve toque en el hombro y una voz gruesa que le decía: es mi hija.
    Al volver la cara comprobó que el verano había pasado; el invierno lo contemplaba a través de una mujer gorda, canosa y arrugada que le sonreía con ternura. Con cinismo amigable, le comentó que había puesto en el internet una imagen de… hace algunos años.
 


















martes, 22 de febrero de 2022

El compadre

 





El compadre



Comadre que no le mueve 
las caderas al compadre, 
no es comadre.
Refrán popular 


En esa fecha, cambió mi vida. Prudencio llamó a la carpintería para celebrar el día del Compadre en la cantina "La Mundial". Quise resistirme, pero insistió: —Nomás una, Pedro, para que no pase desapercibido nuestro cariño. Y, como yo le había bautizado al niño... me sentí obligado y lo acompañé. Después de varias rondas, me despedí porque tenía que entregar unos muebles. Estaba cortando las tablas y  pensando en la anatomía de mi comadre, cuando de repente vi manchas en la madera y mi mano sangrante, sin el dedo índice. Lo recogí e injertaron en el hospital, pero desde entonces quedó rígido. Dejé la carpintería por temor a usar las máquinas y me dediqué a jugar dominó de apuesta en la cantina.  Ahí fue donde me localizaron los verdes, me propusieron sacarle partido a mi dedo erecto. Ahora soy diputado y lo utilizo frecuentemente; mis contrincantes temen a mis señalamientos y me llaman "Pedro el admonitorio".       



El mago Maravilla

 El mago maravilla



¿Mi trabajo? 
Atraer el más preciado de los regalos:
 su atención. Y utilizarla en su contra.
Película“El ilusionista”

Toc, toc, toc.  
       ⏤¿Sí?  
       ¡Mago Maravilla!, diez minutos para entrar en escena.
    Scht, scht… scht. ¡No me apures!,  a la estrella del espectáculo, se le respetan sus tiempos. ¡Que el público de este teatro rascuache, me espere. Por eso soy el mago de magos. ¡El gran Mago Maravilla!
    El mozo se aleja mascullando: 
        Psch… pinche viejo loco, ya ni su familia viene a verlo.
Frente al espejo del tocador, se maquilla el rostro ajado, amarillento y resplandeciente por la iluminación de la lámpara. Con dificultad disimula la arrugas que circundan boca, ojos, y los párpados tumefactos. Deja a un lado los afeites y toma un trago de la botella que lo acompaña permanentemente: El whisky es el único  que ha permanecido fiel a mi vida, piensa mientras el glu, glu del líquido araña su garganta y un calor reconfortante, acompaña el deslizamiento hasta el estómago;  comprime la lengua contra el paladar y chasquea con un fuerte ¡tskkk!; un fuerte eructo de placer explota en el camerino, con un estruendoso ¡bruuuuuppp! del interior de su organismo, amplificando el sonido como una tuba. Termina de vestirse al incorporarse al gastado frac que ha protegido las ilusiones de su arte por más de cincuenta años; acomoda entre la ropa toda las prendas que la magia ha de sacar: pañuelos, cartas, globos; ajusta las ligas que ocultarán al retraerse los objetos a desaparecer de la vista del público; se acomoda el armazón bajo la chistera, saca la paloma de su jaula y la introduce en la bolsa, escuchando el suave srip del cierre interior. Introduce el bulto metálico en la bolsa del pantalón. Toma nuevamente la botella y con los últimos glues, la vacía.  Coge su capa, el bastón y sale del camerino. El tap-top-tap de sus pasos tambaleantes sobre el piso de madera, lo aproxima al escenario. Piensa en lo lamentable que es llegar a viejo, solo y abandonado por un público que no se impresiona con los trucos, que considera caducos. A este viejo teatro de barriada sólo  asisten espectadores simples y groseros… la clase popular. 
        Hoy deberá despedirse, el empresario le comunicó no estar dispuesto a conservarlo dentro del espectáculo. Ya no es rentable. 
Los impresionaré, me voy a despedir con dignidad.  La última función de mi vida, los impactará, murmuró para sí, antes de entrar a escena.
       ¡Atención!, ¡atención! Estimado y distinguido público. Con ustedes, ¡el mago que los hará vibrar!, ¡qué los sorprenderá!... ¡El más maravilloso ilusionista! ¡El gran mago,  Maravilla!
      Con paso vacilante el taumaturgo llegó al centro del escenario, se quitó la chistera y con una reverencia saludó al público.
    Perdidos entre la concurrencia se escuchan el clap… clap… clap… desorientado y  temeroso, y uno que otro ¡fiuuu-fiuu-fiuu-fiuu-fiuuu!, amenizador. 
    La música ambiental invade el teatro, y el mago comienza a girar su vara mágica en una circunvolución violenta. Con un deslizante ¡tsss!, desprende de la manga del frac, lentamente, mascadas de colores anudadas entre sí, formando una tira de varios metros. Revoloteando la estela, hace que forme círculos y líneas. Se pasea a lo largo y ancho del área de trabajo, y hace una reverencia de agradecimiento al escuchar dos o tres clap, clap, y un ¡fiuu-fiuu-fiuu-fiuu-fiuuu!, del fondo del salón.
    Atrae una pequeña mesa conteniendo una jaula,  saca de ella un conejo. Lo muestra al público y lo vuelve a meter cubriéndolo con la capa. Da unos pase mágicos, y con un rápido shiss, la desliza, destapándola: ¡El conejo ha desaparecido! Con extrañeza vuelve a tapar la jaula, se quita la chistera, introduce su mano en ella, y delicadamente saca triunfante una pequeña paloma. Se escuchan pocos aplausos. Aparentemente molesto, pone su mano alrededor de la oreja, en señal de escucha, y se pasea por el escenario en espera de una ovación que nunca llega. Con actitud beligerante, se pone nuevamente el sombrero, camina hacia la jaula y la descubre,  apareciendo dentro de ella, el conejo.
         Clap… clap… clap… fue la respuesta de los aburridos asistentes. 
     Al terminar de agradecer los escasos aplausos levanta la cara y… ¡siente un splash bladuzco sobre su cara!, el podrido vegetal escurre el rojizo líquido sobre su camisa blanca.
         Indignado realiza dos o tres suertes más, y la respuesta es contundente:
        ¡Bu, buuu,  buuuu!, ¡fiu!, ¡fiuuuu!, ¡fiu-fiu-fiu-fiu-fiuuuu! Y los proyectiles con un plum sordo, impactan su cuerpo.
       Rígido, en el centro del escenario, llama al presentador y le susurra algo al oído. De la bolsa del pantalón extráe otra botella y le da un gran trago; los glues esta vez, sólo los escucha él.
      ¡Señoras y señores! ¡El Mago Maravilla se despide del teatro con un acto diferente y espectacular, nunca visto en el mundo; espera sea del gusto de nuestro selecto auditorio!
       Expectante, la concurrencia calla, y poco a poco el mago comienza a escuchar el clap… clap… clap… ¡Clap clap clap clap!, de una asistencia ávida de novedades.
       El ilusionista toma su chistera, la enfunda con parsimonia sobre la cabeza; se  coloca la capa, coge el bastón, y sacando la mano de la bolsa de su pantalón, les muestra a todos la pistola que empuña. La pasea sobre los asistentes mientras esboza una sonrisa de satisfacción. En un movimiento semicircular y siseando dulcemente, apunta a las personas y sonríe. Atrás de los asientos, tratando de protegerse, la gente asoma nerviosa y asustada grita en un clamor general: ¡Quítenle el arma! 
Después de circundar varias veces el escenario, el Mago Maravilla, voltea la pistola hacia él, y con un click del percutor, hace explotar el profundo y escandaloso ¡Bang! asesino, que resonante recorre el auditorio en un eco interminable. El proyectil le revienta el cráneo, la sangre brota en chisguetes empapando el escenario y al público, pedazos de cráneo y cabello ruedan sobre el tablado. El clap… clap… clap… inicial, aumenta vertiginosamente de intensidad, manifiesta con rugidos morbosamente enardecidos, la emoción desbordada al ver deslizarse alrededor del cuerpo y sobre  el escenario, el líquido bermejo abandonando al hacedor de ilusiones.
Tras el escenario se escuchan exclamaciones y gritos, correr de gente, angustia y llantos, nerviosismo y desesperación. El público excitado por el acontecimiento, abandona el teatro en tumultuario desorden…
       Se despoja de la sábana ensangrentada que le cubre el cuerpo, desprende de su cabeza el resto del armazón, y sigiloso, abandona el teatro por el escotillón; siguiendo el foso llega a una puerta lateral, y se escabulle en el callejón. Se pierde entre la multitud cubierto por un gabán, el sombrero, y su inseparable bastón, satisfecho y orgulloso del último acto de ilusionismo.


QUELÓNIDO

 QUELÓNIDO


Quién a larga vida llega
mucho mal vio y más espera
Anónimo


En el sarcófago el científico encontró un esqueleto amorfo, un fulgurante rubí y la tableta con la sentencia: Si ambicionas ser longevo, frota la piedra a tu cuerpo y cambia el destino. Ambicioso, con el deseo de extender su vida, se desnudó y lo realizó. Un calor vibrante le recorrió el cuerpo; cayó al suelo mientras sentía que brazos y piernas le engrosaban; la espalda rígida le impidió enderezarse. Levantó su pequeña cabeza, orientó el pico al horizonte, e inició su lento caminar al mar.




Vida y trascendencia

 Vida y trascendencia

Gárgamel

La ancestral y crujiente mecedora se balanceaba leve y perseverante al impulso del anciano Antonio. Los escasos rayos del sol que se infiltraban tímidamente a través de las ramas de los viejos pinos, reptaban en el pórtico de la cabaña acariciando con frialdad su cuerpo y el del viejo Ursus, postrado a su lado. 

Recostado en la cabecera, aspiró lentamente su pipa, y el humo tibio lo invadió, lo dejó reposar en su boca y lentamente, con un gesto de satisfacción, lo exhaló. Volteó hacia el animal y le expresó suavemente:

—Viejo amigo, hemos vivido un largo rato, ¿no?

El can volteó a verlo, movió dos veces la cola, retornó a colocar su cabeza entre sus patas delanteras, y reanudó su dormitar.

—¿Sabes qué, Ursus?... envidio tú simpleza de vida: comer, dormir, reproducirte de vez en cuando y… morir. No buscas trascender, eso te simplifica todo.

El animal levantó nuevamente la cabeza, emitió un gruñido —que podía haberse interpretado como: “¡Qué sabes tú de mi vida interna! Te acompaño en tus alegrías, desdichas y soporto con humildad el estado de ánimo en que te encuentres; tú solo me alimentas”,y… se acomodó para seguir dormitando. 

Antonio dio otra fumada, y continuó su monólogo:

—Para el humano vivir es difícil, por su necesidad de trascender, Ursus. Compite durante toda su existencia para destacar en cada actividad que emprende, para ser reconocido, para ser recordado… También, asume creencias religiosas que le prometen otra vida: el fin: trascender.

Ursus lo miró con indolencia, emitió un amplio bostezo, sacudió su negra cabeza y…, volvió a dormitar.

—¡Míralo de esta forma, Ursus: fui un buen estudiante, reconocido por mis compañeros y maestros… trascendí. En las compañías donde trabajé, llegué a ocupar altos puestos, y generé nuevas tecnologías, por las que obtuve altos reconocimientos… trascendí. Establecí un buen matrimonio con Helena; tuvimos tres hijos a los que les dimos cariño y educación; ahora tienen sus propias familias; también ahí, he trascendido…

Como bien sabes, soy religioso, obedezco los ordenamientos de la iglesia, por lo que espero se cumpla la promesa de una nueva vida después de la muerte, pudiendo así… trascender.

Aspiró lentamente el humo de su pipa, y al exhalarlo, comentó:

     ¡Lamento que siendo un animal fiel, al que quiero, no puedas estar conmigo en el paraíso!...

     Ursus se levantó extendiendo su cuerpo con placer, miró fijamente a Antonio como si quisiera decirle:     ¡Iluso, y pendejo!... Meneó su cabeza, se desembarazó y, con parsimonia, se dirigió al jardín.

24 de enero de 2020


lunes, 21 de febrero de 2022

DESAPARECIDA

DESAPARECIDA


El ladrido de los perros antecedía la avanzada, un grupo de voluntarios y policías que recorría el bosque en busca de Ana, formaban una línea que rastreaba huellas desde la salida de la población. Había desaparecido cinco días atrás, y las pesquisas conducían a puntos ciegos. Se sabía que por la mañana visitó varios comercios promoviendo la venta de quesos y embutidos, acompañada de un hombre alto, delgado, de rostro alargado, y bigote. Era la tercera joven perdida en el transcurso del año. Buscaban en el bosque, porque habían hallado su portafolios entre la maleza.

    Un manto blanco y húmedo cubría la parte media de la arboleda de pinos y abetos flotaba vaporoso e inmóvil, dificultando la visión, y mojando las vestimentas de los miembros del grupo al caminar entre los arbustos. El bosque era antiguo, con grandes árboles que tendían sombra sobre el entorno: un lóbrego y desamparado lugar que intimidaba por su oscuridad a los que aventuraban su tránsito.

    Los persistentes rayos del sol matinal se colaban lentos y oblicuos entre los intersticios del ramaje, precediendo la frescura de una ligera brisa. Cuando la bruma lentamente se disipó, permitió vislumbrar al gran número de rastreadores que avanzaban sorteando obstáculos. El ruido del caminar y el crujir de ramas y hojas, acallaba el sonido de las aves. Solo un gorjeo o graznido eventual, acompañaba la marcha.

    El sargento Adalberto Godínez supervisaba la búsqueda. Habían lotificado la zona alrededor del lugar donde se halló el portafolios. Estaban en el último segmento a revisar… 

    Se oyó un grito y seguidamente varios silbatazos. En la parte más occidental de la línea de rastreadores se formó un revuelo; la gente apiñada alrededor del hallazgo, lo comentaba. Con paso lento, y precedido por el bastón, el cuerpo obeso del detective se desplazó al lugar. Hizo un alto en el camino para secar el sudor de cuello y cara, y limpiar los gruesos anteojos, dejando al descubierto, momentáneamente, sus párpados papujos. Se acercó al lugar y observó el descubrimiento: retazos de tela del vestido y ropa interior; una zapatilla, un pedazo de cadena de plata, unos pendientes de ópalo azul, y varios cosméticos dispersos, próximos a su bolsa. Cerca del lugar, en una vereda, huellas de neumáticos.

En la comisaría, Godínez leyó el informe que le preparó el cabo Varela: …portafolio de piel negro, conteniendo un block de recibos, carpeta con el nombre de los clientes y programas de visitas. Dos fotografías de ella en un día de campo, con un par de sujetos.

    —Amplía la foto, e identifícalos. Revisa cuál fue la última cita de trabajo del día en que desapareció. Ve si hay huellas dactilares en los retazos encontrados.

    Varela le informó poco tiempo después que, la cita a la que no acudió la hoy occisa, era en la granja Santa Rosa, del señor Arturo Valverde, productor de quesos; además, distribuidor de carnes frías y embutidos.

    Varela se acercó a Godínez con las fotografías ampliadas:

    ⏤Ya vio, mi sargento, ¡son iguales! Y coinciden ambos con la descripción del acompañante de Ana a los comercios de la ciudad, el día de su desaparición.

Sí… gemelos... ¿Cuál de los dos sería pareja Ana?... Habrá que visitar a don Arturo, primero.

Se quedaron un buen rato observando las fotografías: el lugar donde fue tomada la imagen, la actitud de camaradería de los hermanos con ella. Ana lucía hermosa, aún en su atuendo informal: pantalones blancos y blusa roja de cuello abierto que dejaba ver un busto generoso, dividido por una sencilla cadena que sostenía un dije ovalado color azul. Largos pendientes del mismo material, complementaban el atuendo. Ellos: altos y delgados, vestidos con pantalones de mezclilla azul, camisas blancas y sombreros texanos.

    Llegaron temprano a la granja y los recibió hospitalariamente Arturo Valverde. Al abordar el tema de Ana, confesó una relación de buena amistad. Lamentó su desaparición y aseguró que ella no había asistido ese día a la cita comercial acostumbrada. Le preguntaron si su hermano era la pareja de ella. Contestó molesto que no sabía y no se metía en su vida íntima. Explicó que él solo le vendía a ella productos derivados de la leche, y embutidos. 

Al despedirse, el sargento Godínez elogió el buen gusto del anillo que portaba en el dedo anular derecho, un ópalo enmarcado en oro. Don Arturo le agradeció el gesto diciendo que era un regalo reciente.

    De regreso a la comisaría, Godínez le comentó a su subalterno:

    —Varela, creo que lo tenemos, habrá que mandar analizar si el ópalo del anillo, coincide con el de los aretes encontrados. Por lo pronto detenlo, e interrógalo. Necesitamos encontrar el cuerpo de Ana. De otra forma, no tenemos elementos para enjuiciarlo.

    Al día siguiente, visitaron la empacadora de José Antonio Valverde. El recibimiento cortante, frío, y agresivo, los descontroló en un principio, pero no los amedrentó. Les mostró su negocio mientras platicaban sobre la relación comercial y sentimental con Ana. Parco en el hablar, solo estableció que era un tanto distante de ella y los negocios los hacía a través de su hermano. Sin mayor información, regresaron a la comisaría.

    Después de varios días de interrogatorio, Arturo Valverde seguía insistiendo en su inocencia. El análisis de las piedras del anillo y aretes, resultó positivo, pero esa prueba era poco consistente para acusarlo de homicidio.

    El sargento Godínez llegó de muy buen humor a la comisaría y llamó a Varela a la improvisada oficina.

  —Varelita, llévate al equipo forense a la empacadora de José Antonio Valverde. Deténganlo por presunción de varios asesinatos. Muestreen en la empresa restos de carne en sierras, molinos, instrumental y equipo de elaboración de embutidos… 


Depresión

 



DEPRESIÓN

Para Carlos, un buen amigo,

desencantado de la vida.

Salí del baño apresuradamente al escuchar timbrar el teléfono, llegué a él sosteniendo con una mano la toalla enredada en la cintura, y contesté:

    ⏤¿Diga?

   ⏤Hola, Rodrigo. Habla Lucy, la esposa de Carlos.

    ⏤Qué tal, Lucy. ¿Cómo están?

    ⏤Yo bien, pero a tu amigo se le ha recrudecido la depresión y me está costando mucho trabajo lidiar con ello. Estoy tan desesperada que recurro al cariño que le tienes, como mi último recurso, antes de abandonarlo a su suerte, quisiera platicar contigo.

    Nos citamos en un restaurante y, frente a una copa de vino, Lucy desgranó toda la historia:

    ⏤…Sí, Rodrigo, desde hace años la apatía y el desánimo se han apropiado de su vida; últimamente, entró en una crisis que no puedo manejar. Lo amo, pero no puedo vivir permanentemente con un bulto en pijama frente al televisor que no se baña, no me dirige la palabra y cuando lo hace, es para reprocharme actitudes, culpándome de su pasividad. Logré llevarlo al médico, le prescribió medicamentos que nunca toma. Constantemente me dice que quiere morir; según él, ya hizo todo lo que tenía que hacer en su existencia… “Sin motivaciones, la vida no tiene sentido”, me dijo, apesadumbrado.

    Conmovido por el estado de salud de mi amigo y el trance por el que pasaba Lucy, decidimos establecer una estrategia de choque para estimular a Carlos y tomara nuevamente las riendas de su destino. 

    Llamé a la puerta. Lucy me recibió y condujo a la sala donde Carlos, apoltronado en su sillón favorito, revestido con un pijama de rayas azules, oía en su reproductor una melodía triste y miraba distraídamente el techo de la habitación. Las notas del piano derramaban melancolía, y el mobiliario guardaba respetuoso silencio, como en una sala de conciertos; solo las cortinas, turbadas por la brisa matinal, acompañaban suavemente la música. Volteó indiferente a verme; la barba crecida, el pelo enmarañado y el rostro ajado, denotaban descuido, apatía y suciedad. 

    ⏤Hola Rodrigo.

    ⏤¿Qué te trae por acá?, llegas a tiempo para escuchar la música con la que quiero me despidan: la marcha fúnebre de la Sonata n.º 2, op. 35, de Chopin. 

    ⏤Asentí y lo saludé con afecto mientras las notas luctuosas taladraban mi mente, y el ánimo decaía con la escena que presenciaba. Platiqué un rato sobre los temas comunes, con respuestas cortantes y monosilábicas, hasta que introduje un tema: Rosina, nuestra compañera de estudios, que había sido su novia. Noté el brillo repentino en la mirada y cierta inquietud al preguntar por primera vez:

    ⏤¿La has visto?

    ⏤Ocasionalmente, en alguna reunión de la escuela. No se ha casado y se conserva muy bien, deslicé. Va a asistir a la cena anual el próximo sábado. ¿Quieres ir?

    ⏤¡No!, no, ya no me gusta socializar, aunque sean mis amigos. Además, no podría hacerlo bien porque iría con Lucy.

    ⏤Pregúntale primero si quiere ir.

    ⏤No, vete solo, no me acuerdo de nadie, me aburriría. 

    Pensé en ese momento: “Tal vez la amistad en la vida de un hombre es más importante que el amor”, y por lo tanto… nuestro plan fracasaría.

Al día siguiente, me habló Lucy: 

    ⏤¡Sí va!...

    Pasé por Carlos a su casa, Lucy me abrió la puerta, y alcanzó a musitarme al oído: “Fue una magnifica jugada, lo logramos”. Bajó mi amigo, elegantemente vestido, y con una amplia sonrisa me señaló que estaba listo. Besó a Lucy al despedirse y partimos.

Llegamos al salón y Carlos avanzó festivamente, saludando a los amigos, deteniéndose solo el tiempo necesario para un saludo protocolario, y recorriendo el recinto con la mirada en busca de Rosina. La localizó en una mesa del fondo, platicando con amigas. Me jaló del brazo para que lo acompañara y sorteando obstáculos, llegamos. Estaba de espalda a nosotros, se acercó y tapándole los ojos con las manos le preguntó: 

    ⏤Adivina ¿quién soy?

    Rosina cubrió las manos con las suyas y, con una espontánea risa contestó:

    ⏤¡Mi ángel de la guarda!

    ⏤¡Claro que sí!, dijo Carlos, al saludarla con un beso en la mejilla.

    Toda la cena la pasaron platicando y al salir llevaba toda la información de ella en la cartera.

    ⏤Hola, Lucy. Te hablo para saber ¿cómo ha reaccionado Carlos después de la cena?

    ⏤Hola, Rodrigo. Te comunico que Carlos es otro: se levanta temprano, se baña, siempre anda de buen humor y nuestra relación ha mejorado sustancialmente. Aunque en el aspecto sexual sigue cierta frialdad, su comportamiento es tierno, tal vez un poco paternal.

    ⏤Bueno, es lo que esperábamos, ¿no? Habrá que ver cómo reacciona a la segunda parte del plan: Cuando se entere que su prudente y fiel esposa, la siempre pendiente de sus necesidades… ¡tiene un amante!



domingo, 7 de noviembre de 2021

EL QUE LA HACE......

 EL QUE LA HACE…

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A los doce años de vida, a Antonia le cambiaron su niñez por la esclavitud disfrazada de un matrimonio.

Don Nabor, dueño de la tienda del pueblo, recientemente viudo, se presentó con Ceferino, padre de la niña, para solicitarla en matrimonio a cambio de diez mil pesos, cinco chivas y dos terneras; llevó como presente  cinco botellas de mezcal, un collar y una muñeca de trapo para Antonia. La pequeña escuchó los acuerdos y bienes depositados por ella con el mutismo obligado por el desconcierto y desesperación de algo que no entendía .

Pasó a ser la sirvienta de Josefa, hija de su esposo y la servidora sexual de Nabor. No se le permitió más, visitar a su familia. Antonia parió a los dos años de casada con una comadrona improvisada, empleada  de la casa. Por presiones del párroco y autoridades civiles, Nabor y su hija, aunque no reconocieron a la niña como parte de la familia, tuvieron que aceptar  que se bautizara y registrara 

Una de las actividades de Antonia era pastorear al ganado, le encantaba disfrutar la naturaleza, se sentía libre recostada en la pradera  dejando volar a sus pensamientos sin ataduras, sin sentir la mirada vigilante de sus opresores; gozar el único ejercicio libre de su existencia; fantaseaba con visiones de una vida diferente. Un día, divagando en esos menesteres, escuchó pisadas en los matorrales cercanos, volteó y encontró la mirada curiosa de un campesino, portando un fusil al hombro. El delgado joven la tranquilizó, dijo ser parte de un grupo en rebeldía y que solo quería platicar. Se sentó junto a ella diciendo llamarse Justino. Platicaron largamente, agostando el tiempo con el mismo entusiasmo que el ganado lo hacía con el pastizal. Los encuentros se hicieron cotidianos y el enamoramiento enraizó en la tierra yerma de dos seres a la deriva. Justino conoció la vida de Antonia y los deseos de salir de la esclavitud en que se encontraba.


El pueblo despertó con la noticia de que Don Nabor y su hija había sido secuestrados y que el “Ejército del  Pueblo” pedía una cantidad elevada para su liberación. Antonia, asesorada por las autoridades, trató de negociar, sin éxito. La comunicación con los raptores… se perdió.

Ahora, Antonia se  encarga de la tienda del pueblo y… su esposo Justino, del Ganado.         7de noviembre 2021


domingo, 31 de octubre de 2021

SABE MÁS EL DIABLO POR VIEJO QUE POR DIABLO

 MÁS SABE EL DIABLO POR VIEJO, QUE POR DIABLO

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Seguía como hacía varios lustros, atendiendo la miscelánea de un pueblo de casas de adobe, revestidas de un manto polvoso y en permanente desolación e indiferencia; se alineaban a la vera de las terrosas calles salpicadas de huizaches que, con atisbos de verdor, retocaban el árido paisaje. Permanentemente en las afueras de población, las constantes tolvaneras rodaban cachanillas* en la candente superficie matizada de matorrales. La escasa población, vivía de la ganadería extensiva de ovejas y cabras, de la elaboración de artesanías y de las remesas que los familiares mandaban del vecino país.

Todos lo conocían como Don Faustino, dueño de la tienda de abarrotes que vendía desde alimentos hasta lo necesario para reparar y construir casas. Vivía en simbiosis con la comunidad, conformando un Sistema Circulatorio que sostenía a la población.

Hacía una semana, había llegado Heladio, uno de los siete hijos de Samuel, que tenía su ranchito por el arroyo chico. Resguardado por varios jóvenes ensombrerados, con camisas a cuadros, cinturones anchos, botas picudas y semblantes malévolos, trataban de atemorizar al tendero con actitudes agresivas. Heladio se acercó al mostrador y con voz imperativa, le dijo:

—Don Faustino, a partir de hoy, se acabaron sus problemas de abastecimiento de mercancías e inseguridad, hará con nosotros sus pedidos de insumos y tendrá seguridad permanente por una módica cuota semanal que incluye el derecho de piso. 

Sorprendido, pero no amedrentado, el tendero, mirándolo fijamente le contestó:  — Mira, Heladio, yo no tengo problemas de inseguridad, aquí nadie roba ni asalta y para mis mercancías, ya tengo proveedores.

—Como quieras, Faustino, ¡lo pagas tú o Doña Gloria, tú esposa!…

Cuando se quedó solo, lo pasado le explotó y llenó todo su cerebro de angustia y desesperanza; nervioso, comenzó a escarbar en él, soluciones… Llegó la noche y con la tranquilidad de una sonrisa, le dio un beso a su esposa y se fue a dormir.


Entraron con el paso firme y sonoro de las botas sobre las baldosas y vociferando intimidatoriamente: ¡Faustino!, ¡Faustino!, ¡venimos a cobrar tu cuota semanal!

—¿En que te puedo servirte, hijo?

—¡Papá, ¿Qué haces aquí?!

—A partir de esta semana soy el encargado de la tienda, ¿Qué se te ofrece?...

31 de octubre de 2021

*esfera de arbustos que ruedan con el viento.


domingo, 3 de octubre de 2021

CLAROSCURO

 CLAROSCURO


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El carácter de Almonte es frío, avaro y vengativo.

Maximiliano de Habsburgo.

…Es un espurio.

Benito Juárez

En mi ancianidad, recogido en este convento de San Juan Bautista, del poblado de Tiripetío, rememoro constantemente el cumplimiento del mandato hecho por el General José Maria Morelos después de la Muerte de Brigida Almonte, madre de  Juan Nepomuceno: la tutela y el cuidado  de su pequeño sobrino —en la tropa se rumoraba con sorna, la bastardés del infante. ¿Mas, quien tiene la altura moral para juzgar la vida de otros? 

La encomienda, difícil… muy complicada, porque el arrapiezo era rebelde, impulsivo, beligerante y líder de un grupo de mozalbetes dedicados a asediar y burlarse de los soldados Realistas. Desde el inicio fue una relación de confrontaciones y desacuerdos, pero entrañable y de respeto mutuo. 

Acompañamos al General en sus batallas, como la de Acapulco y el sitio de Cuautla. Juan comandó a su aguerrida tropa de mozuelos en apoyo a los combatientes, con Narciso Mendoza, su incondicional amigo, que se ganó el mote del “Niño artillero”.

  Con el tiempo, Juan se incorporó a la diplomacia y yo, a la vida religiosa. La amistad que nos unía permitió el flujo constante de cartas y el conocimiento del acontecer de su vida. Supe así, que participó con el General Santana en la batalla del Álamo, en la separación de Texas; que fue Embajador en Estados Unidos de Norteamérica; que, como Ministro de Guerra, defendió a Veracruz de los estadounidenses y fue hecho prisionero. En una triste misiva desde su reclusorio, concluye:

…Así, estimado Fray Lorenzo, con el alma destrozada por el dolor de ver a mi México querido postrado a los pies del invasor, le reitero mi más sentida consideración y el deseo de que Dios guarde a vuestra merced.

Sus comunicaciones, como brisa eventual y refrescante, incorporaban en mi mente la gallarda imagen y ambición porfiada de un  luchador nacionalista. Sus epístolas fueron cambiando de tono cuando se incorporó al Gobierno de Anastasio Bustamante, dando un giro en sus convicciones políticas. La aristocracia lo cautivó,  creyó en la monarquía como solución a los problemas del país. En sus cartas llegadas de Europa me manifestaba la intención de invitar a un príncipe para constituir un Imperio. Mi disgusto y recriminación contribuyeron a desbastar la relación patriarcal que nos unía… Dejé de recibir contestaciones. 

Al fin, trajo al príncipe, lo convirtió en Emperador y… ¡provocó otra guerra!


domingo, 19 de septiembre de 2021

OASIS

Oasis

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…Y así, decidí ver cada desierto
 como la oportunidad de un oasis…
Walt Disney

—¿Están afuera? preguntó Nicolás a sus cinco hijos, que escrutaban tras los visillos de la ventana.
—Sí, está el de la renta, Don Chon el tendero y dos más no conocidos, le dijo Samuel; ya tocaron tres veces, mi madre les señaló que no estás, qué vengan por la tarde.
Nicolás terminó su café, dio la última mordida a la concha y limpiándose el bigote, tomó su caja de herramientas, subió a la azotea y sosteniendo con la mano el sombrero de paja de su cabeza, corrió por los techos de varias viviendas de la vecindad hasta llegar a la casa de la señora Julia, pidiendo le permitiera salir por su puerta.
Llegó a la Catedral Metropolitana y fijó su cartel en la reja: Se acen travajos de plomería, pintura y albañilería. Después de tres horas de estar sentado, esperando clientela, con la angustia de no poder conseguir algo de dinero para la comida y el pago de sus deudas, decidió entrar del templo. 
Lo recibió el eco de un silencio hueco, oloroso a incienso; el arrobo de la inmensidad pétrea y el aroma de la madera labrada. El conjunto de iconos adosados a las paredes, transmitían amor, paz y tranquilidad. Se sentó y pidió al Creador lo ayudara a salir de la situación de pobreza y penuria de su familia. Una sensación de paz y tranquilidad lo invadió reconfortándolo, haciendo que se relajara y quedara dormido. Una hora duró el amodorrado éxtasis. Quería por siempre retener el oasis que en medio de turbaciones y fracasos se le había revelado. Un brío nuevo e intenso lo acometió: el deseo de cambiar de facto el rumbo de la vida propia y familiar. Al salir, con su navaja abrió el cepo de las limosnas y tomó su contenido, agradeciendo al Señor su bondad y esplendidez.
Por la noche llegó a su casa, por el mismo camino de la salida en la mañana, juntó a la familia y giró las instrucciones a los cinco hijos y esposa:
—¡Nos vamos, ahora! ¡Tomen todo lo indispensable de ropa y lo que puedan cargar!
Desde este momento, ya no soy para ustedes papá, soy el Pastor Pedro, de la iglesia “La Nueva Resurrección”, que fundaremos en el pueblo al que lleguemos a vivir.
19 de septiembre de 2021


domingo, 12 de septiembre de 2021

ATRAYENTE LLAMADA

 ATRAYENTE LLAMADA 

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La muerte nos sonríe a todos…

                                     Marco Aurelio


La madre de Alberto llegó presurosa al colegio, habían llamado porque tenía dolor de cabeza, estaba mareado y había vomitado sobre el pupitre. Llegando a casa lo bañaron y metieron a la cama. Inquieto por la fiebre que lo hacía sudar, se revolvía en la cama. Con desesperación se quitaba las sábanas que lo cubrían; murmuraba espaciados quejidos indicando que le retumbaba la cabeza como si lo martillearan por dentro. A sus siete años, Alberto no entendía lo que le sucedía, sólo sollozaba y pedía que terminara el dolor. 

En un intranquilo entresueño abrió los ojos y con la visión nublada vio a sus padres moverse lentamente, como si flotaran, hablando y gesticulando ante el médico.

Una incesante sed le resecaba la lengua y garganta. Dormitaba, agitados y perturbadores sueños de seres fantásticos que lo acosaban y perseguían… ¡Despertó sobresaltado, al ver tras la ventana, una esfera amarillenta y brillante del tamaño de un gran globo, que giraba y giraba, acercándose! Distinguió, en medio de ella, la figura de un conejo que se paraba de cabeza y enderezaba —sonrió a pesar del malestar. El cansancio lo venció, aunque el dolor no le permitió dormir tranquilamente. El sudor lagrimeó las sábanas y un frío húmedo impregnó su cuerpo. Comenzó a temblar sin contenerse y a castañetear los dientes sin parar… La madre le puso otro cobertor, comentándole que lo envolvería como tortilla. Alberto sonrió y al quedarse solo, trató de reposar. 

Abrió los ojos y frente a él, ocupando toda la ventana, vio la faz de la luna; sus ojos y boca cubriendo el espacio. Sonriendo lo llamó por su nombre e invitó a ir con ella; explorar el espacio, conocer estrellas; a volar, dejarse ir impelido con liviandad en el aire como gaviota sobre el mar. Le cautivó la propuesta, el sonido leve y tranquilizante de la llamada, la fascinante calidez de la voz que lo emplazaba y la dulzura al expresarlo.

se sintió liviano y libre surcando el espacio. Durante el vuelo, miró hacia abajo y distinguió su cuerpo en reposo sobre la cama. Siguió a la atractiva palabra y atravesó la ventana, confiado en la sutil melodía y la paz que le inspiraba el sentirse bien y sin dolor… feliz.

12 de septiembre de 2021


domingo, 8 de agosto de 2021

EL LIBRO PRESTADO

 


EL LIBRO PRESTADO

Herlinda Caballero

La encontré leyendo un libro en la vieja banca de hierro custodiada por árboles y arbustos de coloridas flores que remarcaban la vera del sendero; el petricor veraniego y los aromas de las flores mezclados en la brisa matinal favorecían el ambiente de tranquilidad.

—Hola, Melissa, llegaste temprano. —Sí, me adelanté para terminar el libro que estoy leyendo: “Confrontación íntima,” de Steven Pinker. Es la primera novela del sicólogo, famoso por su libro “La tabla rasa”. Recorriéndose en la banca, me invitó a sentarme.

  —Y ¿Qué te pareció?, ¿Cuál es el tema?, le pregunté.

—Es intrigante, Herlinda. La trama gira en torno a una joven que se interioriza, conducida por su sicólogo, en su superego. Va descubriendo cómo una educación restrictiva, religiosa y conservadora ha cercado su vida y la mantiene en un matrimonio fracasado, un trabajo que detesta y una existencia infeliz, que la ha llevado a la depresión; y la lucha por vencer los condicionamientos interiores, e intentar cambiar su destino. Es un libro que me ha llevado a hurgar en mis limitaciones morales y en el comportamiento social.

—¿Me lo prestas?, suena interesante.

Después de una larga plática, me despedí, quedándome de ver con ella en la Facultad de Filosofía, dónde somos profesoras. La novela me capturó desde un principio, los sentimientos de Adelaida y sus restricciones morales increparon alguna de las falsedades que había sostenido siempre. Reflexioné, reflexioné y volví a reflexionar las falsedades adheridas a mi ser. Una, dos y hasta tres noches seguidas medité para retomar los principios que estructurarían la consecuencia de vida…

Cité formalmente a Joel, Adrián y Antonio a una cena. Preparé un banquete para los cuatro. Los tres acompañantes, intrigados y expectantes, esperaban el discurso. Tomé la copa de vino tinto, la levante para brindar y comencé a hablar:

Hago constar queridos míos que, a partir de hoy, ¡me declaro atea!, no creo en Dios, creo en la Humanidad; por lo qué no volveré asistir a ninguna ceremonia religiosa. ¡Me declaro de pensamiento socialista!, no volveré a callar ante nuestras amistades conservadoras mi posición ante el mundo. Y, por último: Quiero decirles, que ¡soy tan libre como ustedes! y definiré todas y cada una de las acciones de mi vida. 

Escuche un gran aplauso y las palabras de aceptación de la hermosa familia que tengo. Les correspondí con un beso cariñoso a cada uno y en secreto, una promesa íntima para Antonio.

8 de agosto de 2021