lunes, 27 de abril de 2020

Amor eterno

Amor eterno

Gárgamel
La conocí en mi adolescencia cuando vi la película West side history (Amor sin barreras) en el cine Centenario, en Coyoacán.
            Llegamos en grupo entusiasmados por los comentarios que nos habían hecho los que la habían visto en cinemas de “primera”. Pagamos el  peso y cincuenta centavos del boleto y nos abastecimos de pepitas y garbanzos (botanas y proyectiles) con “Chemita”, anciano amable de rostro moreno, pequeña altura y cuerpo obeso ceñido con dificultad por una guayabera. Subimos a la parte de galería del cine y comenzamos a presionar al “Cácaro”(proyectista) con zapatazos en la duela para el inicio del filme.
Inició  la película y   también mi embeleso por María, la protagonista, interpretada por Natalie Wood. Seguí ávidamente su grácil figura en los bailables, viví y sufrí sus angustias, penas y alegrías en la trama. Comencé a interactuar con ella en mi mente, y la ilusión de poseer a la mujer anhelada me llevó a entender que el amor por Tony era un amor hacia mí. La mirada amante de esos bellos ojos negros también era dirigida a mí. Las caricias no eran para Tony, las sentía  con sus pequeñas manos tibias en el rostro; su cabello oscuro rozaba mi cara en cada movimiento alterando mis sentidos,  excitándome.  Cuando cantaron “Una mano, un corazón” (One hand, one heart), le juré amor eterno por interpósita persona: “…De cada sol a cada luna…” y ella me respondió con su sonrosado rostro entre mis manos: “…hasta que la muerte nos separe…”
Y la amé. La veneré a partir de aquel día, construyéndole un altar frente a mi cama con un cartel en que se mostraba bella y sensual. Me incitaba todas las noches a tener desenfrenados y lujuriosos encuentros sexuales en perjuicio de mi ropa de cama. Vi todas sus películas, y en cada una me mimetizaba en sus galanes, y vivíamos aventuras, emociones y pasiones. Vivía para ella en las tardes y la disfrutaba sensualmente por las noches.
Nuestro idilio perduró hasta su extraña muerte al caer de un yate… Ya no pude acompañarla más en su vida artística, solo en la película continua de mi memoria, y al pasar el tiempo, en los  deslavados  recuerdos  y  sublimaciones.
Le guardé luto riguroso por años cubriendo mis deseos de cinéfilo con un manto de negrura y un dejo de tristeza. Sepulté así, un amor etéreo, una obsesión adolescente de la imagen ideal de mujer.
Por fortuna me liberé de esa carga emocional, del tormento que me persiguió durante años, de la fijación sicótica que atribuló mi juventud y parte de mi madurez.
Ahora, a mi avanzada edad, voy tranquilamente al cine a disfrutar las películas de Angelina Jolie: ¡De la cual estoy perdidamente enamorado y afortunadamente, correspondido! He platicado con ella en todas sus películas, y a veces… raras veces, creo tener sueños lúdicos con ella…  pero no me acuerdo.
26 de abril de 2020

lunes, 6 de abril de 2020

Esperanza

Esperanza
Gárgamel

Llegué al Banco tras una larga caminata por las calles arboladas y solitarias de esta ciudad meridional, plena de calor agobiante y humedad ambiental. El desplazamiento cauteloso de los escasos transeúntes con los que me llegué a cruzar, emulaba el andar de los saurios arrastrando su anatomía en un tórrido mediodía: me reí de la analogía, al imaginar a Arturo, mi amigo el banquero, con su gran barriga deslizándose por las calles de la ciudad.
 El ambiente, desolado por el funesto contrataque de la naturaleza a las agresiones humanas: la pandemia, que se ha difundido mundialmente, originando gran mortalidad y  desastre en las economías.
Soy una víctima, mi negocio quebró y por eso, vengo con “el amigo” a solicitar el rescate de mi fuente de trabajo y patrimonio. Estoy frente al edificio intimidante, la madriguera de mi camarada, el saurio. Paso a su oficina y me recibe con una gran sonrisa de la amplia boca, de su rostro mofletudo y ojos amarillentos, saltones tras las gruesas gafas; me expresa el gusto por volverme a ver, parece que soy una presa que escapada anteriormente.
Se para de su escritorio y avanza hacia mi contoneando rítmica y coordinadamente su gran abdomen con las cortas piernas. Me abraza, al parecer está midiendo el tamaño de la porción que va a engullir.
—¿En qué te puedo ayudar, hermano?
—Mi negocio quebró y te vengo a solicitar un crédito.
—¡Qué lástima! El Banco cerró los préstamos. Pero por ser mi amigo, yo te puedo otorgar uno de mi peculio, solo que con un interés del 80% a seis meses, vi las mandíbulas ampliarse; su roja lengua, moverse con ansiedad degustativa y el desbordamiento de saliva por los belfos.
—¡El interés es muy alto!, le comenté con disgusto.
—¡Lo tomas o lo dejas!, dijo cortante. Es un préstamo personal, total, si muero, ya no pagas. Me acababa de engullir, sentí cómo fui triturado por sus mandíbulas y pasado con la lentitud que su metabolismo dictaba, a su abultado sistema digestivo.
—Lo tomo, comenté apesadumbrado y contrito.
Nos despedimos de manos, y estando en la puerta, oí:
—Cof, cof, cof, ¡nos vemos en seis meses!, ¡bendito virus, házmela buena!...
Llegué a mi casa, me desnudé en la puerta, entré sin saludar a nadie, me bañé y desinfecté todo lo que había tocado.
Esperaré que el destino haga su parte…

6 de marzo del 2020




domingo, 29 de marzo de 2020

Culpa

Culpa

Gárgamel

Sí, todas las noches lo visita… En sueños, bajo la penumbra de la inconsciencia, abre la puerta a los miedos y pecados, a la sinrazón que lo obliga al refugio cauteloso de la cordura en la oquedad de un tiempo infinito; al letargo inquietante en espera ansiosa de la lucidez de un nuevo día.
En esa desesperante irracionalidad ve la sombra deslizarse sobre las paredes de la habitación, con cautelosa y reposada lentitud, con sempiterna paciencia, paladeando sus momentos de pesadumbre y zozobra. La aterrante imagen resplandece con un sutil halo ámbar que, titilante, proyecta la repulsiva sonrisa de superioridad y desprecio hacia el esclavo. La hiriente mirada lo congela, lo paraliza de miedo; el asco emerge de sus entrañas al ser invadido de un fuerte hedor que irrita sus fosas nasales y le provoca náusea.
            Sí, todas las noches lo visita… desde aquel acontecimiento que cambió su vida, y que recuerda a cada minuto:
Atardecía cuando recobré la conciencia. Los rayos tímidos del sol se filtraban por el variopinto vitral sagrado de la pared frontal del templo, impactando con pálidos colores mi cuerpo semidesnudo, y confundiéndose entre las máculas oscuras del liquido vital. Aterrorizado y aún con el arma en la mano, recorrí con la mirada el espectáculo horripilante del cadáver ensangrentado. Grité enloquecido sin saber qué hacer y entender qué había pasado. Enmudecí, abrumado por el dolor y el eco redundante de mi exacerbada desesperación impactando las paredes del sagrado recinto. Enfurecí contra el ente maligno que había obligado a mi brazo a introducir el arma en el pecho desnudo de la pecadora. Lo insulté y maldije con odio surgido desde lo más profundo de mis entrañas.
 Arrepentido, me hinqué y pedí perdón al Creador: bebí la sangre de su sangre, y comí el cuerpo de su cuerpo, implorando bondad, compasión y perdón.
Estando en mi acto de contrición, me interrumpió una carcajada resonante, y su golpeteo repetitivo perdiéndose en el espacio hasta la inaudibilidad… Después, la estentórea sentencia:
­            —¡La mataste!, ¡la obligaste a la felación y a permitirte el ultraje de su cuerpo para el perdón de sus pecados! No pudiste soportar la carga moral de tu acción, y tampoco sabes cómo salir del embrollo. No te preocupes, ¡yo, te salvo!, el precio es bajo…

Sí, todas las noches lo visita, desde que no tuvo otra opción, que aceptar su oferta…
            Sí, todas las noches… Pero esta será la última, pensó al sentir el frío metal rozar su mejilla.

26 de marzo de 2020

miércoles, 25 de marzo de 2020

Solución final

Solución final

Gárgamel


La burbuja plástica albergaba una pequeña comunidad de sobrevivientes de la gran pandemia que asoló al mundo y acabó con la casi totalidad de sus habitantes. En el último estertor, el Homo Sapiens desarrolló un proyecto común de supervivencia: gigantescas cápsulas capaces de impedir el paso a la pertinaz y constante lluvia de diminutos proyectiles en forma de verdes flores, que llegando del espacio, expelieron su mortífero polen provocando asfixia y muerte.
            El humano se enquistó para sobrevivir en la humildad de una enfermedad controlada. El Organismo Universal, cubrió los quistes cancerígenos con feraz naturaleza, iniciando un nuevo ciclo en los cuatro mil quinientos millones de años de existencia.  

12 de marzo de 2020

domingo, 1 de marzo de 2020

El tío Rafa

El tío Rafa
Gárgamel
Para la fiesta anual de la familia se había alquilado una quinta con amplios jardines y habitaciones suficientes para albergar a los más de cien asistentes. En un ambiente de júbilo, al abrigo de multitud de árboles frutales, arbustos y flores, la algarabía infantil y juvenil se explayaba en las áreas empastadas y la alberca. Los hermanos sobrevivientes de la familia original, resguardaban su decrepitud en la sala de amplios arcos de ladrillo rojo y anchos muebles coloniales de la vieja casona. Dos andaderas y tres bastones escudaban, al costado de los sillones, la autosuficiencia de sus propietarios, que departían en mesurada y prolífica plática.
            Antonia, la mayor de los hermanos, comentó: ­—¿Se acuerdan del tío Rafa, el primo de nuestro padre, que era médico y nos atendía de pequeños?, encontré su fotografía, abrazando a mamá. La desgastada imagen de color sepia, desportillada y con ligeros rayones, recorrió a los hermanos: mostraba un hombre maduro, alto, delgado, y de lentes; resaltaba en su cara el bigote largo que abarcaba parte de las mejillas y no podía ocultar su traviesa sonrisa. Vestía un elegante traje listado que dejaba entrever el chaleco y la leontina de su reloj de bolsillo.
            Amalia tomó su bastón y señalando con él a su hermana, preguntó: —¿No era el que le cantaba La casita* cuando jugábamos en el corredor, entre las macetas?
            —¡No, ese es Gregorio! El de ojos verdes y pelo negro, dijo Evelia.
            —¡Ay, Eve… Gregorio es tu nieto!, se escuchó la voz de Eduardo desde el fondo de la sala. Sí, era él, nuestro médico. Nos trataba con mucho cariño y si nos portábamos bien nos regalaba dulces.
            —¡Coff… coff… coffff!… ¡A mi, nunca me dio nada! replicó Juan, esforzándose por hablar mientras tosía y sostenía su andadera, para que no resbalara.
            —¡Por qué eras un rebelde, siempre estabas inquieto!, le dijo Eduardo con circunspecto regocijo. Yo, hasta le aprendí un verso de un poema que declamaba. Decía así:
Cada rosa gentil ayer nacida,
cada aurora que apunta entre sonrojos,
dejan mi alma en el éxtasis sumida…
¡Nunca se cansan de mirar mis ojos
el perpetuo milagro de la vida!...**
¡Bueno, bueno, son las ocho!, hay que pedir de cenar, señaló al estirar la leontina de plata y ver la hora en su reloj de bolsillo.
            —¡Qué bonito reloj, Eduardo!, me encantan las cosas que me recuerdan mi niñéz. ¿Cómo lo adquiriste?...
            —Fue herencia de nuestra madre, me lo entregó antes de morir, con  una tarjeta que decía que había pertenecido a mi padre.

*La casita, Felipe Llera **Extasis, Amado Nervo
2 de marzo de 2020

domingo, 23 de febrero de 2020

Haciendo cuentas



Haciendo cuentas
Gárgamel

Cada vida es una diferente
Forma de suicidio
Sergio Galindo
¡Cuántas flores! ¿No?... Me rodean ramos, coronas, cruces, arreglos de diferentes colores. Los aromas se mezclan con las conversaciones a media voz que flotan en el ambiente fúnebre, en un murmullo perfumado, constante y sordo, que se esparce, por el velatorio como un débil lamento, recordando a los asistentes la precariedad de la vida…
            Mira esa sencilla corona de claveles blancos que está frente al féretro. Es de mis cuatro hijos. Se la sugirieron en la floristería porque con ella se expresa admiración y amor al difunto. Un homenaje a su persona. Mis hijos, ya los conoces, son gente de bien, que han formado buenos matrimonios y nos han dado ocho nietos. Poco los vemos, viven fuera. Debido a mi deceso, todos vinieron: ¡Ahora sí, tengo el gusto de ver a  la familia entera! Los hijos me lloran, los nietos se aburren. Yo me siento extrañamente libre.
            ¡Ahí está…! con un ramo de rosas rojas expresándome su amor y agradecimiento por los cuarenta años que logramos vivir juntos. Su dolor es callado y mustio. El sentimiento de abandono es tal, que se sumerge en los recuerdos, en este momento los está rescatando,  aprisionándolos en un recorrido por nuestra vida común. Exhibe a la concurrencia su tristeza y resignación; cada abrazo es un cansado agradecimiento. Ansía la soledad para convivir conmigo en la nostalgia.
            …¡Sí, ya nos vamos!, solo permíteme seguir disfrutando a mis invitados.
            Ves esa enorme corona de rosas blancas con el letrero: “Descansa en paz, amigo. Isaac”. Es del maldito judío que con argucias se quedó con mi edificio, y ahora, con el pretexto de las condolencias, se quiere quedar con “Toñita”.
            ¡Págale a mis deudos lo que me debes, desgraciado!
            Ya sé que no me oye, pero quería gritárselo en su cara el día más significativo de mi vida… el último.
Tú sabes que en estos postreros días, he hecho un balance de mi estancia en este mundo, no porque espere rendirle cuentas a alguien, sino para justificar setenta y tantos años con el ahora deteriorado cuerpo. Como ya sabrás, al rato me incinerarán, tal vez lo hacen para que me vaya acostumbrando. ¿No te ríes? No importa. Es un sarcasmo particular. Nada me afecta, ahora soy libre.
¡No te acerques tanto!, siento la bocamanga de tu túnica de terciopelo violeta rozar mi rostro al  tomar mi mano… No me apresures, sólo permiteme disfrutar mis arreglos florales…
¿Ves aquella canasta de flores amarillas y blancas? La trajo Eduardo, el amigo sencillo, discreto y brillante profesionista al que desde la facultad envidié por su integridad y valor civil. Nunca se lo dije, pero fue un paradigma en mi vida, que nunca pude alcanzar.
Esas gladiolas, son de Pedro, mi primo. Es la flor de la sinceridad, la fuerza, el honor, los recuerdos y el cariño. ¡Es hipocresía, tú lo sabes! Me traicionó en aquel negocio. Me pidió perdón, ¿pero quién soy yo para perdonar y exculparle de su indignidad?, de quitarle un peso de encima. El victimario debe de lavar sus culpas con acciones de contrición, si verdaderamente está arrepentido, ¿No?...
¡Ya voy, ya voy, nada más no me empujes! ¡Sí, ya sé que tienes otros trabajos!... 
¡Cómo de que ya te pisé la toga! ¡No, no se me olvida que es de terciopelo violeta!...

domingo, 16 de febrero de 2020

La Bruma

Bruma
Gárgamel
La mañana gris y fría se aferra a la ventana con viscosa continuidad, nublando la visión del jardín; se filtra lentamente por los intersticios del cuarto de estudio donde Alberto, entumido, pretende escribir una carta…
 El turbio celaje invade el ambiente y envara sus entumecidos dedos. Decide prepararse un café; cuando regresa, mira confuso el desolador cuarto, con la sensación de que algo ha cambiado. 
¿Será que los problemas con Matilde han confundido su discernimiento a tal grado que percibe diferente la atmósfera que lo rodea?... 
La bruma, ha penetrado en la habitación y lo envuelve con un gélido abrazo. Comienza, atelerido, a redactar la comunicación: 
“Marzo 18…
Matilde, te escribo la presente con el corazón destrozado de dolor, al tener sospechas de tu infidelidad…”
            Se fija en la fecha y se da cuenta de que el ordenador la corrigió al día anterior: Marzo 17... Trata de actualizarla, y la devuelve a la anterior. Molesto, se pone un abrigo, la bufanda y lleva el aparato con el técnico.
            
Señor Godínez, ya revisé su computadora, y está bien la fecha: diecisiete de marzo. Alberto lo corroboró con el periódico sobre el mostrador. Intrigado y confuso, se refugia en un parque a reflexionar lo inaudito de la situación. ¡No tiene lógica!, ¡es incomprensible! 
El cambio se lo atribuye a la gélida bruma que lo envolvió en el estudio. “un designio superior, que tiene un propósito, un mensaje, algo fuera de mi alcance”, pensó.
            Quiso aprovechar el regalo del destino, con la sospecha del engaño de su mujer con algún empleado de la oficina. Eran casi las seis de la tarde, hora de salida. Se apostó en una mesa resguardada del café cercano al centro de trabajo. Y, en efecto, Matilde y el químico Laureano Beteta, llegaron y ocuparon una mesa afuera del local. El trato cariñoso, no se hizo esperar… 
            Los celos se manifestaron inmediatamente: ¡Tenía que saber de qué hablaban, qué tramaban! Vio cómo, antes de despedirse, el químico le entregó un pequeño frasco ámbar que Matilde guardó en su bolso.
            Compró un aparato para oír a distancia y una grabadora. Llegó a casa por la noche, saludó a su esposa con un ligero beso en la mejilla y se fue a dormir.
            Por la mañana comprobó que el sortilegio seguía actuando, conocía de antemano las noticias y las acciones emprendidas ese día. Todo igual, menos lo referente a las actividades desarrolladas respecto a Matilde . Por la tarde se instaló en la cafetería, y comenzó el acecho. 
Cinco días retrocediendo en la vida fueron suficientes para saber que querían envenenarlo con el sustrato del hongo de la muerte (Amanita Phalloides), preparado por Laureano

Entró al estudio temprano, y encendió el computador. Al igual que el día que cambió todo, la mañana era gris, la viscosa neblina se aferró a la ventana y se introdujo en la habitación hasta cubrirlo, y apresarlo en el frío ambiente. Momentos después, sintió el repentino cambio: los rayos fulgentes del sol matinal ahuyentaron poco a poco la bruma y calentaron el recinto. Volvió su mirada al ordenador y se fijó en la fecha: 18 de marzo. Rememoraba todo lo referente al sortilegio, pero se le habían borrado los recuerdos de los espacios sustituidos. Lo que recordó con angustia y desesperación, fue qué ¡ese día, lo envenenarían!
            Subió sigilosamente a la habitación, comprobó que su esposa estaba en el baño, buscó su bolsa, y cambió el frasco por uno igual, con una sustancia inocua. En la cocina vació el contenido mortal en la ensalada y sándwich de la fiambrera de Matilde. Su esposa, antes de irse a trabajar, hizo lo mismo con el desayuno de Alberto.   
16 de febrero de 2020

domingo, 24 de noviembre de 2019

Las señoritas del "Bombay"

Las señoritas del “Bombay” 
Gárgamel
Era la cuarta copa y Francisco se sentía eufórico; veía fijamente a la botella oscura del ron antillano ─amurallada de refrescos de cola y aguas minerales─ despedir reflejos luminosos por los neones multicolores del lugar y a las esferas de pequeños espejos, que desde las alturas, dispersaban irrealidad en las parejas de la pista. En ese ambiente oscuro, mórbido y pegajoso del centro nocturno, disfrutaba el  acoplamiento sensual y rítmico de los cuerpos en los acordes del danzón, interpretados por cuatro ancestrales  músicos.
Dio un trago a su bebida, y sacó de su portafolios el cuaderno de bocetos, y un lápiz suave. Fijó su vista en la mesa frente a la suya, en donde departían cinco trabajadoras del lugar, encargadas de bailar con los clientes.
Con trazo rápido el artista comenzó un boceto. Cinco mujeres: una morena, dos blancas y dos negras. Conforme fue esbozando las figuras, equiparó la semejanza de la escena con la plasmada en la pintura “Las damas de Avignon”, de Pablo Picasso, lienzo que estableció la ruptura con los principios básicos del realismo renacentista al eliminar la profundidad espacial y plasmar la anatomía humana, utilizando rasgos angulares en sus figuras geométricas;  tratando de representar todas las partes de un objeto en un sólo plano;  iniciando así, el movimiento cubista y el arte abstracto.
Francisco elaboró varios dibujos mientras consumía el resto de la botella. Se retiró del lugar con paso trastabillante cuándo las luces del deprimente amanecer, se escurrieron temerosas por los intersticios de las parduscas ventanas, borrando la belleza artificial del realismo mágico, en los rostros ajados de la escasa clientela.
Al despertar, con una severa resaca martillando su cabeza, el pintor revisó  los dibujos. Decidió que era un buen tema para el lienzo que regalaría a don Bonifacio, dueño del “Bombay”, antro que frecuentaba dos o tres días a la semana. Tal vez, lo compensaría con  varias botellas y pondría la obra de arte en una de las paredes centrales del salón. Sería una obra cultural que enaltecería ese lugar popular.
Llegó la noche del desvelamiento de la obra maestra del pintor Francisco Cruz: “Las damas del Bombay”. El salón, decorado para tan solemne evento, resplandecía de luces, los concurrentes vestían sus mejores galas y esperaban expectantes. La pequeña orquesta tocó las fanfarrias introductorias, y don Bonifacio, dirigió palabras de agradecimiento al autor y elogió su obra Tiró del cordón, y la cubierta de tela se deslizó como túnica de seda en escultural figura, mostrando a los espectadores un mundo nuevo de color y geometría; de  cinco figuras planas vistas de frente y perfil al mismo tiempo, de escorzos imposibles...  El estupor vació el sonido del lugar, las miradas fijas en la tela se llenaron de incomprensión y desencanto;  la asistencia emitió un desangelado aahhhhh, que congeló el ambiente y, sólo Bernardo, el cegatón, aplaudió contundentemente. Las cinco protagonistas, le mentaron la madre y se retiraron a su mesa para comenzar a trabajar…
La noche posterior al evento Francisco notó que ya no estaba colgado el cuadro en el lugar de honor, lo habían cambiado por el luminoso anuncio de un refresco de cola. Molesto, se dirigió al baño antes de ir a hablar con don Bonifacio. Al abrir la puerta, vió en una pared lateral, arriba de los retretes, la innovadora obra de arte, y sobre ella, varios mensajes:
“Si son tus hermanas, por eso están solteras”
“Cuando fumes de esa, no la mezcles con alcohol”...
Con la amargura de la  decepción doblegando su cuerpo, se  recargó sobre el orinal, y… lloró.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Juego de naipes

Juego de naipes



Gárgamel
El torso desnudo y húmedo se ensombrecía ligeramente alrededor de los firmes pectorales masculinos rubricados por una tenue vellosidad, que descendía en insinuante recorrido hasta cobijarse bajo la cintura de unos jeans desgastados. La camisa, en una contorsión amorfa, abandonada en el piso entre zapatos y calcetines,  evidenciaba la molestia por la pérdida de la última mano de poker.  En el respaldo de una , colgaba la ligera falda gris con la hilera de botones dorados al frente, y una blusa alba; y sobre el asiento, descansaban lánguidas y serpenteantes, las sedosas medias blancas.
El ambiente de taciturna oscuridad y música apacible, estimulaba el halo erótico que inundaba el lugar. La iluminación de la mesa destacaba la tensión del juego, la curiosidad y el goce de Carolina por descubrir nuevas emociones. Ella aún no perdía, conservaba  el delicado brasier de encaje que resaltaba sus pequeños senos, y las diminutas bragas que cubrían atractivamente, lo necesario. Con sonrisa ingenua resguardaba el abanico de cartas. Al tocarle el turno descubrió su rostro bajando los naipes, y con el destello de una pícara mirada en sus ojos verdes, esparció sobre la mesa un ramillete de cuatro ases de la mano de un orgulloso rey. Con un gesto de decepción, Rafaél se despojo de los jeans, quedándose como única prenda con sus boxers.
Carolina tomó un trago de la bebida que especialmente le había preparado su acompañante. Dejó el vaso y lo besó apasionadamente, restregando su cuerpo con la sensualidad y el deseo de intimidad que la consumían. Rafaél, con una estimulación evidente, que no se molestó en ocultar, le preguntó:
⏤Ahora, ¿qué apuestas?
⏤¡El resto!, contestó ella, con la eufórica intención de culminar a la brevedad  el juego.
Repartieron cartas, y ambos cambiaron dos. Carolina tomó un trago, y descorrió lentamente el abanico de naipes. Dos pares... cantó.
Rafaél, comenzó a sonreír y sutilmente le susurró al oído: 
Full de Reyes y Damas… desnúdate. Y aunque gané, te voy a acompañar. Y al momento que ella se quitaba el resto de la ropa, él deslizó el boxer, que cayó con dificultad, al salvar el erguido obstáculo
La acercó tiernamente, y tomándola con ambas manos de los glúteos, la besó apasionadamente mientras la penetraba...
No oyeron el crujir de la puerta, sólo escucharon el desaforado grito… ¡Carolinaaaa!...
⏤!Papáaaa!... ¡No!, ¡no!. ¡Por favor!...
Un doble estruendo opacó el alarido de Carolina, que aterrorizada, vio cómo se desplomaba el cuerpo inerte de Rafaél y escuchó el bramido del padre, que desesperado, le gritaba al muerto:
⏤¡Imbécil, sólo es una niña!



10 de noviembre de 2019

domingo, 3 de noviembre de 2019

El Manchado

El Manchado

JLLM

El rebaño de borregos y cabras pastaba en el ardiente mediodía de un erial yermo, de montes áridos y monótonos que se extendían hasta confundirse con el terroso horizonte. El paisaje, salpicado por arbustos mustios, nopaleras multiformes, y cactus tubulares con apéndices apuntando al sol, cual dedos acusadores, revelaba una bochornosa calma.

     Algunas ovejas agobiadas por el calor excesivo, se resguardaban en el austero breñal que propiciaban las rocas, bajo la mirada vigilante del pequeño Antonio y del manchado ⏤perro flaco, viejo y tuerto, de pelambre pardo sucio, con máculas oscuras en el lomo, y una larga cola que lo acompañaba, con movimientos de aliento, al caminar⏤. Animal diestro en el arte de la conducción del ganado, atendía con prontitud y eficiencia las órdenes que mediante silbidos le daba Antonio, el pastor. Lo acompañaba su fiel Sombra: perro joven, cuyas reminiscencias fenotípicas de labrador le daban el nombre, la nobleza de la estirpe, y su recio carácter. 

 La fauna carnívora, hambrienta y voraz, estaba siempre al acecho en la extensa sierra, en  espera de un descuido o un mal movimiento de los guardianes del ganado, ocultos en la maleza y las formaciones rocosas, seguían a distancia al rebaño, sombreando de temor y ansiedad el ambiente, 

     Antonio silbó sus instrucciones, y los perros comenzaron a arriar el ganado; correteaban a las dispersas y mordiendo sus corvas, las obligaban a tomar la dirección correcta. El pastor las contó y notó que faltaba una borrega y su cría. Le silbó al manchado, el viejo can, para que la buscara. El animal partió raudo en dirección del breñal; husmeando, se metió en la maleza y al llegar a una formación rocosa, encontró una gruta. Con cautela se introdujo, vislumbró en la penumbra al un coyote acosando a la borrega y a su cría. Replegada a la pared, la madre topeteaba al agresor balándo lastimera y desesperadamente, ayuda. El manchado, llegó y de un saltó cayó sobre el lomo del agresor, clavándole los colmillos en el cuello. Un borbotón de vida se escapó del coyote al ser rasgada la arteria carótida. El animal se revolcó en su eje y  contraatacó con feroces tarascadas. El tronido de la tráquea, al recibir otra dentellada, lo derrumbó emitiendo un gemido ronco y agónico al liberar el aire de los pulmones; los movimientos de las extremidades del animal, rasgaron la piel del pecho y vientre del manchado. La borrega y su cría, aprovecharon la confusión para salir apresuradamente.

     Tendido del lado, y cercano al moribundo, no vio acercarse a la pareja del coyote que se abalanzó sobre su cabeza y cuello con feroces dentelladas. La tibieza líquida comenzó a manar de las heridas y a resbalar hacia el hocico y los belfos. Aunque la atacante lo siguiera destrozando, dejó de sentir dolor. Ya no hizo el esfuerzo por defenderse. 

Era raro, ya no sentía nada, los pájaros habían callado, los murmullos de un silencio tranquilizador lo envolvieron y le proporcionaron paz. Percibió ligereza en sus movimientos, con ganas de perseguir a las aves que se posaban cercanas a él, como hace mucho tiempo lo hacía con sus hermanos. Miró a la distancia y distinguió al rebaño camino a la hacienda y a sombra, su sombra, su compañero de trabajo, mordiendo las corvas de los animales rezagados.

domingo, 20 de octubre de 2019

Tres historias


Tres historias

Gárgamel
Girasol
Apolo, en su infinita necesidad de ser admirado, esparció por el mundo una planta cuya flor lo admirase en su recorrido diario. Cientos de años conservaron los vegetales el fervor fanático con el que se adoraba a ese dios mitológico. Complacía y glorificaba el ego de él. El tiempo cambió al planeta  y la devoción de la planta… devino en fototropismo.  

obsesión
Al oír la voz en la calle, corría a esconderse… “¡Chamacos malcriados! ¡Miedosos que vendan!//¡ Y niños que acostumbren dar chillidos o gritar!// ¡Cambio, vendo y compro, por igual!”*… Se sabía en falta, y ese pregón lo perturbaba, lo perseguía día y noche como una pesadilla que a la larga, lo alcanzaría. Tomó de la mano a Miguel, su hermano menor y, regresó a casa con un balón de fútbol.
*Francisco Gabilondo Soler (Cri Cri)

Candado

Decía su madre qué, cuando lograra encontrar el amor, no lo soltara; lo cuidara y alimentara cada día con muestras de cariño y devoción; que viera a su mujer como lo más sagrado de su vida:  esa era la forma de conservarla por siempre; así, nunca lo abandonaría. Y, Rutilio, siguió al pie de la letra los sabios consejos.
            Volteo hacia el altar con la imagen de ella cercada por veladoras, y se persignó. La miró tendida en la cama, y con emoción, le dijo que la amaba. Tomó su portafolios, cerró el candado de la celda y… salió a trabajar.


20 de octubre de 2019